Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 11.

VALERIA

Ver a Dante Ricci en la pequeña sala de mi padre era como ver a un pura sangre atrapado en un jardín trasero de Queens. Su presencia llenaba cada rincón del espacio, haciendo que los techos parecieran más bajos, las paredes más estrechas y los muebles más viejos de lo que ya eran. Pero lo que más me descolocaba no era su imponente físico ni el contraste de su ropa deportiva de marca con el entorno modesto; era su actitud.

Dante no se había limitado a enviar a un asistente con el equipo de rehabilitación, ni se había conformado con firmar un cheque para que alguien más hiciera el trabajo sucio. Estaba allí, físicamente presente, con el sudor perlándole la frente y una paciencia que no le conocía ni en sus mejores días en la clínica. Lo vi arrodillarse —ignorando seguramente el pinchazo de dolor en su propia rodilla— para ayudar a mi padre a posicionar correctamente la pierna sobre la plataforma de electro estimulación que él mismo había gestionado.

—Más arriba, Ricardo. Tienes que sentir que el ángulo de carga cae sobre el cuádriceps, no en la cadera. Si compensas con la espalda, solo te vas a ganar un dolor de lumbares para mañana —decía Dante.

Su voz era tranquila, técnica, despojada por completo de la arrogancia que solía usar como escudo en las ruedas de prensa del Madison Square Garden. Estaba hablando el idioma de los jugadores, un código que yo, por más que fuera doctora, a veces sentía que solo ellos compartían.

—Es fácil para ti decirlo, Ricci. Tus piernas todavía valen millones y tienen a todo un equipo de prensa rezando por ellas —gruñó mi padre, aunque su tono ya no tenía ese veneno de derrota que me rompía el corazón cada vez que lo visitaba. Esta vez, su voz tenía un matiz distinto: estaba intentando impresionar al "Rey".

—Mis piernas valen exactamente lo que Valeria logre salvar de ellas, Ricardo. Ni un centavo más. Estamos en el mismo barco, aunque el mío tenga mejores máquinas alrededor —respondió Dante, lanzándome una mirada rápida por encima del hombro.

Me quedé apoyada en el marco de la puerta de la cocina, con una toalla limpia apretada entre las manos y el pulso haciendo cosas extrañas en mi pecho. Había pasado años —literalmente años— tratando de convencer a mi padre de que hiciera estos ejercicios básicos. Había soportado sus gritos, sus silencios amargos y su negativa rotunda a "ser tratado como un inválido por su propia hija". Y en una sola tarde, Dante había logrado que se esforzara hasta el temblor, despertando en él ese instinto competitivo que creía muerto bajo capas de resentimiento y olvido.

—Doctora, deje de analizarnos desde la barrera con esa mirada de cirujano y venga a ajustar la frecuencia de los pulsos —me llamó Dante, con una media sonrisa que, por primera vez, no se sentía como una provocación, sino como una invitación genuina a ser parte de algo.

Me acerqué con lentitud, tratando de recuperar mi máscara de frialdad profesional, aunque sentía que mi armadura se estaba resquebrajando con cada paso. Al inclinarme sobre el equipo portátil para calibrar la intensidad de la corriente, mi brazo rozó accidentalmente el suyo. Su piel estaba caliente, vibrante por el esfuerzo físico, y el aroma de su perfume caro se mezclaba ahora con el olor a sudor real y el café recién hecho de la cocina de mi padre. Era una mezcla embriagadora que me hizo perder el hilo de mis pensamientos por un segundo.

—La frecuencia está bien —susurré, sintiendo su mirada fija en mi perfil, quemándome la piel—. Lo estás haciendo bien, Dante. El posicionamiento es perfecto.

Él no respondió de inmediato. Esperó a que mi padre se concentrara en una serie de respiraciones profundas mientras los electrodos hacían su trabajo, provocando pequeñas contracciones musculares en su pierna atrofiada. Dante se inclinó un poco más hacia mí, de modo que su hombro bloqueaba la vista de mi padre.

—Odio que tengas razón, Valeria —masculló para que solo yo lo oyera, con una voz ronca que me hizo vibrar—. Pero trabajar con él... me está ayudando a entender por qué eres tan malditamente dura conmigo en la clínica.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué has descubierto, Ricci? —preguntó, tratando de sonar sarcástica, aunque mi voz me traicionó sonando más suave de lo planeado.

—Que no quieres salvar mi carrera para salir en las noticias. Quieres evitar que me convierta en un fantasma que vive de recuerdos en una sala de estar vacía. Me ves a mí y ves lo que podría haber sido él si alguien lo hubiera cuidado así.

Me quedé helada. No esperaba tanta lucidez de su parte. Levanté la vista para encontrarme con sus ojos, y lo que vi en ese azul profundo no fue ego, sino una capa de respeto y entendimiento que me dejó sin aliento. Por primera vez en meses, sentí que alguien veía a la Valeria real, no a la doctora eficiente, sino a la mujer que cargaba con el peso de una redención imposible.

—Nadie merece ser un fantasma en su propia vida, Dante —respondí con sinceridad cruda—. Ni él, ni tú. Gracias por esto. De verdad. No tienes idea de lo que significa para mí, y para mi hermana Camila, verlo intentar de nuevo. Vi de reojo a Camila asomada por el marco de la cocina, con los ojos empañados y una sonrisa que no se atrevía a soltar, confirmando que lo que Dante estaba haciendo era un milagro doméstico.

—No me des las gracias todavía. Todavía tengo que aguantar tus torturas mañana a las seis de la mañana en el gimnasio —bromeó, pero no se apartó. Su mano libre rozó la mía sobre los controles del aparato, y esta vez no hubo chispas de rabia ni la tensión defensiva del ático. Fue un calor constante, sólido, un puente tendido entre dos personas que, por fin, estaban dejando de pelear contra el otro para empezar a pelear por lo mismo.




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