VALERIA
El silencio que dejó la partida de Dante fue más pesado que su presencia. Me quedé un momento apoyada en la puerta cerrada, escuchando el eco lejano del motor de su coche alejándose por las calles de Queens. El aroma de su perfume, algo amaderado y costoso, todavía flotaba en el pasillo, profanando el olor a café y hogar que tanto nos había costado reconstruir.
Cuando regresé a la pequeña sala, me encontré con una imagen que me detuvo el corazón. Mi padre, Ricardo, estaba intentando levantarse del sillón por su cuenta, usando solo el borde de la mesa de madera. Sus manos temblaban, pero sus ojos... sus ojos tenían un brillo que no veía desde antes de que mamá enfermara. Desde antes de que los médicos le dijeran que su pierna era un caso perdido.
—Papá, ten cuidado —dije, corriendo hacia él, pero él levantó una mano, deteniéndome con una firmeza que me heló la sangre.
—Puedo solo, Vale. Ricci dice que, si no fuerzo el ángulo, el músculo responderá. Y tiene razón. Lo siento... lo siento vivo de nuevo.
A mi lado, Camila dejó escapar un suspiro entrecortado. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en las piernas de nuestro padre. Había una mezcla extraña en su rostro: alegría pura, pero también una sombra de resentimiento que le apretaba los labios.
—Es increíble —susurró Camila, y su voz sonó quebrada—. Nosotras pasamos años rogándote, papá. Desde que mamá se fue por culpa de ese maldito cáncer, nos volcamos en ti. Te llevamos con los mejores especialistas, Vale se graduó con honores solo para buscar una cura que no existía para tu rodilla, te compramos equipos que ni siquiera quisiste desempacar... y llega este tipo, el "Rey de la Duela", y en un par de tardes logra que quieras caminar de nuevo.
Camila soltó una risa amarga, sentándose con fuerza en la silla de madera.
—Estoy celosa. Realmente celosa. Me molesta que haya tenido que ser él quien te devolviera la chispa. Un extraño con una muleta de carbono y demasiado ego logró lo que nosotras, tus hijas, no pudimos en una década de cuidados.
—No es solo ego, Cami —intervine, aunque mi propia molestia burbujeaba en mi pecho. Me sentía orgullosa de ver a mi padre intentarlo, pero me dolía que mi autoridad profesional y mi amor no hubieran sido suficientes—. Es que Dante habla su mismo idioma. El idioma de los que creen que su vida se acaba cuando suena la bocina final.
—Entre machos se entienden, es lo que me están queriendo decir, no, ¿Vale? —soltó Camila con sarcasmo.
Mi padre finalmente logró ponerse de pie, tambaleándose un poco antes de dejarse caer de nuevo en el asiento, exhausto, pero con una sonrisa cansada que no le llegaba a la cara desde el funeral de mamá.
—No se enojen con el muchacho —dijo Ricardo, mirándonos a las dos—. Y no se sientan mal. Ustedes me miran con el recuerdo de lo que perdí. Me miran con el miedo de que me pase lo mismo que a su madre, de que me marchite. Y ese amor me hacía sentir como cristal a punto de romperse. Ricci no sabe nada de eso. Él me mira como a un veterano que todavía tiene un partido que jugar. Necesitaba que alguien dejara de tenerme lástima para empezar a tenerme respeto a mí mismo.
Hubo un silencio largo, cargado de recuerdos de hospitales y quimioterapias que no sirvieron de nada. Nuestro padre nos tomó de las manos a ambas, obligándonos a acercarnos.
—Escúchenme bien, mis tesoros. Estoy harto de ser el ancla que las mantiene varadas en este muelle de luto. Valeria, vives metida en esa clínica tratando de arreglar el mundo porque no pudiste salvar a tu madre ni arreglarme a mí. Y tú, Camila, con tu dulzura y buen humor te pasas el día intentando que me ría para no ver tu propia soledad. Tienen que dejar a este viejo. Tienen que empezar a tener una vida propia, a cometer sus propios errores... a enamorarse de alguien que no sea un fantasma del pasado.
Camila bajó la mirada, jugando con el borde de su mantel.
—Bueno... quizás ya empecé a cometer esos errores —soltó ella de repente—. Dante me invitó a su fiesta el viernes. Estuve en su ático.
Mi padre frunció el ceño, confundido.
—¿En la fiesta de Ricci? ¿Tú? Pero... pensé que él estaba haciendo todo esto por Valeria. La forma en que la mira, cómo se tensa cuando ella entra a la habitación... juraría que estaba tratando de impresionar a la doctora.
—Él me invitó a mí primero, papá —dijo Camila, levantando la barbilla—. Estuvimos coqueteando... o eso creía yo. Pero en la fiesta actuó como un animal posesivo con Valeria. No se le despegó, marcando territorio como si fuera su dueño.
Mi padre soltó una carcajada seca, negando con la cabeza.
—Esta generación me confunde. ¿Invita a una para impresionar a la otra? ¿O quiere jugar con mis dos tesoros al mismo tiempo? —Su rostro se volvió serio de repente, recuperando esa autoridad de capitán—. Si ese muchacho cree que puede entrar en mi casa, ayudarme a caminar y usar eso como pase libre para jugar con los corazones de mis hijas, está muy equivocado. No me importa cuánto gane en la NBA; si lastima a una de las dos, le romperé la otra rodilla yo mismo. No perdí a su madre para ver cómo un niño rico las rompe a ustedes.
—No va a pasar nada, papá —dije, aunque mi voz tembló.
—Eso espero, Vale —susurró Camila—. Porque el problema es que una de las dos podría terminar queriendo que el juego sea real.