Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 13.

DANTE

Si alguien me hubiera dicho hace un mes que pasaría mi noche de viernes en un comedor de Queens, comiendo una lasaña casera que olía a gloria pero que me sabía a juicio final, me habría reído en su cara. Pero ahí estaba yo, el "Rey de la Duela", el hombre de los contratos de cien millones, apoyando mi muleta contra la pared descascarada de los Méndez y sintiéndome como un novato que acaba de cometer su quinta falta personal antes de que termine el primer cuarto.

Me había tomado más tiempo de lo habitual prepararme en mi ático de Tribeca. Me miré al espejo una docena de veces, descartando trajes caros por unos jeans oscuros y un jersey de punto fino. No quería parecer el imbécil que intenta comprar a la gente con su reloj, pero tampoco quería perder esa aura de poder que era lo único que me quedaba. Al final, ahí estaba, bajando de mi Cadillac negro en una calle donde los niños jugaban al baloncesto en canastas sin red y el olor a comida callejera inundaba el aire. Mi chófer me miró con una ceja levantada, pero no dijo nada. Me dejó en la puerta y prometió esperar con el motor en marcha.

Subir las escaleras fue un calvario físico y mental. Cada paso con la muleta resonaba en el pasillo estrecho como un tambor de guerra. Cuando Valeria abrió la puerta, no llevaba su bata blanca. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta gris que la hacía parecer... real. Menos doctora y más mujer.

—Llegas puntual, Ricci —dijo ella, aunque su mirada escaneó de inmediato mi rodilla, buscando cualquier signo de fatiga.

—Un rey nunca llega tarde, Doctora. Solo hace que los demás esperen —bromeé, pero mi voz sonó un poco más ronca de lo que pretendía al notar el ligero rubor en sus mejillas.

La cena de "agradecimiento" se sintió más como un interrogatorio de la CIA en cuanto crucé el umbral. El ambiente en la pequeña mesa de Queens había cambiado. Ya no era solo la lasaña de Valeria o el café cargado de Ricardo; era la presión de un hombre que, a pesar de su pierna estropeada, todavía tenía la autoridad de un capitán de equipo. Ricardo dejó su taza sobre la mesa con un golpe seco que me obligó a enderezar la espalda.

Valeria y Camila se quedaron inmóviles, como si supieran que el "tiempo muerto" había terminado y empezaba el juego de verdad.

—Escúchame bien, Ricci —comenzó Ricardo, clavando sus ojos grises en los míos. Ya no me miraba como a un colega del baloncesto, sino como al hombre que estaba rondando su casa—. Me has devuelto las ganas de caminar, y por eso te doy las gracias. Pero no te equivoques: si crees que ese equipo de rehabilitación es un pase libre para jugar con mis dos tesoros, te sugiero que llames a tu chófer ahora mismo y no vuelvas a cruzar ese puente.

Tragué saliva. He enfrentado defensas triples en los últimos segundos de una final, pero nunca me había sentido tan acorralado.

—No tengo esa intención, Ricardo —dije, tratando de mantener la voz firme.

—Eso espero. Porque esta generación me confunde con sus juegos de "invito a una para impresionar a la otra". Aclara tus cosas, muchacho. Decide a cuál de las dos vas a cortejar, porque aquí no hay espacio para indecisos. Y te daré un consejo de gratis antes de que metas la pata.

Ricardo señaló a Camila, que me miraba con una ceja levantada y los brazos cruzados.

—Ves a Camila y ves dulzura, ¿verdad? Crees que es el camino fácil porque sonríe y hace bromas. Pero te advierto: tiene un genio que hace que el de Valeria parezca una brisa de verano. Trabaja administrando un restaurante, tiene una mente privilegiada para los negocios y, en su tiempo libre, se dedica a rescatar animales maltratados y ayudar a la comunidad. Tiene el corazón más grande que he visto, pero si la defraudas o intentas jugar con ella, te aseguro que es mucho más letal que su hermana. Es inteligente, Ricci. Demasiado inteligente para tus trucos.

Miré a Camila. Ella no se sonrojó; simplemente asintió con una seriedad que me recordó la amenaza del bate de béisbol en mi ático. Luego, Ricardo giró su atención hacia Valeria, que mantenía la vista fija en su copa de vino.

—Y luego tienes a la doctora —continuó mi anfitrión—. Con ese porte de dama fría, esa armadura de hielo que tú crees que es arrogancia. Pero Valeria es la persona más sensible que existe. Ella no cura personas solo por el título; ella tiene la necesidad de "componer" lo que está roto. Le gustan los casos difíciles porque quiere salvar al mundo de lo que nosotros no pudimos salvar a su madre. Se gana su confianza con hechos, no con cheques de seis ceros.

Me quedé mudo. Ricardo acababa de desnudar mi estrategia frente a las dos. Me sentía pequeño, un impostor sentado en una mesa que no me merecía.

—Así que piénsalo bien, "Rey" —sentenció Ricardo con un tono final—. Camila es el fuego que te puede quemar si no la respetas, y Valeria es el puerto seguro que te puede salvar si eres capaz de ser honesto. Pero no puedes tener las dos cosas. Mi familia ya ha pasado por suficientes pérdidas como para permitir que un niño rico venga a romper lo que nos queda. Si lastimas a una de las dos, te juro por la memoria de mi esposa que te romperé la otra rodilla yo mismo. Y créeme, no habrá fisioterapeuta en el mundo que te arregle.

El silencio que siguió fue absoluto. Valeria levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Vi en ella esa sensibilidad que su padre mencionaba, una grieta en su muro de hielo que me dolió ver. Ella no era una carcelera; era una mujer que cargaba con el peso de arreglarlo todo.




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