DANTE
No pude pegar un ojo en toda la noche. El silencio de mi ático en Tribeca, que usualmente me resultaba un lujo de paz y exclusividad, esta noche me parecía el vacío de una tumba de cristal. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Ricardo, retumbando en mi cabeza con la autoridad de un viejo entrenador que ha visto demasiadas derrotas: "Aclara tus cosas, muchacho. Decide a cuál de las dos vas a cortejar".
Me levanté a las cuatro de la mañana, mucho antes de que el sol empezara a lamer los rascacielos de Manhattan. Mi rodilla protestó con un pinchazo agudo, un recordatorio físico de que mi cuerpo seguía siendo una máquina averiada, pero mi mente estaba en un lugar mucho más caótico. Me serví un vaso de agua y me quedé mirando el horizonte desde el ventanal.
Tenía dos caminos frente a mí. Camila era el sol de mediodía; era la calidez, la risa fácil, la mujer que cualquier hombre con dos dedos de frente elegiría para tener una vida vibrante y sin sombras. Pero Valeria... Valeria era la luna en una noche de tormenta. Era el rompecabezas que no podía dejar de intentar resolver, el puerto seguro que te exige ser honesto antes de dejarte anclar. Su padre tenía razón: ella no curaba por el título, curaba porque necesitaba arreglar los pedazos rotos del mundo para no tener que mirar los suyos. Y yo, por primera vez en mi vida, no quería ser el trofeo de nadie; quería ser el hombre que la ayudara a soltar ese peso.
A las cinco y media, ya estaba en la puerta de la clínica. Llegué diez minutos antes, tal como ella me había ordenado bajo su "dictadura de salud". Quería demostrarle que el "perro faldero" había aprendido la lección, que estaba cumpliendo la dieta a rajatabla y que mi disciplina era ahora tan inquebrantable como su voluntad.
Pero el mundo exterior tenía otros planes para mi redención.
En cuanto la puerta del Cadillac se abrió, el resplandor de una decena de flashes me cegó por completo. El sonido de los obturadores de las cámaras era como ráfagas de ametralladora en una zona de guerra. Los buitres habían olido sangre.
—¡Ricci! ¡Dante! ¿Es cierto que tienes una amante en Queens?
—¡Se dice que es la hija de una ex estrella del baloncesto venido a menos!
—¿Estás usando los fondos de rehabilitación de los Knicks para mantener a una familia de los suburbios?
—¿Es cierto que sales con las dos hermanas Méndez al mismo tiempo?
Me quedé paralizado en la acera, sintiendo cómo la bilis subía por mi garganta. Maldición. Alguien nos había visto anoche en aquel barrio modesto. Alguien me había seguido hasta la casa de Ricardo, rompiendo la burbuja de privacidad que tanto me había costado construir en las últimas horas. Los reporteros de la prensa rosa no buscaban la verdad, buscaban un escándalo que vendiera periódicos, y yo les acababa de entregar a una familia entera en bandeja de plata.
Entré en la clínica a trompicones, empujando la puerta de cristal con una desesperación que me hizo olvidar por un segundo el dolor de mi pierna. El corazón me latía en los oídos, sordo y violento. No me importaba mi reputación —la prensa ya me había pintado como un villano mil veces—, me importaba ella. Me importaba el santuario que Valeria había construido en esas paredes blancas.
Encontré a Valeria en su oficina privada. No estaba anotando en su tableta ni revisando radiografías. Estaba de pie frente al televisor de la pared, con las manos apretadas en jarra sobre su bata blanca. En la pantalla, un canal de noticias locales mostraba una foto borrosa de mi Cadillac negro estacionado frente a su edificio de ladrillo rojo, y otra imagen mía, bajando las escaleras con la muleta, mientras ella me despedía en el rellano con una mano apoyada en el marco de la puerta.
El titular en letras rojas gigantes era una sentencia de muerte social: "EL ESCÁNDALO DEL REY: DANTE RICCI Y SU AMOR SECRETO EN EL BARRIO".
—Valeria... —susurré, dando un paso vacilante hacia ella.
Ella se giró lentamente. No estaba llorando; Valeria Méndez no era de las que se quebraban fácilmente. Pero la furia en sus ojos grises era tan gélida, tan absoluta, que sentí que el aire de la habitación se convertía en nitrógeno líquido. Tenía el teléfono en la mano, y no dejaba de vibrar, iluminando su rostro con una luz pálida y fantasmal.
—Los directivos de la clínica acaban de llamarme, Dante —dijo con una voz plana, carente de cualquier emoción, lo que me asustó mucho más que un grito—. La junta directiva de los Knicks está reunida de emergencia. Creen que estoy recibiendo favores personales, dinero o vete a saber qué, a cambio de emitir informes médicos favorables sobre tu rodilla. Dicen que mi ética profesional es inexistente por "enredarme" con el paciente más mediático y problemático de la liga.
—Yo no quería que esto pasara, Valeria. Mi chófer siempre es discreto, tomamos rutas distintas...
—¡Tu chófer me importa una mierda ahora mismo, Ricci! —estalló ella finalmente, lanzando el teléfono sobre el escritorio de cristal con un golpe que me hizo dar un respingo—. Te advertí que no entraras en mi mundo. Te advertí que mi familia era sagrada, el único rincón de paz que me quedaba después de perder a mi madre. Y ahora, gracias a tu ego y a tu estúpida necesidad de jugar a ser el buen samaritano para limpiar tu conciencia, mi carrera está pendiendo de un hilo. Diez años de estudio y sacrificio tirados a la basura por una foto fuera de contexto.