Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 15.

VALERIA

El flash de una cámara es lo más parecido a un disparo cuando no lo esperas. Al salir de la clínica, el mundo se volvió blanco por una fracción de segundo, un vacío cegador que me dejó desorientada. Luego vino el ruido. Era ensordecedor: una marea de gritos de reporteros hambrientos, preguntas obscenas sobre mi ética profesional y, lo que me desgarró el pecho, el nombre de mi hermana, Camila, siendo arrastrado por el fango de la prensa rosa.

—¡Doctora Méndez! ¿Es cierto que cobra bonos extra por "terapias nocturnas" con Ricci?

—¿Qué opina su hermana de que usted sea la que realmente se queda con el Rey mientras ella solo fue el anzuelo?

Sentí que el aire me faltaba. Intenté retroceder hacia la seguridad de las puertas de cristal de la clínica, pero la multitud de micrófonos me rodeó como una jauría de lobos que ha olido sangre fresca. Justo cuando pensaba que mis piernas iban a fallar bajo el peso de la humillación pública, el rugido de un motor potente cortó el caos de Queens. Una camioneta negra, de cristales tintados y dimensiones blindadas, frenó en seco frente a la acera, obligando a los fotógrafos a dispersarse para no ser arrollados. La puerta del copiloto se abrió con un golpe seco y la voz de Dante, ronca y cargada de una autoridad que no admitía réplicas, tronó desde el interior oscuro.

—¡Sube, Valeria! ¡Ahora!

No lo pensé. No tenía el lujo de la dignidad en ese momento. Me zambullí en el interior del vehículo y él arrancó antes de que terminara de cerrar la puerta, dejando atrás una nube de humo y flashes desesperados. El silencio dentro de la camioneta, aislado del ruido exterior por capas de acero y vidrio, era casi doloroso. Dante apretaba el volante con una fuerza tal que sus nudillos se veían blancos, casi traslúcidos. Manejaba con la pierna derecha rígida, haciendo un esfuerzo sobrehumano para controlar los pedales sin su muleta a la vista, con la mandíbula apretada en una línea de acero.

—¿Estás loca? —rugió, sin apartar la vista del espejo retrovisor, vigilando si algún coche de prensa nos seguía—. Te dije que te quedaras dentro hasta que yo llegara por ti.

—¡Tú no me dices qué hacer, Ricci! —le grité, con las manos temblándome de forma incontrolable por la mezcla de adrenalina y rabia pura—. Esto es tu culpa. Todo esto. Mi nombre está en todos los titulares, la junta directiva de la clínica me tiene bajo investigación y, lo que es peor, Camila está encerrada en su restaurante llorando. ¿Tienes idea de lo que has hecho? Ella cree que eres el hombre de sus sueños porque fuiste lo suficientemente retorcido para invitarla a ella primero a tu fiesta, para coquetearle mientras me mirabas a mí. Ahora ella piensa que yo soy la villana, la hermana traidora que le robó al "Rey" por la espalda.

Dante soltó una maldición vibrante y golpeó el volante con la palma de la mano.

—¡Yo no filtré esas fotos, Valeria! Alguien nos vendió. Alguien que sabía exactamente que anoche estaríamos en Queens, rompiendo todas las reglas de tu maldito protocolo.

—¿Y quién podría ser? —preguntó, girándome hacia él, sintiendo cómo las lágrimas de frustración quemaban mis ojos—. ¿Tu chófer? ¿Ese tipo que parece estar en todas partes? ¿O tal vez tu flamante agente, Travis? Ese hombre haría cualquier cosa por un poco de publicidad gratuita antes de tu gran regreso a la duela. No le importa si destruye a una familia en el proceso.

Dante guardó silencio un segundo, y vi cómo una sombra de duda cruzaba su rostro, rompiendo por un instante su máscara de omnipotencia.

—Mi chófer ha estado conmigo tres años... pero Travis... Travis siempre dice que no hay mala publicidad. Aunque dudo que quiera arriesgar mi contrato con un escándalo ético que huela a soborno médico.

—Pues alguien lo hizo. Y mientras tú juegas a los detectives de ático, mi carrera se desintegra —me abracé a mí misma, mirando por la ventana cómo los rascacielos de Manhattan empezaban a devorarnos—. Has involucrado a mi familia, Dante. A mi hermana, que es lo más sagrado que tengo. Ella te mira como si fueras un héroe que bajó del Olimpo para rescatarla, y yo... yo solo veo a un hombre que incendia todo lo que toca solo para ver cómo brillan las llamas. Estás logrando que la lealtad entre nosotras flaquee, y eso no te lo voy a perdonar nunca.

—¡Lo hice por tu padre, maldita sea! —exclamó él, frenando bruscamente en un semáforo rojo y girándose hacia mí con una intensidad que me hizo retroceder contra el asiento—. Fui a tu casa porque quería que él volviera a caminar. Quería que dejaras de cargarlo todo tú sola, Valeria. Sí, lo admito... al principio Camila era una distracción. Una forma de llegar a ti, de molestarte, de ver si debajo de esa bata de hielo había una mujer capaz de sentir celos. Pero anoche... anoche en esa cena solo quería que fueras feliz por un maldito segundo sin pensar en facturas o en todo el peso que cargas desde que tu madre ya no está.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez era distinto. Estaba cargado de una tensión eléctrica, de una verdad cruda que hacía que me costara respirar. Dante se acercó un poco más, invadiendo mi espacio personal, rodeándome con ese aroma a cuero y perfume caro que empezaba a detestar porque me resultaba adictivo.

—No voy a dejar que te hundan —susurró, y su voz ya no era un rugido, sino una promesa—. He hablado con los directivos del hospital. He movido mis hilos y los del club. A partir de mañana, trabajarás exclusivamente para mí hasta que mi rodilla esté al cien por ciento. Las sesiones serán a puerta cerrada, en el gimnasio privado del Madison Square Garden. Sin prensa. Sin testigos. Sin que nadie pueda cuestionar por qué tus manos están sobre mi piel. Solo tú, yo y esta rodilla que tengo que recuperar si quiero salvar tu carrera y limpiar tu nombre.




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