Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 17.

DANTE

El gimnasio del Madison Square Garden se sentía como una jaula de cristal a las tres de la mañana. El eco de mis propios pasos sobre la duela pulida me devolvía un sonido hueco, un recordatorio constante de que, aunque este era mi reino, las sombras empezaban a devorarme. El aire acondicionado cortaba como una cuchilla y el olor a barniz fresco me mareaba.

Valeria estaba sentada en el banco de suplentes. Bajo la luz roja de emergencia, su silueta parecía una estatua de mármol: rígida, hermosa y cargada de una tensión que amenazaba con romperla. Sus manos, entrelazadas con fuerza, mostraban unos nudillos blancos que delataban su miedo.

Saqué el teléfono y marqué. No hubo tono de espera; él sabía que yo llamaría.

—Travis, mueve tu trasero al Garden. Ahora —rugí, sin dejar espacio para réplicas. Colgué antes de que el maldito pudiera balbucear una sola excusa.

Veinte minutos después, la puerta de carga subterránea chirrió. Travis apareció caminando por la duela con esa confianza ensayada que solo tienen los hombres que visten trajes de tres mil dólares. Se detuvo a unos metros, mirando con desdén la pequeña cámara destrozada que yo había dejado sobre la mesa de anotadores como un trofeo de guerra fallido.

—¿Qué es este drama de medianoche, Dante? —preguntó, extendiendo los brazos—. El club está en llamas, los patrocinadores están pidiendo cabezas y tú me citas en la oscuridad como si estuviéramos en una película de espías.

—¿Dónde está el video, Travis? —lo interrumpí, caminando hacia él hasta que mi sombra lo cubrió por completo—. ¿Cuánto te pagaron por profanar mi camioneta? ¿Fue la prensa rosa o fue alguien que quiere verme fuera de la liga?

Travis no retrocedió. Sus ojos, fríos y calculadores, se entrecerraron.

—¿Cree que fui yo? —soltó una carcajada seca—. Por favor, campeón. Soy tu agente. Gano el diez por ciento de cada centavo que generas. Si tu reputación se hunde por acostarte con tu fisioterapeuta antes de que sane esa rodilla, mi cuenta bancaria se hunde contigo. No soy tan estúpido como para quemar mi propia mina de oro.

—Tuviste mi camioneta el sábado —le recordé, agarrándolo por las solapas del traje—. Dijiste que era para un "mantenimiento de rutina". Tú eras el único con las llaves.

—Y la llevé al taller oficial del club, Dante. ¡Suéltame! —siseó, zafándose—. Pero no estuve solo. Jordan estaba allí. Nos encontramos en la sala VIP mientras revisaban sus deportivos también. La camioneta se quedó sola en el elevador durante dos horas. Cualquiera del equipo técnico pudo entrar... o cualquiera que supiera exactamente qué buscar. Jordan ha estado muy interesado en tus "progresos fuera de la cancha", Ricci.

Sentí un frío repentino. Jordan. Mi compañero, el hombre que codiciaba mi puesto de capitán.

—Travis tiene razón en algo, Dante —intervino Valeria, poniéndose en pie—. Esto no es solo un chisme. Es un ataque directo a mi licencia. Si ese video se filtra, se acabó para mí.

—Exacto —sentenció Travis—. Mañana a las diez de la mañana hay rueda de prensa de emergencia. Vas a salir ahí y vas a desmentir cualquier relación. Dirás que ella es una profesional impecable y que todo es un ataque orquestado contra el equipo. O mienten juntos para salvarse, o ese video los hunde a los dos; tienen hasta las seis de la mañana. Elijan su sacrificio.

Travis se marchó, dejando tras de sí un silencio sepulcral. Me dejé caer en el banco, exhausto. Valeria se sentó a mi lado. Estábamos tan cerca que la tensión acumulada de los flashes y la traición estalló. Olvidé la rueda de prensa y el ultimátum.

—No sé si puedo seguir fingiendo que no quiero tocarte —dije, mi voz ronca de necesidad.

Me incliné y busqué sus labios. Valeria no retrocedió; se lanzó hacia mí con una desesperación que igualaba la mía. Fue un beso cargado de arrepentimiento y de una verdad que ya no podíamos esconder. Fue nuestro pequeño momento de paz antes del sacrificio final. Pero el destino no iba a darnos esa tregua.

El sonido de la puerta principal abriéndose de golpe resonó como un disparo. Nos separamos bruscamente. En el umbral estaba Camila. Su voz no traía la furia explosiva que yo esperaba. Era un sonido de cristal rompiéndose.

—Así que aquí es donde se esconden los héroes —dijo Camila, con lágrimas rodando por sus mejillas.

—Cami, déjanos explicarte... —empezó Valeria, dando un paso hacia ella.

—El video no es lo peor, Valeria. Soy yo. —Camila se tapó la boca con una mano, temblando—. Fui yo la que abrió la puerta. El fin de semana, cuando estaba tan emocionada porque Dante me había invitado a la fiesta... se lo conté a Jordan. Él se acercó al restaurante, fue amable, me preguntó si Dante estaba siendo "bueno conmigo" y con papá... y yo, como una tonta, le conté que estabas yendo a Queens a cenar con nosotras y que tú lo estabas tratando en casa de forma privada. Le di la ubicación, le di los horarios... le di todo lo que necesitaba para cazarlos.

—¿Le contaste a Jordan lo de las visitas a Queens? —pregunté, sintiendo que el mundo se desmoronaba.

—¡Me hiciste creer que te importaba, Dante! —me gritó Camila con un odio que nacía de la pura humillación—. Me enviaste esos mensajes, me diste esos "likes"... yo solo quería presumir que el Rey se había fijado en una Méndez. No sabía que Jordan estaba grabando la conversación. No sabía que él usaría mi ilusión para ponerle precio a la cabeza de mi hermana.




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