Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 19.

VALERIA

El silencio en la casa de Queens era más ensordecedor que los gritos de la prensa que aún montaba guardia al final de la calle. Era un silencio denso, cargado del olor a café frío y del peso de las palabras que nadie se atrevía a pronunciar. Entré en la cocina y encontré a mi padre, Ricardo, sentado frente al televisor apagado. Su reflejo en la pantalla oscura parecía el de un hombre que acababa de perder una guerra que ni siquiera sabía que estaba peleando.

—Papá… —susurré, pero él solo levantó una mano, pidiéndome silencio sin mirarme.

—Lo vi, Valeria. Vi la rueda de prensa. Vi a ese hombre negar que puso un pie en esta casa por algo más que su rodilla. Vi cómo usó el nombre de tu hermana para limpiar su imagen de "Rey". —Su voz era un hilo de decepción que me caló más hondo que cualquier sanción médica—. Te advertí que los hombres como Ricci no vienen a construir, vienen a conquistar. Y tú le abriste la puerta de nuestra paz.

No pude responder. La culpa se me anudaba en la garganta como un alambre de espino. Subí las escaleras, buscando a Camila, necesitando desesperadamente arreglar lo que el ego de Dante y mi propia ceguera habían roto. Pero al llegar a su habitación, me detuve en seco.

No había gritos. No había llanto. Solo el sonido rítmico de una maleta cerrándose.

Camila estaba de pie junto a la cama, vestida con un abrigo grueso que no pegaba con la calefacción de la casa. Sus ojos, antes llenos de una luz que iluminaba hasta los rincones más oscuros de Queens, estaban apagados, rodeados de sombras que yo misma había ayudado a dibujar. Sobre su cama descansaba un sobre con un billete de avión impreso.

—¿Alaska, Cami? —pregunté, y mi voz sonó pequeña, rota—. ¿De verdad vas a hacer esto? ¿Vas a irte al otro lado del mundo por un error que cometió él?

Camila se giró lentamente. No me miró con odio, lo cual fue peor. Me miró con una distancia infinita, como si ya estuviera a miles de kilómetros de distancia.

—No me voy por su error, Valeria. Me voy por el nuestro —dijo, y su calma me dio más miedo que cualquier grito—. Me voy porque cada vez que entro en la cocina, veo a papá mirándome con duda. Me voy porque cada vez que cierro los ojos, veo a Jordan grabándome mientras yo le entregaba tu vida profesional en bandeja de plata. Y, sobre todo, me voy porque no puedo mirarte a ti sin recordar que, mientras yo era humillada por los fotógrafos, tú estabas encontrando consuelo en los brazos del hombre que nos puso la diana en la espalda.

—¡Yo no sabía lo que él planeaba! —exclamé, dando un paso hacia ella, intentando tocar su brazo, pero ella se apartó con una agilidad dolorosa—. ¡Él me lo confesó anoche, Cami! Fui una idiota, lo sé, pero no te traicioné a propósito.

—Ese es el problema, Vale. La traición no necesita intención para destruir. Solo necesita silencio. —Camila agarró el asa de su maleta—. He llamado a la tía Elena. Su clínica en la comunidad de Fairbanks necesita a alguien que se encargue de la administración y el contacto con los pacientes. Allí nadie sabe quién es Dante Ricci. Allí no soy la "hermana tonta" que se dejó engañar por un like en Instagram. Allí puedo ser solo Camila Méndez otra vez.

—Es un hospital pequeño, en medio de la nada, Cami. Vas a pasar frío, vas a estar sola… —las lágrimas empezaron a nublar mi vista.

—Ya tengo frío aquí, Valeria. El calor de esta casa se evaporó cuando Ricci entró por esa puerta. —Caminó hacia la puerta de su habitación, pero se detuvo antes de salir—. Papá necesita que estés con él. No dejes que Travis o Jordan lo usen para llegar a Dante. Si vas a hundirte con ese hombre, al menos asegúrate de que papá no sea el daño colateral.

Bajamos las escaleras en un silencio sepulcral. Mi padre se levantó de su silla con un esfuerzo sobrehumano, apoyándose en el andador que Dante le había conseguido. El mismo andador que ahora parecía un monumento a nuestra humillación. Camila lo abrazó con una fuerza que decía más que mil disculpas.

—Cuídate, mi niña —susurró mi padre, besando su frente—. Alaska es grande, pero no es tan grande como tu corazón. No dejes que ese hielo te endurezca.

—Estaré bien, papá. La tía Elena me espera en el aeropuerto de Fairbanks. —Camila me miró por última vez desde el umbral de la puerta. Detrás de ella, un taxi esperaba para llevarla al JFK—. Adiós, Valeria. Espero que cuando consigas lo que buscas con Dante, el precio no haya sido demasiado alto.

La puerta se cerró con un golpe seco que resonó en mis huesos. Me quedé allí, de pie en la entrada, viendo cómo las luces traseras del taxi se alejaban, llevándose la alegría de nuestra casa. Me sentí vacía, una cáscara de la mujer que solía ser.

Mi teléfono vibró en el bolsillo de mi bata. Era un mensaje de Dante.

«He hablado con el club. Travis tiene controlado el flujo de información por ahora. ¿Estás bien? ¿Cómo está ella?».

Sentí una rabia súbita, una llamarada que consumió la tristeza por un segundo. Dante Ricci seguía pensando en "controlar el flujo de información" mientras mi mundo se desmoronaba. Le escribí una respuesta con los dedos temblorosos:

«Camila se ha ido. Se va a Alaska para huir de tu circo y de mi debilidad. No me preguntes si estoy bien, Dante. Has ganado tu rueda de prensa, has mantenido tu contrato, pero has destruido a mi familia. No me busques fuera de las sesiones de terapia. A partir de ahora, solo soy tu doctora. Y espero que tu rodilla sane rápido, porque necesito que salgas de mi vida antes de que no quede nada de mí».




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.