CAMILA
El aire en Fairbanks, Alaska, no se respiraba; se cortaba. Al bajar del avión, el frío me golpeó los pulmones con una violencia que me obligó a doblarme por la mitad. Era una sensación pura, un dolor físico que, extrañamente, me resultó reconfortante. Era un dolor que podía entender, a diferencia del nudo asfixiante que me había dejado Nueva York.
Caminé por el pequeño aeropuerto cargando mi maleta, sintiéndome como una extraña en mi propio cuerpo. Mi tía Elena me esperaba junto a la salida de equipaje. Tenía el mismo cabello oscuro de mi madre, pero sus ojos estaban curtidos por los vientos del norte y los inviernos de seis meses. Me abrazó sin decir una palabra, y en ese silencio, por fin, solté la primera lágrima que no sabía a humillación, sino a alivio.
—Bienvenida al fin del mundo, Cami —susurró ella, apartándome el cabello de la cara—. Aquí el hielo no miente. Si no te cuidas, te quema. Pero si lo respetas, te mantiene intacta.
Mientras subíamos a su vieja camioneta equipada con cadenas en las llantas, miré por la ventana el paisaje infinito de pinos blancos y oscuridad. No había carteles de neón con la cara de Dante Ricci. No había reporteros escondidos en los arbustos. Solo el silencio sepulcral de la tundra.
—Mañana empezarás en la clínica de la comunidad —dijo Elena mientras manejaba por una carretera que parecía no tener fin—. Necesitamos a alguien que ponga orden en los expedientes y que hable con los pacientes antes de que entren a consulta. Es un trabajo duro, lejos del glamour de Queens, pero te prometo algo: aquí nadie te preguntará por el "Rey". Aquí el único rey es el invierno.
Cerré los ojos, recostando la cabeza contra el cristal frío. Por primera vez en semanas, el zumbido de los mensajes de Instagram y las notificaciones de prensa en mi cabeza se detuvo. Me quedé dormida con el sonido del motor luchando contra la nieve, soñando con una vida donde mi nombre no fuera el pie de página de un escándalo deportivo.
VALERIA
Nueva York, en cambio, era un hervidero de odio.
Entré en el edificio de la Junta de Ética Médica en Manhattan con la espalda tan recta que sentía que mis vértebras iban a estallar. Llevaba mi mejor traje sastre, el cabello recogido en un moño impecable y una máscara de profesionalismo que ocultaba el hecho de que no había dormido más de tres horas en los últimos tres días.
A mi lado, un abogado enviado por el club —un tipo llamado Silas que olía a tabaco y a leyes de hierro— revisaba unos papeles con una expresión de aburrimiento que me ponía enferma.
—Escuche, doctora Méndez —me dijo Silas mientras subíamos en el ascensor—. La queja es anónima, pero el video es real. Se ve a Dante Ricci entrando en su casa a horas inapropiadas y se ve esa escena en el Madison Square Garden donde la proximidad física no parece precisamente... terapéutica. Jordan hizo un trabajo sucio pero efectivo.
—Yo no he roto ninguna ley, Silas —respondí, con la voz firme a pesar de que mis manos temblaban dentro de los bolsillos—. Mi paciente necesitaba cuidados urgentes y el club autorizó la terapia privada debido al acoso de la prensa.
—La ética no se trata de leyes, doctora. Se trata de percepciones —replicó él mientras las puertas se abrían—. Y la percepción es que usted es la amante de la estrella de los Knicks.
La sala de audiencias era pequeña, fría y austera. Tres médicos veteranos me miraban desde detrás de una mesa de roble con una severidad que me recordó a los tribunales de la Inquisición. Durante dos horas, desmenuzaron mi carrera. Me preguntaron por qué permití que Dante Ricci conociera a mi padre. Me preguntaron por qué mi hermana y yo estábamos presentes en la fiesta del equipo, en el departamento de Dante Ricci. Me preguntaron, con una crueldad clínica, si mis manos sobre la rodilla de Dante siempre buscaban la curación o si buscaban algo más.
—Doctora Méndez —dijo el presidente de la junta, un hombre de setenta años con gafas de lectura que pesaban como sentencias—. Nuestra profesión se basa en la distancia. Usted permitió que el paciente invadiera su ambiente familiar. Usted permitió que su hermana fuera utilizada como pantalla mediática. ¿Cómo podemos confiar en que sus diagnósticos sobre la salud de Ricci no están nublados por su afecto personal hacia él?
—Mis diagnósticos son exactos —declaré, mirando al hombre a los ojos—. Dante Ricci regresará a la duela en un tiempo récord, como el equipo lo pidió desde el principio de su tratamiento. Si he cometido un error, fue creer que podía proteger la privacidad de mi paciente y la dignidad de mi familia al mismo tiempo. Pero no me arrepiento de estar tratando a un hombre que todos daban por terminado.
Salí de la audiencia con una suspensión cautelar de mi licencia por treinta días, a la espera de una decisión final. Treinta días sin poder ejercer. Treinta días donde mi nombre estaría manchado por la duda.
Al salir a la calle, el caos me estaba esperando. Los reporteros me rodearon antes de que pudiera llegar al taxi. Pero esta vez, alguien más estaba allí.
Dante.
No estaba en su camioneta. Estaba de pie en la acera, apoyado en sus muletas, con una gorra baja y gafas oscuras, pero su presencia era inconfundible. Al verme salir, caminó hacia mí, ignorando los flashes que estallaron a su alrededor como fuegos artificiales.