Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 21.

DANTE

El silencio dentro del coche blindado era más ruidoso que los gritos de los reporteros que habíamos dejado atrás, golpeando los cristales con sus micrófonos como si fueran buitres reclamando una pieza de carne. Miré fijamente la captura de pantalla en el teléfono de Valeria, sintiendo cómo una presión gélida se instalaba en mi pecho. Jordan no solo me había quitado minutos en la duela; estaba desmantelando, pieza por pieza, el legado que yo había construido con cada gota de sudor, cada fractura y cada noche sin dormir durante diez años.

—Treinta días, Valeria —dije, y mi voz salió como un gruñido bajo, una vibración de rabia pura que hizo eco en el habitáculo del vehículo—. Te dieron treinta días de suspensión por mi maldita culpa. Por mi arrogancia. Por creer que podía protegerte mientras jugaba a dos bandas.

Valeria guardó el móvil con movimientos lentos. Sus manos aún temblaban ligeramente, un rastro del juicio sumario al que acababa de ser sometida, pero su mirada ya no era la de la mujer asustada que salió de la Junta de Ética.

—Dante, no es el momento de buscar culpables, ni de flagelarse —respondió ella, clavando sus ojos grises en los míos con una firmeza que me obligó a enderezarme—. Es el momento de pensar con la cabeza fría. Travis y Jordan creen que ya ganaron. Travis piensa que te tiene contra las cuerdas, obligado a obedecer para salvar lo que queda de tus contratos, y Jordan... Jordan ya se siente el dueño del Garden.

Sonreí, pero no había ni un ápice de alegría en mi rostro. Era la misma sonrisa depredadora que ponía antes de clavar un triple en la cara de un rival en el último segundo de un séptimo partido. Una sonrisa que anunciaba el fin de alguien.

—Creen que el Rey está muerto solo porque no puede caminar sin muletas —mascullé, apretando el puño—. No saben que un león herido es diez veces más letal, porque ya no tiene miedo al dolor. Solo tiene hambre de justicia.

Saqué mi propio teléfono y marqué a mi asistente personal de toda la confianza, alguien que no estaba en la nómina de la agencia de Travis.

—Cancela todas las entrevistas programadas para el mes. Todas —ordené sin dejar espacio a réplicas—. Cierra el acceso al gimnasio de mi complejo privado. Cambia los códigos de seguridad hoy mismo. Nadie entra, nadie sale, y nadie ve lo que pasa ahí dentro sin mi autorización directa. Y hazme un favor extra: búscame al mejor especialista en rescisión de contratos publicitarios de Nueva York. Uno que no le tenga miedo a Travis. Vamos a morder de vuelta donde más les duele: en el bolsillo.

Colgué y miré a Valeria. La luz de los faros de la ciudad pasaba sobre su rostro en ráfagas intermitentes. Sus ojos, antes nublados por la incertidumbre de perder su carrera, ahora brillaban con la misma chispa de resistencia que ardía en los míos. Éramos dos personas despreciadas en nuestra propia ciudad, pero estábamos juntos.

—Tienes treinta días "libre" de la Junta de Ética, doctora —le dije, tomando su mano con suavidad, pero con una promesa implícita—. Treinta días en los que, legalmente, no eres su empleada ni estás sujeta a sus protocolos de mierda. Durante este mes, eres mi entrenadora personal. Mi fisioterapeuta privada. Mi.… todo.

—¿Qué tienes exactamente en mente, Dante? —preguntó ella, y por primera vez en días, sentí que una chispa de complicidad real nos unía.

—Entrenamiento de día y de noche, Valeria. Fisioterapia intensiva a puerta cerrada, lejos de los espías de Jordan y de las cámaras de Travis. Mientras Jordan se dedica a pasearse por los eventos benéficos, a firmar autógrafos con esa sonrisa falsa y a modelar tenis que no se ha ganado en la cancha, nosotros vamos a reconstruir este cuerpo. Vamos a hacer que esa rodilla sea de acero.

Hice una pausa, dejando que la idea se asentara. El plan era arriesgado, pero era nuestra única salida.

—Cuando los playoffs comiencen dentro de un mes, no entraré caminando con muletas ni pidiendo permiso. Entraré listo para quemar la duela. Y cuando el mundo vea que el Rey ha vuelto más fuerte que nunca, Travis tendrá que elegir entre su orgullo o los millones que solo yo puedo generarle. Y todos sabemos qué elegirá ese tiburón.

—¿Y Jordan? —susurró Valeria, mencionando el nombre que se había convertido en nuestra peor pesadilla.

—Jordan se dará cuenta de que las coronas no se heredan por traición, se ganan con talento. Lo voy a aplastar frente a veinte mil personas, Valeria. Voy a hacer que cada foto que filtró, cada lágrima que le hizo derramar a tu hermana y cada humillación que te hizo pasar en esa Junta, se convierta en una pesadilla para él.

Mi mente viajó por un segundo a miles de kilómetros de distancia, hacia la gélida Alaska. Imaginé a Camila sola, intentando sanar una herida que yo mismo había abierto con mi imprudencia. El nudo de culpa en mi estómago se apretó, pero esta vez no me paralizó; me dio impulso.

—Y cuando recupere mi lugar, cuando limpie tu nombre y el mío... iré a buscar a Camila —sentencié con una resolución gélida—. Nadie de la familia Méndez se queda en el exilio por los pecados de otros. Voy a traerla de vuelta, Valeria. Lo juro por lo que me queda de honor.

—Dante, Alaska es un lugar difícil... y ella está muy herida —dijo ella, con una mezcla de esperanza y temor.

—Entonces tendré que ser lo suficientemente fuerte para cargar con su perdón —respondí, mirándola a los ojos—. Pero primero, tenemos que ganar esta guerra en Nueva York. Mañana te necesito con un equipaje, te quedarás conmigo. Empezamos con trabajo forzado, doctora. Espero que estés lista para ver cómo un hombre se reconstruye desde las cenizas.




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