Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 22.

DANTE

El ático de Manhattan, que siempre me había parecido un monumento a mi propio éxito, se sentía esa noche como una trinchera de cristal. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía metálica mientras Valeria entraba en el salón. Traía consigo una maleta pequeña y una bolsa de lona llena de equipos de fisioterapia que hacían un ruido seco con cada paso sobre el mármol. Se detuvo en medio de la sala, rodeada de ventanales de cinco metros que mostraban las luces de la ciudad, pero no pareció impresionada por el lujo. Sus ojos grises escaneaban el lugar buscando funcionalidad, no estética.

—¿Dónde está el gimnasio? —preguntó sin preámbulos. Ni siquiera se había quitado el abrigo oscuro.

—A la derecha, pasando la cocina. Pero Valeria, son casi las once de la noche. El "trabajo forzado" puede esperar a mañana —dije, tratando de sonar razonable.

—Mañana es hoy, Dante. Cada hora que pasas sentado en ese sofá es una hora que Jordan gana terreno —se giró hacia mí, y la luz de la luna acentuó la rigidez de su mandíbula—. Si me voy a quedar aquí, si voy a arriesgar mi reputación viviendo bajo el mismo techo que mi paciente, no será para ver pasar las horas. Muéstrame el gimnasio. Ahora.

Caminé hacia allí con una cojera que odiaba admitir, sintiendo su mirada profesional evaluando cada uno de mis movimientos. Mi gimnasio privado era un paraíso de acero, pero bajo la luz fría de los fluorescentes, se sentía como un quirófano. Valeria dejó su equipo en el suelo y empezó a organizar bandas de resistencia y electrodos sobre una camilla plegable que ella misma armó con una eficiencia intimidante.

—Quítate la sudadera —ordenó, señalando la camilla.

Me quedé helado un segundo. Había estado frente a miles de personas en pantalones cortos, pero la forma en que ella lo decía, en la intimidad de mi casa, hacía que mi piel hormigueara. Me quité la prenda lentamente, dejando al descubierto mi torso y la cicatriz que marcaba mi rodilla como un mapa de mi propia caída.

—Acuéstate. Vamos a empezar con estimulación neuromuscular profunda. Necesito que tus fibras despierten antes de que mañana te exija carga real.

Me tumbé y sentí sus manos. Estaban frías, pero el contacto con mi muslo fue como un choque eléctrico. No era el toque distante de la clínica; en este espacio, el aire se sentía más crudo. Estábamos solos. No había cámaras, ni asistentes de prensa, ni una junta de ética vigilando. Solo nuestra respiración y el zumbido lejano de la Quinta Avenida.

—Estás tenso —susurró ella, aplicando el gel conductor con movimientos circulares—. Si no relajas el músculo, la corriente te va a doler el doble. Tienes que soltar el control, Dante.

—Es difícil soltar el control cuando sé que afuera hay gente queriendo enterrarme vivo, Valeria.

—Entonces mírame a mí. No pienses en las portadas de mañana ni en el veneno de Jordan. Piensa solo en el sonido de mi voz.

Sentí el primer pinchazo de la corriente, un hormigueo rítmico que obligaba a mi cuádriceps a contraerse. Valeria se inclinó sobre mí para ajustar los cables, y su aroma me inundó por completo. Estaba tan cerca que podía ver el cansancio real en sus ojos, una sombra de agotamiento que solo su determinación feroz mantenía a raya.

—¿Por qué lo haces realmente, Valeria? —pregunté en un susurro—. Podrías haber aceptado la suspensión en silencio. ¿Por qué meterte en la boca del lobo conmigo?

Ella se detuvo por un segundo, con la mano apoyada sobre mi cicatriz.

—Porque soy una Méndez, Dante. Y a nosotros no nos hunden sin dar pelea —finalmente levantó la vista y su expresión se suavizó—. Y porque... vi cómo me defendiste en esa rueda de prensa cuando lo más lógico era hundirme para salvar tu contrato. Nadie ha saltado al vacío por mí de esa manera. Supongo que ahora me toca ser tu red de seguridad.

La atmósfera cambió. Ya no era solo terapia; era un pacto de sangre. Me incorporé un poco, quedando a escasos centímetros de su rostro. Podía ver el pulso acelerado en su cuello. El deseo, reprimido bajo capas de ética, amenazaba con desbordarse.

—Mañana Travis vendrá a las ocho con el fisioterapeuta de la liga —dije, rompiendo el hechizo—. Tendremos que actuar. Fingir que sigo sus órdenes al pie de la letra.

—Lo sé. Seré un fantasma en tu propia casa —ella se apartó, recuperando su máscara de doctora—. Me quedaré en el estudio revisando los juegos de Jordan. Tenemos que saber dónde va a estar él antes de que él mismo lo decida.

Justo cuando iba a indicarle su habitación, el teléfono de Valeria vibró. El nombre de "Papá" iluminó la pantalla. Ella contestó y puso el altavoz por inercia.

—¿Papá? ¿Estás bien?

—Valeria... —la voz de Ricardo Méndez sonaba cansada—. Estoy bien, hija. Pero la casa se siente demasiado grande sin Camila. Y ahora tú también te has ido a esa torre de cristal. He visto las noticias, Valeria. Sé que ese hombre tiene recursos, pero también enemigos poderosos.

—Papá, es por trabajo. Necesito rehabilitarlo rápido para que todo esto termine —dijo ella.

—Hija, prométeme una cosa —continuó Ricardo—. Prométeme que te cuidarás. La lealtad es un regalo caro. No dejes que el brillo de ese mundo te ciegue. Camila ya pagó el precio de la inocencia; no quiero que tú pagues el precio de la ambición de otros. Ten cuidado con Dante Ricci. Él está acostumbrado a ganar, y a veces, los reyes dejan que otros mueran en el campo de batalla.




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