Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 24.

VALERIA

El reloj digital de la cocina marcaba las 3:45 a.m., pero por primera vez en días, el segundero no parecía una cuenta regresiva hacia el desastre. El agotamiento había derribado mis muros defensivos, dejándome en un estado de vulnerabilidad que ya no me molestaba ocultar. Caminé hacia el gimnasio y encontré a Dante sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la máquina de pesas. Estaba empapado en sudor, pero su mirada ya no era de furia; era de un reconocimiento profundo.

—Basta por hoy, Dante —dije, arrodillándome a su lado.

Él no discutió. Simplemente tomó mi mano y la llevó a su mejilla. El calor de su piel y la suavidad de su tacto me recordaron que, bajo la armadura de estrella de la NBA, había un hombre buscando desesperadamente un ancla.

—Tienes razón, doctora. Mi cuerpo puede aguantar un set más, pero mi alma no —susurró él, con una voz ronca que me erizó la piel—. Quédate conmigo. No vayas a la habitación de invitados. El mundo allá afuera puede esperar unas horas más.

Caminamos hacia su habitación, apoyados el uno en el otro. Nos tumbamos encima de las mantas, completamente vestidos, simplemente necesitando la certeza de que no estábamos solos en esta tormenta. Él pasó su brazo por debajo de mi cabeza y yo apoyé mi rostro en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón. No hubo sexo, ni urgencia carnal; hubo algo mucho más íntimo: el reconocimiento de dos almas que, en medio del caos, habían encontrado su centro. Me quedé dormida con el sonido de su respiración, sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, a salvo.

El despertar fue un regalo inesperado. No hubo alarmas estridentes ni llamadas de Travis. El sol de la mañana se filtraba suavemente por los ventanales, bañando la habitación en un tono dorado. Me desperté y encontré a Dante observándome con una sonrisa que nunca le había visto en la clínica: una sonrisa de paz absoluta.

—Buenos días, Valeria —dijo, apartándome un mechón de cabello de la frente—. El mundo sigue ahí fuera, pero aquí dentro el tiempo se ha detenido.

Bajamos a la cocina y, para mi sorpresa, él se encargó de todo. Preparó un desayuno que parecía sacado de una revista: pan artesanal tostado, aguacate, huevos perfectamente escalfados y un café cuyo aroma llenó cada rincón del ático. Comimos en la barra, compartiendo anécdotas de nuestra infancia que nada tenían que ver con el baloncesto o la medicina. Reímos por primera vez en semanas, y por un instante, la suspensión de mi licencia y el video de Jordan parecieron pesadillas lejanas.

Después del desayuno, mientras el sol seguía subiendo, Dante me llevó a un rincón del salón que yo apenas había notado. Había una mesa de mármol con un tablero de ajedrez de madera de ébano y marfil.

—¿Ajedrez? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿El Rey quiere probar su estrategia en un tablero más pequeño?

—El ajedrez es como la vida, Valeria. Si no cuidas a tu reina, pierdes la partida —respondió él, sentándose frente a mí.

Jugamos durante una hora. Fue una batalla de mentes. Yo era metódica y defensiva; él era agresivo y brillante, arriesgando piezas para ganar posiciones. La tensión entre nosotros mientras movíamos las figuras era casi eléctrica, pero era una tensión dulce, un juego de seducción intelectual que nos hacía olvidar que Travis podría aparecer en cualquier momento.

—Jaque mate —dije finalmente, moviendo mi torre con un destello de triunfo en los ojos.

Dante soltó una carcajada limpia y profunda.

—Me has vencido, doctora. Me rindo ante tu superioridad táctica. Pero... todavía tengo un as bajo la manga que no esperas.

Se puso de pie y me tendió la mano. Me guio hacia una zona del ático que estaba en penumbra, protegida por unas cortinas pesadas. Al descorrerlas, apareció un piano de cola Steinway, negro y reluciente, bajo la luz del mediodía.

—¿Tocas el piano? —pregunté, sin poder ocultar mi asombro. Jamás hubiera imaginado que esas manos, diseñadas para aplastar defensas y agarrar balones de cuero, tuvieran la sensibilidad necesaria para las teclas.

—Mi madre era profesora de música en Chicago antes de que el mundo se volviera loco —explicó él, sentándose en la banqueta—. Me enseñó que cuando las palabras fallan, la música es lo único que nos mantiene cuerdos.

Sus dedos se posaron sobre las teclas y empezó a tocar una melodía suave, melancólica y hermosa. Era una pieza de Chopin que hablaba de añoranza y esperanza. Al escucharlo, vi a un Dante completamente diferente: el niño que creció en un barrio difícil aferrándose a la belleza, el hombre que ocultaba su sensibilidad tras una máscara de arrogancia para que nadie pudiera lastimarlo.

Me acerqué al piano, hipnotizada por el movimiento de sus manos. La música parecía llenar los vacíos que el escándalo y la traición habían dejado en nosotros. Cuando terminó, el silencio que siguió fue el más puro que había experimentado jamás.

—Es hermoso, Dante —susurré, con lágrimas asomando en mis ojos.

Él se levantó y, sin decir nada, me tomó por la cintura. El sol empezaba a bajar, creando sombras largas sobre el suelo de madera. No había música ahora, solo el eco residual de la pieza en mi cabeza y el latido de nuestros corazones.

—Baila conmigo, Valeria —pidió en un susurro.




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