Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 25.

DANTE

La burbuja de paz que habíamos construido durante el día estalló con la violencia de un cristal golpeado por una piedra. Miré el teléfono de nuevo, las palabras de Silas quemándome los ojos: «Travis sabe que algo no cuadra. Va hacia el ático. Llega en veinte minutos».

Valeria, que hace un segundo estaba entre mis brazos, se apartó con un movimiento rápido, el pánico instalándose en sus ojos grises. La música de Chopin que aún parecía vibrar en el aire del ático fue reemplazada por el latido desbocado de mi propio corazón.

—Vete al estudio, Valeria —dije, mi voz recuperando esa aspereza de mando que usaba en la duela—. Cierra la puerta por dentro. No hagas ni un solo ruido. Si entra y te encuentra aquí, todo lo que hemos ganado se convertirá en cenizas.

—Dante, los platos... el desayuno —susurró ella, señalando la cocina.

—Yo me encargo. ¡Corre!

La vi desaparecer por el pasillo, su silueta perdiéndose en las sombras de mi propia casa. Me moví con una agilidad que mi rodilla protestó de inmediato, pero la ignoré. Lavé las dos tazas de café y los platos con una velocidad desesperada, guardándolos en el lavavajillas y limpiando cualquier rastro de que dos personas habían compartido una mañana perfecta. Recogí el tablero de ajedrez, dejando las piezas en su caja, y cerré la tapa del piano con un peso en el alma; el santuario volvía a ser una celda.

Me senté en el sofá, extendí la pierna sobre el puf y me puse una bolsa de hielo que siempre tenía lista en el congelador. Me despeiné el cabello y me puse una sudadera vieja, tratando de parecer el hombre derrotado y solitario que Travis esperaba ver.

El código de seguridad de la puerta principal sonó antes de lo previsto. Travis no llamó; entró como el dueño del mundo, con su traje de tres piezas impecable y esa mirada de tiburón que siempre precedía a una tormenta.

—¿Cinco y media de la tarde y sigues en pijama, Dante? —soltó Travis, caminando directamente hacia el centro del salón sin saludar—. Realmente te has tomado en serio lo de la "depresión por lesión".

—Es mi casa, Travis. No tengo a nadie a quien impresionar —respondí, manteniendo la voz monótona, fingiendo desinterés—. ¿A qué debo el honor de esta visita no anunciada? Silas dijo que estabas ocupado con los nuevos contratos de Jordan.

Travis se detuvo frente al ventanal, observando las luces de Manhattan que empezaban a encenderse, las mismas luces bajo las cuales yo había bailado con Valeria hacía apenas unos minutos.

—Jordan es un activo valioso, pero tú eres mi inversión principal, aunque te empeñes en devaluarte —se giró bruscamente, sus ojos escaneando cada rincón del ático—. He estado recibiendo informes extraños, Dante. Tu seguridad privada en la entrada del edificio ha rechazado a dos mensajeros del club. Y alguien juró ver una silueta femenina en tu balcón anoche.

Mi pulso se aceleró, pero mantuve la cara de piedra.

—Es la prensa, Travis. Inventan siluetas hasta en las nubes para vender un titular. Y sobre mi seguridad... quiero privacidad. No quiero que Miller o cualquier otro lame botas de la liga entre aquí a decirme lo que ya sé: que mi rodilla es un desastre.

Travis empezó a caminar hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones. Mi respiración se detuvo. Si abría la puerta del estudio, estábamos acabados.

—¿Privacidad o secretos, Dante? —preguntó, su mano rozando el pomo de la puerta de invitados—. Sabes que, si la Junta de Ética descubre que la doctora Méndez ha puesto un pie aquí durante su suspensión, ella no volverá a ejercer ni para curar un resfriado. Y tú... tú perderás la cláusula de moralidad de todos tus contratos. Te quedarías en la calle.

—No hay nadie aquí, Travis. Deja de jugar a los detectives y vete de mi casa —le ladré, forzando una rabia que ocultara mi miedo—. Estás obsesionado con Valeria porque sabes que ella es la única que me puede devolver a la duela antes de que Jordan me robe el puesto. Eso es lo que te aterra, ¿verdad? Perder el control sobre mi recuperación.

Travis se detuvo. Apartó la mano de la puerta y me miró con una sonrisa gélida.

—Lo que me aterra es que seas tan estúpido como para tirar diez años de carrera por una mujer que solo te ve como un boleto de lotería.

Se acercó a la mesa de mármol y pasó un dedo por la superficie.

—Ajedrez... —musitó, viendo el tablero que yo había olvidado guardar por completo—. No sabía que jugaras solo, Dante. Es un juego muy triste cuando no tienes a nadie a quien vencer.

—Aprendo estrategias nuevas. Deberías intentarlo, tal vez así dejarías de ser tan predecible —ataqué, tratando de distraerlo.

Travis me observó un largo rato en silencio. El aire en el ático era tan denso que sentía que podía cortarse. Finalmente, ajustó su corbata y caminó hacia la salida.

—Mañana a las nueve vendrá Miller con un equipo de resonancia portátil. No quiero excusas, no quiero bloqueos de seguridad. Si la puerta no se abre, entraré con la policía y una orden judicial —puso su mano en la puerta y se giró—. Por cierto, Dante... olía a vainilla cuando entré. Tu perfume habitual es madera y cuero. Ten cuidado con los detalles. Son los que terminan cavando las tumbas de los reyes.




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