VALERIA
El ambiente en el ático había cambiado radicalmente. Ya no éramos dos náufragos escondiéndose de la marea; ahora éramos arquitectos diseñando un regreso que el mundo del baloncesto no olvidaría. Sin embargo, el triunfo mediático no eliminaba el hecho biológico: la rodilla de Dante seguía siendo una articulación castigada que necesitaba un milagro de constancia. El éxito legal nos dio tiempo, pero solo el sudor nos devolvería la gloria.
Eran las seis de la mañana. Dante estaba en la prensa de piernas, con el sudor marcando cada músculo de su torso desnudo. Yo estaba a su lado, monitoreando con un sensor digital la respuesta de sus tendones. El silencio del gimnasio solo se rompía por su respiración rítmica y el choque controlado de las pesas.
—Cinco repeticiones más, Dante. No pienses en el dolor, piensa en el primer salto que vas a dar cuando vuelvas a pisar esa duela —le dije, mi voz recuperando ese tono de autoridad profesional que tanto nos había costado mantener tras las barreras que derribamos la noche del baile.
Él exhaló con fuerza, sus venas marcándose en el cuello. Terminó la serie y dejó caer el peso con un estruendo seco. Se quedó ahí, jadeando, pero sus ojos brillaban con una intensidad que me hizo temblar. No era solo competitividad; era hambre pura de redención.
—¿Cómo se ve el escaneo? —preguntó, secándose el rostro con una toalla mientras estiraba la pierna con cautela.
—Increíble —admití, mostrándole la tableta con las gráficas de recuperación—. El tejido está regenerándose a una velocidad asombrosa. Estás recuperando la estabilidad lateral, pero Dante... Jordan no se ha quedado de brazos cruzados.
Me senté a su lado en el banco de entrenamiento. La cercanía física entre nosotros ya no era algo que evitábamos. Él pasó su brazo por mis hombros, atrayéndome hacia él en un gesto natural, y ambos miramos la pantalla de mi teléfono. Jordan había subido un video a sus redes sociales esa mañana. Estaba en un gimnasio oscuro, entrenando de forma errática pero violenta. El pie de foto era una declaración de guerra: «La verdad tiene muchas caras. El "Rey" podrá haber ganado una batalla legal, pero el trono se gana jugando, no con grabaciones. Nos vemos en los playoffs... si es que tus muletas te dejan llegar».
—Está desesperado —dijo Dante, su voz baja y gélida—. Travis le ha soltado la mano ahora que su licencia de agente está en el aire por la investigación de la liga, y Jordan sabe que su carrera depende de demostrar que puede ser mejor que yo sin ayuda externa. Es un animal acorralado, Valeria.
—Y eso es lo que me asusta —respondí, mirándolo a los ojos—. Alguien como él, sin el filtro de Travis para controlarlo, es capaz de cualquier cosa. Silas me llamó hace una hora. Dice que Jordan ha sido visto merodeando por la clínica en Queens, preguntando por mi padre. Está buscando una debilidad, Dante.
Dante se tensó de inmediato. La calidez de su brazo sobre mis hombros se transformó en una tensión de acero. El aire en el gimnasio se volvió denso.
—Si toca a tu padre, o si intenta algo contra ti, no habrá liga ni contrato que me detenga, Valeria. Lo juro por lo que me queda de honor.
—Lo sé, pero por eso tenemos que ser más listos —le puse una mano en el pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. No podemos dejar que nos saque de nuestro centro. Tu regreso triunfal es la mejor venganza. El club ha anunciado que tu estatus ha pasado de "incapacidad total" a "evaluación semana a semana". El mundo está conteniendo el aliento.
Dante se puso de pie, probando el peso sobre su pierna lesionada. Caminó hacia el centro del gimnasio, tomó un balón y, con un movimiento fluido que me cortó la respiración, hizo un tiro en suspensión. El balón entró limpio, sin tocar el aro. Chof.
—Esa es la única respuesta que le voy a dar —sentenció él, girándose hacia mí con una sonrisa desafiante—. Valeria, quiero que me prepares el entrenamiento más duro que hayas diseñado jamás. No quiero estar listo para jugar; quiero estar listo para dominar. Quiero que cuando entre a ese estadio, Jordan sienta que está viendo a un fantasma que ha vuelto para reclamar su alma.
Me levanté y caminé hacia él, rodeando su cintura con mis brazos. La tensión del entrenamiento se mezcló con la ternura de nuestro vínculo. En este refugio de cristal, protegidos por los nuevos códigos de seguridad, nos sentíamos invencibles, pero sabía que afuera, en el asfalto de Nueva York, Jordan estaba moviendo sus propias piezas.
—Lo haré —prometí—. Pero tienes que prometerme algo tú también. No dejes que el odio hacia él nuble tu juicio. Estás recuperando tu carrera por ti, por nosotros, y por demostrarle a Camila, allá en la distancia de Alaska, que su sacrificio no fue en vano. No lo hagas por Jordan.
Dante me tomó la cara entre sus manos, besándome con una pasión que selló el pacto.
—Lo hago por el hombre en el que me convertiste, doctora. El "Rey" anterior habría querido destruir a Jordan. Yo solo quiero que me vea ganar mientras él se desvanece en la irrelevancia.
Esa tarde, empezamos la fase de impacto en cancha privada. Por primera vez, Dante empezó a realizar saltos controlados. Cada aterrizaje era una prueba para mi corazón de médico, pero su rodilla resistía. Estábamos ganando.
Sin embargo, a unos pocos kilómetros de allí, en un bar oscuro cerca del Garden, Jordan se reunía con un antiguo contacto de seguridad del club. No buscaba abogados, buscaba información sobre las rutinas diarias de mi padre y mis movimientos fuera del ático. Si no podía vencer a Dante en la duela, buscaría la forma de que el "Rey" se arrodillara por dolor... el dolor de perder lo que más amaba.