Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 29.

VALERIA

El sonido de mi teléfono vibrando sobre la encimera de granito a las diez de la noche cortó el silencio del ático como una cuchilla. Dante estaba en la zona de hidroterapia, tratando de relajar los músculos después de una sesión de saltos que nos había dejado al borde del agotamiento. Al ver que era mi padre, el corazón me dio un vuelco. Él no solía llamar tan tarde a menos que el miedo fuera más fuerte que su orgullo.

—¿Papá? ¿Pasó algo? —pregunté, tratando de mantener la voz firme.

—Valeria... —la voz de Ricardo Méndez sonaba apagada, cargada de esa fragilidad que solo mostraba cuando su rodilla le dolía demasiado—. Acabo de salir de la estación de radio. Sabes que el turno de la noche en la emisora siempre es solitario, pero hoy... hoy alguien me estaba esperando en la sombra del estacionamiento.

Me apreté el puente de la nariz, sintiendo una punzada de ansiedad. Mi padre llevaba años trabajando como locutor en esa pequeña emisora local de Queens. Era su refugio desde que una lesión de rodilla mal curada, hace décadas, terminó con sus propios sueños deportivos. Esa misma cojera, que aún lo obligaba a usar un bastón en los días de frío, era el recordatorio constante de por qué se oponía tanto a que yo me involucrara con atletas profesionales.

—¿Qué pasó, papá? Háblame.

—Un hombre me abordó mientras caminaba hacia el coche. No dijo su nombre, pero vestía un traje que costaba más que toda la estación de radio. No me tocó, Valeria, pero se interpuso en mi camino lo suficiente para que mi rodilla fallara. Me dijo que te diera un consejo de "amigo": que te alejes de Dante Ricci mientras todavía tengas una carrera que salvar. Dijo que los Méndez ya han sufrido suficiente y que sería una lástima que algo me pasara a mí ahora que Camila no está para cuidarme.

Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. La mención de Camila fue el golpe bajo definitivo.

—¿Estás bien? ¿Llegaste a casa?

—Estoy en casa, pero me siento vigilado, hija.

—Escúchame, papá —dije, tratando de no entrar en pánico—. No vas a volver a salir solo. Dante... Dante tiene recursos. Voy a pedirle que envíe a alguien de su seguridad privada. Será discreto, no los notarás, pero estarán allí en la estación y en la casa. No es una opción, papá. Es para que yo pueda dormir tranquila.

Colgué el teléfono y me quedé mirando la oscuridad de la ciudad tras los ventanales. Caminé hacia la zona de la piscina, donde Dante salía del agua, el vapor rodeando su cuerpo como una bruma. Al ver mi expresión, se detuvo en seco.

—Es Jordan —dije, mi voz temblando de rabia—. Abordó a mi padre al salir de la radio. Usó su lesión, usó el nombre de Camila... lo amenazó, Dante.

Dante soltó un juramento en italiano y golpeó la pared con la palma de la mano, un estruendo que resonó en todo el ático. Se acercó a mí, ignorando el rastro de agua que dejaba en el suelo, y me tomó por los hombros.

—Dante, necesito que mandes a alguien —le pedí, mirándolo a los ojos—. Alguien que lo cuide en Queens sin que él se sienta invadido. Mi padre ya tiene suficiente con su propia pierna y con la ausencia de mi hermana como para tener que mirar por encima del hombro cada vez que sale de la emisora.

—Considéralo hecho, Valeria. Mañana mismo tendrá a los mejores hombres de mi equipo personal siguiéndolo de cerca. Nadie volverá a acercarse a Ricardo Méndez —Dante apretó el agarre en mis hombros, su mirada volviéndose letal—. Jordan está jugando su última carta porque sabe que el suelo se le está abriendo bajo los pies.

—¿A qué te refieres? —pregunté, confundida.

—Silas me llamó mientras estaba en el agua. Travis está acabado. La liga ha encontrado pruebas definitivas de fraude, malversación de fondos y abuso de poder. Su licencia de agente ha sido revocada de forma permanente y hoy mismo se han presentado los cargos en los tribunales de Nueva York. Travis está desaparecido, probablemente tratando de mover sus fondos antes de que el FBI le congele las cuentas. Ya no tiene poder para proteger a Jordan.

La noticia debería haberme dado paz, pero solo aumentó mi estado de alerta.

—Eso hace que Jordan sea aún más peligroso. Si Travis cae, Jordan pierde su escudo legal y su futuro en la liga. No tiene nada que perder.

—Exacto. Por eso mañana se acaba el entrenamiento en las sombras —sentenció Dante—. Vamos a presentarnos en las instalaciones del equipo. Entraremos juntos, por la puerta principal. Si el mundo sabe que la doctora Méndez está a mi lado bajo el escrutinio de la prensa, Jordan no podrá tocarte sin suicidarse públicamente. La mejor forma de proteger a tu padre es moviendo el foco hacia nosotros.

Asentí, sintiendo una mezcla de alivio y terror. Como médico, sabía que su rodilla todavía estaba en una fase de vulnerabilidad mecánica. Pero como mujer, comprendía que la única forma de detener a un acosador como Jordan era demostrando una fuerza absoluta.

—Iré contigo —dije con firmeza—. Presentaremos el informe de tu alta parcial ante la junta médica de los Knicks. Si Travis va camino a los tribunales por abusar de su posición contra ti, nosotros vamos camino a reclamar lo que nos quitó.

Dante me tomó la cara con sus manos grandes y cálidas.

—Prepárate, Valeria. Porque mañana, el Rey y la mujer que lo salvó van a reclamar su reino. Y esta vez, no habrá secretos que nos detengan.




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