DANTE
El rugido de los motores de mi coche parecía sincronizarse con el latido de mi corazón mientras nos acercábamos a las instalaciones de entrenamiento en Tarrytown. A mi lado, Valeria mantenía la vista al frente, con una serenidad que yo sabía que era puro acero. Ya no vestía ropa deportiva informal; llevaba su maletín profesional y una determinación que gritaba que ella era la dueña de mi recuperación.
—¿Estás listo, Dante? —preguntó, su voz suave pero firme por encima del zumbido del motor—. Una vez que crucemos esa puerta, no habrá vuelta atrás. El mundo sabrá que estamos juntos en esto.
—Llevo diez años preparándome para momentos de presión, Valeria —respondí, apretando el volante—. Pero este es el primero que realmente me importa. No voy solo por los puntos; voy por nosotros.
Al doblar la esquina que daba a la entrada principal, el destello de los flashes fue instantáneo. La prensa se había enterado. Los rumores sobre la caída de Travis y los cargos por fraude habían incendiado las redes sociales, pero ver al "Rey" llegar por su propio pie era la imagen que todos buscaban.
Bajé del coche sin usar las muletas, apoyando mi peso con una confianza que, aunque me costaba un pinchazo de dolor sordo en la rodilla, no dejé que se reflejara en mi rostro. Rodeé el vehículo y abrí la puerta de Valeria. Caminamos juntos hacia la entrada, escoltados por los dos guardias de seguridad que había contratado para vigilarla a ella y a su padre.
Los gritos de los reporteros eran un caos: "¡Dante, ¿es cierto lo de Travis?!", "¡Doctora Méndez, ¿qué relación tiene con la recuperación de Ricci?!", "¡¿Vas a jugar los playoffs?!". No respondimos. Mantuve mi mano en la base de su espalda, guiándola hacia el interior del edificio que había sido mi segundo hogar y que, por unas semanas, se había sentido como territorio prohibido.
Al cruzar el túnel hacia la cancha de práctica, el sonido de los balones rebotando se detuvo de golpe. El silencio fue absoluto. Los jugadores, algunos que habían sido mis amigos por años y otros que habían bajado la cabeza ante el nuevo régimen de Jordan, se quedaron petrificados.
Allí, en el centro de la duela, estaba Jordan. Llevaba puesta la camiseta de práctica de capitán. Al vernos entrar, su rostro pasó de la suficiencia a una palidez enfermiza, para terminar en una máscara de furia contenida.
—Vaya, vaya... el paciente ha decidido dar un paseo —soltó Jordan, lanzando el balón con fuerza hacia la canasta. El tiro falló, rebotando en el aro con un sonido metálico que subrayó su nerviosismo—. ¿No deberías estar escondido esperando el juicio de tu representante, Dante? Dicen que Travis va camino a la cárcel por las cosas que hacía por ti.
—Travis va camino a la cárcel por las cosas que te prometió a ti, Jordan —respondí, mi voz resonando en todo el pabellón con una autoridad que no había perdido ni un gramo—. La liga ya tiene los contratos fraudulentos y las grabaciones. Él está acabado. Y yo... yo estoy de vuelta.
Caminé hacia el centro de la cancha, cada paso era una declaración de intenciones. Valeria se quedó en la banda, junto al entrenador jefe, abriendo su tableta para mostrar los informes médicos oficiales que habíamos preparado.
—Coach —dije, mirando a nuestro entrenador, quien nos observaba con una mezcla de alivio y cautela—. Aquí está mi alta médica parcial. La doctora Méndez supervisará mi integración al entrenamiento de contacto.
El entrenador asintió lentamente, mirando a Valeria con respeto.
—Si la doctora firma el consentimiento y el equipo médico del club lo ratifica tras ver esos informes... bienvenido a casa, Dante. Te hemos echado de menos.
Un murmullo de aprobación recorrió a los veteranos del equipo. Kevin, mi ala-pívot, se acercó y me dio un golpe amistoso en el hombro.
—Ya era hora, hermano. El vestuario se sentía vacío.
Jordan estaba lívido. Se acercó a mí, quedando a pocos centímetros, tratando de usar su altura para intimidarme.
—¿Crees que puedes llegar aquí después de semanas de baja y simplemente tomar el mando? He liderado a este equipo mientras tú te revolcabas en tu drama con la doctora. Los playoffs empiezan en tres días. No tienes el ritmo, no tienes la rodilla y, pronto, no tendrás el apoyo de nadie.
—El ritmo se recupera, Jordan. Pero el respeto... eso no lo vas a tener nunca porque intentaste construir tu carrera sobre la traición —me incliné hacia él, bajando la voz para que solo él pudiera oírme—. Sé que abordaste al padre de Valeria en la radio. Sé que estás desesperado. Pero si vuelves a acercarte a los Méndez, te juro que lo que Travis está enfrentando en los tribunales será un juego de niños comparado con lo que yo te haré a ti.
Jordan dio un paso atrás, sus ojos inyectados en odio.
—No me das miedo, Ricci. Eres un viejo lidiando con una lesión terminal.
—Veámoslo —dije, tomando un balón que rodaba por el suelo—. Un uno contra uno. Solo tiro en suspensión. Tres canastas. Si gano, dejas de usar esa camiseta de capitán en mi presencia.
El vestuario entero se tensó. El entrenador no intervino; sabía que esto era necesario para limpiar el aire. Jordan aceptó con un gesto brusco de la cabeza.
Me coloqué en la línea de tres puntos. Valeria me miró desde la banda; sus ojos gritaban "ten cuidado", pero también "aplástalo". El dolor en mi rodilla estaba ahí, como un recordatorio constante de mi vulnerabilidad, pero mi mente estaba en otro lugar. Estaba con Camila en Alaska, con Ricardo en su emisora de Queens, y con la mujer que me había devuelto la esperanza.