Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 32.

DANTE

El eco del Madison Square Garden no se parece a nada en el mundo. Es un rugido sordo que atraviesa las paredes de hormigón y se te mete en los huesos. Mientras me terminaba de ajustar las vendas en los tobillos, podía sentir esa vibración. Hacía semanas que este lugar se sentía como un recuerdo lejano, una gloria que me habían arrebatado entre despachos de abogados y traiciones de vestuario. Pero hoy, el uniforme de los Knicks volvía a pesar sobre mis hombros con el orgullo de siempre.

Valeria entró en la pequeña zona médica del vestuario. Llevaba su acreditación oficial al cuello y esa expresión profesional que usaba para ocultar que estaba muerta de nervios.

—La inflamación está bajo control —dijo, arrodillándose para revisar la tensión de la rodillera de fibra de carbono que protegía mi pierna izquierda—. Pero recuerda el trato, Dante. Doce minutos. El entrenador tiene el cronómetro sincronizado con mi señal. Si levanto la mano desde la banda, te sientas. No me importa si tienes el balón en las manos para el tiro de la victoria.

—Doce minutos —repetí, tomándola de la barbilla para que me mirara—. Son suficientes para recordarles a todos por qué me llaman el Rey.

—No se trata de los fans, Dante. Se trata de que mañana puedas levantarte de la cama.

Le di un beso rápido, un sello de nuestra promesa, y salí al túnel. El ruido se transformó en una explosión de sonido cuando mi nombre resonó por los altavoces: «¡And now, starting at guard... the King of New York... DANTE RICCI!».

El estadio se vino abajo. Fue una mezcla de ovaciones ensordecedoras y algunos abucheos de aquellos que se habían creído las mentiras de Jordan. Al llegar a la duela, vi a Jordan en el otro extremo del círculo central. Me miraba con un odio puro, masticando su protector bucal como si quisiera destrozarlo. No me saludó. Yo tampoco lo hice.

El partido empezó y, tal como acordamos, me quedé en el banco los primeros ocho minutos. Fue una tortura. Jordan estaba jugando de forma errática, tratando de anotar en cada posesión para demostrar que era el líder, pero su ego estaba rompiendo la fluidez del equipo. Íbamos perdiendo por diez puntos contra los Bulls cuando el entrenador me hizo la señal.

—Entra, Ricci. Cuatro minutos para cerrar el primer cuarto —ordenó el Coach.

Me puse en pie y el Garden volvió a rugir. Al entrar a la cancha, el aire se sentía diferente. Crucé una mirada con Valeria en la banda; ella asintió, con el cronómetro en la mano.

En la primera jugada, Jordan me ignoró por completo, tratando de penetrar solo contra tres defensas. Perdió el balón. Corrí hacia atrás, sintiendo el impacto de cada zancada. Mi rodilla protestó con un pinchazo agudo, pero la adrenalina era un anestésico poderoso. Recuperé el balón tras un rebote largo y crucé la cancha.

Jordan se puso frente a mí, defendiendo con una agresividad que rozaba lo ilegal.

—Bienvenido al infierno, abuelo —masculló, dándome un codazo en las costillas que los árbitros no vieron.

No respondí con palabras. Hice un amago hacia la derecha, sentí el crujido familiar en mi articulación, pero no me detuve. Pivoté, tal como Valeria me había enseñado para minimizar la carga, y me elevé en un tiro en suspensión perfecto.

Chof.

Dos puntos. El estadio enloqueció. En la siguiente posesión, Jordan intentó empujarme fuera de mi posición, pero me mantuve firme. Le robé el balón limpiamente de las manos y asistí a Kevin para un mate espectacular. La química del equipo, esa que Jordan había destruido, volvió a aparecer en cuestión de segundos.

Cuando sonó la bocina del primer cuarto, mi cronómetro personal marcaba exactamente cuatro minutos. Habíamos recortado la distancia a solo dos puntos. Me senté en el banco y Valeria se acercó de inmediato con la toalla y el spray refrigerante.

—Tres de tres en tiros de campo. Dos asistencias. Estás volando —susurró ella mientras trabajaba en mi rodilla bajo la mesa de los fisioterapeutas—. Pero la articulación está empezando a calentarse demasiado. Tienes que hidratarte y no levantarte hasta que falten cuatro minutos para el medio tiempo.

—Estoy bien, doctora —jadeé, aunque el sudor frío en mi frente decía lo contrario.

—No, no lo estás. Pero estás ganando —me miró con orgullo—. Jordan está fuera de control. Se ha ganado una falta técnica por gritarle al árbitro. Le estás ganando la guerra psicológica sin decir una palabra.

El segundo cuarto fue una batalla de desgaste. Jordan seguía intentando forzar jugadas imposibles, mirando constantemente hacia mi dirección en el banco, como si mi presencia allí fuera una sombra que lo asfixiaba. Cuando volví a entrar para mis segundos cuatro minutos, el ambiente estaba cargado.

Jordan se acercó a mí durante un tiro libre.

—Disfruta tus minutitos de gloria, Ricci. Mañana volverás a ser un lisiado y yo seguiré siendo el futuro. Travis se irá a la cárcel, pero yo sigo aquí. Y voy a encargarme de que tu doctora pierda su licencia por doparte para este partido.

—Nadie me ha dopado, Jordan. Se llama trabajo duro. Algo que tú no conoces porque siempre has preferido los atajos —le respondí, mirándolo fijamente—. Y sobre Valeria... si te acercas a ella, los tribunales de Travis te van a parecer un paraíso comparado con lo que yo te haré.




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