VALERIA
El ruido del Madison Square Garden, que hace unos segundos era una sinfonía de triunfo, se convirtió de repente en un zumbido blanco y doloroso. Las palabras de Silas se repetían en mi cabeza como un eco distorsionado: «La policía está en la estación de radio. Denuncia anónima. Sustancias en el coche de tu padre».
Miré a Dante. Estaba empapado en sudor, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, y esa mirada de guerrero que acababa de reclamar su territorio. Pero al ver mi rostro, su expresión se desmoronó. La victoria en la duela dejó de importar.
—Ve, Valeria —dijo Dante, su voz ronca pero cargada de una determinación absoluta—. Toma a los hombres de seguridad que están en la puerta. Vuela a Queens.
—Dante, te faltan cuatro minutos... tu rodilla —balbuceé, sintiendo que el mundo se dividía en dos—. No puedo dejarte aquí sin supervisión médica, la articulación está al límite de la temperatura crítica.
—¡Me importa un bledo la rodilla! —rugió él, tomándome de los hombros con suavidad, pero con firmeza—. Tu padre es un hombre íntegro que nunca ha roto una regla en su vida. Si Jordan ha plantado algo en su coche, van a destrozarlo. No dejes que le quiten lo único que le queda. Yo terminaré esto.
—Prométeme que no jugarás ni un segundo más de esos cuatro minutos —le exigí, con las lágrimas nublando mi vista—. Si te excedes, si intentas ser un héroe más allá de lo acordado, no habrá nada que yo pueda hacer para salvar tu carrera mañana.
—Te lo prometo. Ahora corre.
Salí del túnel de vestuarios a toda velocidad. El contraste entre el glamour de los pasillos VIP del Garden y la urgencia de mi huida era asfixiante. Subí al coche de seguridad que Dante había dispuesto. El conductor, un hombre serio llamado Max, no hizo preguntas. Encendió las luces de emergencia y nos lanzamos al tráfico de Nueva York como una flecha.
Durante el trayecto a Queens, mis manos no dejaban de temblar mientras intentaba llamar a mi padre. No contestaba. Llamé a la estación de radio. Una voz femenina, nerviosa, me dijo que la policía tenía acordonado el estacionamiento y que Ricardo estaba siendo retenido en la oficina del director.
—¡Él tiene una lesión de rodilla! ¡No pueden tenerlo de pie tanto tiempo! —grité al teléfono, pero la línea se cortó.
Llegamos a la pequeña emisora en tiempo récord. El espectáculo era dantesco: dos patrullas de la policía de Nueva York con las luces parpadeando bajo la lluvia fina que empezaba a caer. Un grupo de curiosos y un reportero de un medio local —seguramente avisado por Jordan— ya estaban allí.
Bajé del coche antes de que Max terminara de frenar.
—¡Soy su hija! ¡Soy médico! —grité, abriéndome paso entre los agentes.
Encontré a mi padre sentado en un banco de metal en el pasillo. Se veía pequeño, hundido. Su bastón estaba en el suelo, fuera de su alcance. Cuando me vio, sus ojos se llenaron de una vergüenza que me desgarró el alma. Un oficial joven sostenía una bolsa de plástico con varios frascos de lo que parecían ser analgésicos de prescripción fuerte y algo de polvo blanco.
—Valeria... yo no sé qué es eso. Estaba bajo el asiento del conductor —susurró él, su voz quebrada—. Yo solo uso mi pomada para el dolor, tú lo sabes...
—Lo sé, papá. Lo sé —me arrodillé a su lado, ignorando la mirada de advertencia del oficial—. Oficial, mi padre es un locutor respetado con una discapacidad física. Es imposible que él maneje este tipo de sustancias. Alguien ha entrado en su coche.
—La denuncia fue muy específica, señorita —dijo el oficial—. Recibimos una llamada diciendo que el señor Méndez estaba distribuyendo sustancias desde la estación.
—¡Eso es una mentira orquestada! —grité, poniéndome de pie—. Mi padre está siendo víctima de una represalia porque yo estoy tratando a Dante Ricci. Revisen las cámaras del estacionamiento.
—Las cámaras han sufrido un "fallo técnico" en la última hora —respondió el oficial con frialdad.
En ese momento, mi teléfono vibró. Era una alerta de la aplicación de la NBA. Miré la pantalla por un segundo y el corazón se me detuvo. El tercer cuarto del partido estaba terminando. Dante no había salido de la cancha. El entrenador, presionado por el marcador ajustado y la ausencia de Jordan —quien convenientemente se había hecho pitar una segunda falta técnica para salir del estadio—, había mantenido a Dante en el juego.
Dante estaba rompiendo nuestra promesa. Estaba jugando su quinto, sexto, séptimo minuto consecutivo.
—Maldita sea, Dante... no —susurré.
Estaba atrapada en una pesadilla. En Queens, mi padre enfrentaba cargos criminales falsos que arruinarían su vida y su reputación de locutor. En Manhattan, el hombre que amaba estaba destruyendo su cuerpo para llenar el vacío que Jordan había dejado a propósito.
Jordan Miller no había intentado ganar un partido; había planeado un ataque coordinado para destruirnos a todos al mismo tiempo. Al sacar a mi padre de la estación, sabía que yo correría hacia él, dejando a Dante sin su "freno" médico.
Max, el jefe de seguridad, se acercó a mí y me susurró al oído:
—Doctora, Silas acaba de confirmar que el hombre que hizo la llamada anónima fue visto saliendo del bar habitual de Jordan Miller hace una hora. Tenemos a un testigo, pero necesitamos que la policía acepte la declaración.