DANTE
El Madison Square Garden era una caldera hirviendo, pero para mí, el aire se sentía gélido en cuanto vi a Valeria desaparecer por el túnel. Mis doce minutos de gloria se habían convertido en una cuenta regresiva hacia el desastre. Sabía que Jordan no se detendría con la trampa de las drogas en Queens; su plan era desmantelarnos pieza por pieza, y yo era la pieza que sostenía todo el tablero.
—¡Ricci, vuelve adentro! —gritó el entrenador al inicio del tercer cuarto.
Miré hacia la banda. El asiento de Valeria estaba vacío. Su cronómetro, ese que debía protegerme de mis propios impulsos, ya no estaba allí para marcarme el límite. Mis primeros ocho minutos habían sido perfectos, pero sentía la rodilla como si tuviera cristales rotos moviéndose dentro de la articulación cada vez que flexionaba.
—Coach, solo puedo darte cuatro minutos más —dije, tratando de ocultar la mueca de dolor.
—¡Jordan se ha hecho expulsar, Dante! —rugió el entrenador, señalando el vestuario—. Se peleó con el árbitro a propósito. Nos ha dejado vendidos. Si tú no entras, los Bulls nos van a barrer y la temporada se acaba hoy.
Entendí el juego de Jordan en ese instante. Él no quería ganar; quería que yo me rompiera intentando salvar el partido. Había dejado al equipo sin bases para obligarme a jugar más tiempo del que mi cuerpo podía soportar. Era un sacrificio humano televisado a nivel nacional.
Entré a la cancha. El ruido era ensordecedor, pero yo solo podía pensar en Ricardo y Valeria en esa estación de radio. Cada vez que subía el balón, visualizaba a Jordan riéndose en algún lugar, saboreando su pequeña victoria sucia.
Pasaron los cuatro minutos. El marcador estaba empatado. Sonó la bocina que indicaba el final de mi tiempo permitido, pero el entrenador no me llamó al banco.
—¡Sigue ahí, Dante! ¡Solo un cuarto más! —me gritó desde la banda.
En el cuarto cuarto, el dolor dejó de ser un pinchazo para convertirse en un incendio. En una jugada de contraataque, salté para un rebote ofensivo. Al aterrizar, sentí un latido violento en la rodilla, seguido de un entumecimiento terrorífico. Sabía lo que significaba: el edema estaba creciendo y los ligamentos estaban gritando por un descanso que no les iba a dar.
Jugué el minuto trece. El catorce. El quince.
Cada vez que cruzaba frente al banco de los Knicks, miraba el asiento vacío de Valeria. Me sentía un traidor. Le había prometido que me cuidaría, pero si perdíamos este partido, Travis y Jordan usarían la derrota para decir que yo era un juguete roto y que Valeria era una incompetente que no supo rehabilitarme. Tenía que ganar para proteger su nombre médico.
A falta de dos minutos para el final, los Bulls ganaban por un punto. Tenía el balón. Mis piernas pesaban como si fueran de plomo fundido. Un defensa se plantó frente a mí, y por el rabillo del ojo vi a Silas en la primera fila, haciéndome señas desesperadas con el teléfono. No necesitaba mirar la pantalla para saber que las cosas en Queens estaban feas.
Hice un cambio de dirección explosivo. El sonido de mi propio cartílago protestando fue audible solo para mí, un crack seco que me hizo ver estrellas. Pero no caí. No podía caer. Lancé un triple desesperado mientras el cuerpo me fallaba en el aire.
Chof.
El Garden estalló. Ganamos el partido por dos puntos. Pero en cuanto sonó la bocina final, no celebré. Me dejé caer sobre las rodillas en el centro de la duela, con la cabeza gacha, tratando de respirar en medio de la agonía. Mis compañeros corrieron hacia mí para levantarme, pero yo los aparté.
—¡Llamen a Silas! —jadeé, sintiendo que la rodilla se hinchaba visiblemente bajo la malla de compresión.
Silas llegó a mi lado en segundos, saltando la valla publicitaria.
—Dante, lo de Queens está bajo control. Los abogados llegaron y el testigo habló. La policía ha soltado a Ricardo, pero Valeria está destrozada.
—Llévame con ella —dije, intentando ponerme de pie. La pierna cedió de inmediato. Si no fuera por Silas, me habría golpeado la cara contra el suelo.
—Dante, jugaste veinte minutos. Estás herido —dijo Silas, con los ojos llenos de preocupación—. Tienes que ir al hospital del club.
—¡Dije que me lleves con ella! —rugí, apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula—. El hospital puede esperar. Jordan ha intentado destruir a su familia hoy. Si no estoy allí cuando llegue a casa, habrá ganado.
Me sacaron en hombros, una imagen que mañana recorrería el mundo: el Rey victorioso, pero roto. En el túnel de vestuarios, vi a Jordan Miller. Estaba apoyado contra la pared, con una sonrisa de suficiencia mientras me veía pasar siendo cargado por dos hombres de seguridad.
—Felicidades por la victoria, Ricci —se burló Jordan—. Disfrútala. Porque va a ser la última vez que camines sin ayuda en mucho tiempo. Y dile a tu doctora que el Colegio de Médicos acaba de recibir una queja formal por permitirte jugar veinte minutos estando bajo su cuidado "profesional".
Quise lanzarme sobre él, pero mi cuerpo no respondió. Me subieron al coche y volamos hacia el ático.
Cuando entré, apoyado en Silas y un guardia, Valeria estaba en el salón, abrazando a su padre. Al verme entrar en ese estado, su rostro pasó del alivio al horror absoluto. Se levantó de un salto y corrió hacia mí, pero no para abrazarme, sino para mirar mi pierna, que ya tenía el tamaño de un balón de fútbol.