VALERIA
El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del ático con una crueldad innecesaria. No había dormido más de dos horas. Me pasé la noche entera aplicando drenaje linfático y crioterapia pasiva en la rodilla de Dante, que había reaccionado a los veinte minutos de juego con una violencia que me aterraba.
Dante seguía dormido, o al menos eso quería creer, bajo el efecto de los analgésicos fuertes que me vi obligada a administrarle. Su pierna, antes atlética y fuerte, ahora parecía un mapa de hematomas e inflamación. Pero el dolor físico no era lo que más me pesaba; era el correo electrónico que había llegado a las tres de la madrugada desde el Consejo de Medicina Deportiva.
«Notificación de suspensión preventiva. Se ha abierto un expediente por presunta negligencia médica y violación de los protocolos de seguridad del jugador...».
—¿Valeria? —la voz de mi padre, Ricardo, me sacó de mis pensamientos.
Estaba en el umbral de la cocina, apoyado en su bastón. Se veía demacrado. El susto en la estación de radio le había quitado años de vida, y la culpa de ver a Dante herido por su causa lo estaba consumiendo.
—¿Cómo está él? —preguntó, acercándose con dificultad.
—Está estable, papá, pero la rodilla ha sufrido un trauma severo. No debió jugar más de doce minutos y jugó veinte. Cada segundo extra fue una puñalada al cartílago que tanto nos costó recuperar —respondí, cerrando la computadora con un gesto seco—. Y Jordan Miller se encargó de que el mundo supiera que yo estaba a cargo de su tiempo en cancha.
—Esto es mi culpa —susurró mi padre, sentándose a la mesa—. Si yo no hubiera sido tan descuidado en el estacionamiento de la radio, si no te hubiera llamado ante mi ataque de pánico...
—No, papá. El único culpable aquí es Jordan —me acerqué a él y le tomé la mano—. Él plantó esas drogas en tu coche para sacarme del Garden. Sabía que Dante no se detendría si yo no estaba allí para frenarlo. Usó tu seguridad para destruir mi ética profesional. Es un plan maestro de sabotaje.
Dante soltó un quejido desde la habitación y corrí hacia él. Estaba intentando incorporarse, con el rostro pálido y el sudor frío empapándole la frente.
—No te muevas —le ordené, mi voz recuperando esa frialdad médica que usaba como escudo—. Tienes la articulación bloqueada por el líquido sinovial. Si intentas apoyar el peso, podrías romper lo poco que queda del ligamento.
Dante me miró, y vi en sus ojos una mezcla de orgullo y arrepentimiento.
—Ganamos, Valeria. La ciudad no habla de otra cosa. Dicen que fue el regreso más épico en la historia de los Knicks.
—Ganaste un partido, Dante, pero puede que hayamos perdido la guerra —le mostré la notificación del Consejo en mi teléfono—. Estoy suspendida. No puedo tratarte oficialmente, y si me ven cerca de las instalaciones del club, la liga podría sancionar al equipo por permitir que una doctora bajo investigación maneje a su estrella.
Dante apretó el puño sobre las sábanas, ignorando el dolor de su pierna.
—No voy a dejar que te hundan por salvarme la vida, porque eso fue lo que hiciste. Me diste una razón para pelear.
—Jordan quiere que nos separemos, Dante. Quiere que yo me aleje de ti para "salvar" mi carrera y que tú te quedes solo, sin nadie que conozca tu rodilla como yo —me senté en el borde de la cama, sintiendo que las lágrimas finalmente amenazaban con salir—. Si me quedo a tu lado, confirmo su teoría de que mi juicio profesional está nublado por mi relación contigo. Si me voy, te dejo a merced de médicos que solo quieren infiltrarte para que sigas produciendo dinero.
En ese momento, desde la sala, empezamos a escuchar una voz familiar. Era la radio. Mi padre la había encendido.
—«...y les hablo no como un cronista que busca el titular amarillista, sino como un hombre que anoche vio la cara de la verdadera corrupción» —la voz de Ricardo Méndez resonaba con una fuerza que nunca le había escuchado en su pequeña emisora de Queens.
Dante y yo nos miramos en silencio. Mi padre estaba al aire, transmitiendo desde un equipo portátil que Silas le había ayudado a montar en el ático.
—«Anoche intentaron incriminarme para silenciar a mi hija, la doctora Valeria Méndez. Plantaron sustancias en mi vehículo mientras yo trabajaba. ¿Por qué? Porque ella es la única que se atrevió a devolverle la salud a Dante Ricci sin venderse a los intereses de representantes corruptos como Travis. Jordan Miller dice que hubo negligencia, pero yo les pregunto a ustedes, fans de Nueva York: ¿Es negligencia devolverle la esperanza a una ciudad, o es negligencia intentar destruir a una familia para ganar un contrato?».
—Tu padre es un valiente —susurró Dante, con una sonrisa débil apareciendo en su rostro.
—Está arriesgando lo poco que le queda de carrera en esa radio —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero tiene razón. No podemos jugar bajo las reglas de Jordan. Él usa las sombras, nosotros tenemos que usar la luz.
Me levanté y tomé mi maletín. No iba a esconderme.
—Dante, voy a llamar a Silas. Vamos a convocar a una rueda de prensa privada, aquí mismo, en el ático. No voy a esperar a que el Consejo me juzgue. Voy a presentar los videos de tus entrenamientos, los informes de cómo Travis intentó sobornarme y las pruebas de que Jordan estaba en Queens mientras tú jugabas.