DANTE
El dolor de mi rodilla era un latido constante, un recordatorio rítmico y punzante de que anoche había cometido una locura necesaria. Cada vez que el corazón bombeaba sangre, la articulación respondía con una descarga eléctrica que me recorría la columna. Pero mientras Silas me ayudaba a subir a la camioneta blindada en el garaje del ático, mi mente no estaba en el cartílago desgarrado ni en la inflamación galopante. Estaba en Valeria.
La había dejado en el salón, rodeada de expedientes médicos, grabaciones de seguridad y el silencio tenso de quien sabe que está a punto de enfrentar un pelotón de fusilamiento. Estaba preparándose para la batalla de su vida, y yo estaba a punto de entrar en la jaula de los leones por ella.
—¿Estás seguro de esto, Dante? —preguntó Silas mientras cruzábamos el puente hacia Manhattan, sus ojos fijos en el retrovisor—. El club está bajo una presión inmensa. Adidas, Chase y los otros patrocinadores principales están pidiendo explicaciones. Para ellos, este es el segundo escándalo en menos de un mes que involucra a la doctora Méndez. Primero la suspensión por el caso de Travis y ahora una denuncia de negligencia en plenos Playoffs. Los inversores no ven una historia de amor; ven un activo de cien millones de dólares siendo arriesgado por una profesional cuestionada. Si entras ahí cojeando, solo confirmarás sus miedos.
Apreté los dientes, sintiendo el sudor frío en la nuca.
—Por eso no voy a entrar cojeando, Silas. Dame la infiltración de alivio inmediato que dejó Valeria. Solo durará dos horas antes de que el dolor regrese multiplicado por diez, lo suficiente para caminar derecho frente a la junta. Después, que el mundo se caiga si quiere.
Llegamos a las oficinas centrales de los Knicks en la Quinta Avenida. El edificio de cristal y acero parecía un monumento a la frialdad corporativa. Al bajar del coche, el destello de los fotógrafos fue una emboscada. Intentaron captar cualquier signo de debilidad, cualquier rastro de la cojera que los tabloides ya daban por sentada. Pero caminé con una rigidez calculada, ocultando el fuego que sentía en la pierna detrás de un traje de tres piezas de sastre italiano que me hacía ver más como un CEO implacable que como un atleta herido.
La sala de juntas en el piso cuarenta era un acuario de tiburones. El aire estaba viciado por el olor a café caro y cuero. En la cabecera estaba James Sterling, el dueño mayoritario, un hombre que veía los ligamentos de los jugadores como simples líneas en un balance general. A los lados, los abogados del club, con sus rostros de piedra y carpetas llenas de cláusulas de rescisión. Pero lo que me hizo hervir la sangre fue ver a Jordan Miller sentado en una esquina. Tenía una sonrisa de suficiencia y sostenía un vaso de papel con una calma insultante.
—Dante, gracias por venir —dijo Sterling, sin levantarse—. Supongo que sabes por qué estamos aquí. La situación con la doctora Méndez ha escalado a un nivel que el club ya no puede ignorar. Jordan ha presentado pruebas de que ella te permitió jugar veinte minutos cuando su propio protocolo médico —el cual ella misma firmó— decía un máximo de doce. Eso es negligencia grave. Es una violación de la confianza médica.
—Lo que Jordan no mencionó —dije, sentándome con una lentitud deliberada, controlando cada músculo para no gemir cuando la rodilla se dobló— es el contexto. Jugué esos veinte minutos porque Jordan Miller se hizo expulsar a propósito para dejar al equipo sin liderazgo. Jugué porque él envió a sus matones a Queens para secuestrar emocionalmente a la doctora, alejándola de la cancha para que no hubiera nadie con la autoridad para sentarme en el banco.
Jordan soltó una carcajada seca, inclinándose hacia adelante.
—Eso son delirios de grandeza, Ricci. La policía de Queens recibió una denuncia ciudadana real. Yo estaba en el partido, tratando de jugar, hasta que los árbitros me sacaron injustamente. Señores, la doctora Méndez ya venía con una reputación manchada por su vínculo con Travis. Permitir que ella siguiera a cargo fue un error que ahora nos cuesta la credibilidad ante la liga. Es el segundo escándalo que nos trae esta mujer. ¿Cuántas oportunidades más le vamos a dar para que destruya nuestra inversión?
—Señores —intervine, ignorando a Jordan y mirando fijamente a Sterling—, tienen una decisión que tomar. Pueden creerle a un hombre que ha sido la mano derecha de Travis, o pueden mirar los resultados. Ganamos el partido. Recuperamos la ventaja en la serie. Y ganamos porque la doctora Méndez me reconstruyó cuando sus propios médicos del club me daban por jubilado hace un mes.
—La liga no ve resultados, Dante, ve protocolos y relaciones públicas —dijo el abogado principal, ajustándose las gafas—. Para la franquicia, Valeria Méndez se ha convertido en un riesgo de dudosa reputación. Primero fue señalada por Travis por su supuesta falta de ética y ahora esto. El mensaje que enviamos al mantenerla es que somos permisivos con la mala praxis. Si no la desvinculamos hoy mismo, nos enfrentamos a multas masivas y a la posible pérdida de selecciones del draft. Ella tiene que irse. Hoy.
Sentí un frío glacial recorrerme las venas. La directiva ya había tomado una decisión antes de que yo entrara. Querían un chivo expiatorio para calmar a los patrocinadores, y Valeria era el blanco perfecto.
—Si ella se va, yo me voy —solté, con una calma que pareció congelar la habitación.
El silencio que siguió fue sepulcral. Jordan dejó su café sobre la mesa, su sonrisa desapareciendo por primera vez en toda la mañana. Sterling frunció el ceño, sus ojos pequeños escaneándome como si buscara un farol.