Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 37.

VALERIA

El ático, que había sido mi refugio de cristal, se había transformado en un búnker de guerra. Cables de transmisión serpenteaban por el suelo de mármol y las luces de los reporteros creaban un resplandor artificial que hacía que el aire se sintiera cargado de electricidad. Frente a mí, una hilera de micrófonos esperaba como una fila de verdugos o de salvadores; aún no estaba segura de qué papel jugarían hoy.

—¿Estás lista, hija? —la voz de mi padre me devolvió a la realidad.

Ricardo, mi padre, estaba sentado a mi izquierda. Había insistido en estar presente, vistiendo su mejor traje y sosteniendo su bastón con una dignidad que me hacía querer llorar. A mi derecha, el asiento de Dante estaba vacío por el momento; él seguía de camino desde la Quinta Avenida, luchando contra el dolor y contra Sterling.

—Lo estoy, papá. Solo espero que el mundo esté listo para escucharnos —respondí, ajustando mi bata blanca. Había decidido usarla hoy no como un disfraz, sino como el uniforme de la profesional que Jordan Miller intentaba destruir.

Las puertas del ascensor se abrieron y Dante entró. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con un fuego que indicaba que la reunión con los dueños no lo había quebrado. Silas lo ayudó a sentarse a mi lado. El silencio cayó sobre la sala como una losa pesada cuando los flashes empezaron a disparar rítmicamente.

—Buenas tardes a todos —comencé, mi voz resonando con una firmeza que no sabía que poseía—. Mi nombre es la doctora Valeria Méndez. Hoy no estoy aquí para hablarles de estrategias de baloncesto, sino de una estrategia de difamación y sabotaje que ha cruzado todas las líneas éticas y legales.

Tomé una respiración profunda y miré directamente a la cámara principal, imaginando a Jordan Miller viéndome desde algún lugar de la ciudad.

—Se me acusa de negligencia por permitir que Dante Ricci jugara veinte minutos en el último partido. Lo que los documentos que les estoy entregando ahora mismo demuestran, es que mi protocolo de doce minutos fue saboteado. Mientras yo estaba en la duela velando por la salud del señor Ricci, mi padre, Ricardo Méndez, estaba siendo víctima de una emboscada policial en Queens basada en una denuncia falsa de posesión de sustancias.

Un murmullo recorrió a los periodistas. Mi padre se acercó al micrófono.

—Como locutor deportivo que ha dedicado su vida a la honestidad —dijo Ricardo, su voz potente y clara, la misma que Nueva York escuchaba en la radio—, puedo asegurarles que el hombre que me abordó en el estacionamiento me dio una advertencia clara: que mi hija se alejara de Dante Ricci. Tenemos los registros de GPS y el testimonio de un testigo que vincula al informante anónimo directamente con el entorno cercano de Jordan Miller.

Dante al llegar y sentarse a mi lado puso su mano sobre la mía por debajo de la mesa. Era el turno de los hechos médicos.

—Aquí tienen los registros de entrenamiento —continué, proyectando los videos en la pantalla detrás de nosotros—. Muestran la evolución real de Dante bajo mi cuidado exclusivo, comparada con los informes alterados que el antiguo representante, Travis, intentó imponer. Travis abusó de su poder para intentar que Dante jugara herido cuando no debía, y ahora Jordan Miller usa la mentira para decir que yo lo obligué a jugar de más. La realidad es que Jordan Miller abandonó a su equipo en la cancha, obligando a un compañero lesionado a cargar con el peso del partido para salvar su propio sabotaje.

—¿Es cierto que la directiva le ha pedido su renuncia, doctora? —preguntó un reportero de la cadena nacional.

Antes de que pudiera responder, Dante se inclinó hacia el micrófono. El dolor en su rodilla era evidente en la rigidez de su postura, pero su autoridad era absoluta.

—La directiva de los Knicks ha recibido una elección hoy —sentenció Dante—. O se quedan con la corrupción que Miller y Travis representan, o se quedan con la verdad que la doctora Méndez ha defendido. Si ella es suspendida por un acto de valentía al reconstruir lo que otros intentaron romper, Nueva York habrá perdido mucho más que a un jugador de baloncesto. Habrán perdido la integridad de este deporte.

Silas dio un paso adelante y entregó un último sobre a los líderes de prensa.

—En ese sobre encontrarán la prueba de que información médica confidencial de Dante Ricci fue filtrada desde el hospital del club hacia un dispositivo móvil perteneciente a Jordan Miller. Eso no es solo falta de ética; es un delito federal de privacidad médica.

El ambiente en la sala cambió instantáneamente. El "segundo escándalo" de Valeria Méndez se estaba transformando, frente a sus ojos, en el juicio público de Jordan Miller. Ya no era una doctora cuestionada; era una mujer que había sido usada como peón en una guerra de poder y que ahora estaba derribando al Rey enemigo.

—Mañana es el siguiente partido de la serie —dije, cerrando mi carpeta—. No sé si podré estar en la banda debido a la suspensión preventiva, pero sé una cosa: el equipo de los Knicks sabe ahora quién pelea por ellos y quién juega para destruirlos. Mi licencia está en manos del Consejo de Medicina, pero mi honor... mi honor hoy lo reclamo yo.

La sesión de preguntas fue un torbellino, pero no retrocedí ni una pulgada. Cuando la última cámara se apagó y los reporteros empezaron a desalojar el ático, el silencio que regresó fue diferente. Era un silencio de victoria, pero también de agotamiento extremo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.