Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 39.

VALERIA

El brillo de las luces del Madison Square Garden fue reemplazado por la frialdad aséptica de la sala de resonancia magnética en el hospital privado del club. Eran las tres de la mañana. El silencio en el pasillo era tan denso que podía escuchar el zumbido de las máquinas y mi propia respiración acelerada.

Dante estaba dentro del escáner. Había entrado con una sonrisa cansada, intentando convencerme de que el dolor no era tan malo, pero ambos sabíamos que era una mentira necesaria para no derrumbarnos en público. En cuanto los técnicos terminaron y deslizaron la camilla hacia afuera, vi su rostro. Estaba pálido, con la frente perlada de sudor frío. La rodilla izquierda tenía el doble de su tamaño normal, una masa informe de inflamación y trauma.

—Dime la verdad, doctora —susurró Dante mientras lo ayudábamos a pasar a la silla de ruedas—. Sin anestesia verbal.

—Primero tengo que ver las placas, Dante —respondí, aunque mis manos temblaban mientras tomaba el sobre con los resultados digitales.

Me encerré en el cuarto de lectura de radiología. Las imágenes aparecieron en la pantalla de alta resolución, iluminando la habitación oscura con un resplandor azulado. Mi corazón se hundió. El esfuerzo de los veinte minutos del primer partido, sumado al castigo del partido de esta noche, había sido el golpe final. No era solo una inflamación por esfuerzo; el cartílago que habíamos intentado regenerar con tanto cuidado se había fragmentado. Había una rotura parcial nueva en el menisco lateral y el ligamento cruzado, aunque intacto, estaba al límite de su elasticidad.

—Maldita sea —mascullé, cubriéndome la boca con la mano.

Salí al pasillo. Dante me esperaba, solo, bajo la luz fluorescente. Silas y mi padre se habían quedado en la sala de espera, dándonos el espacio que sabían que necesitábamos.

—No son buenas noticias, ¿verdad? —preguntó él, leyendo mi rostro antes de que yo hablara.

Me arrodillé frente a su silla de ruedas, poniendo mis manos sobre las suyas. Estaban calientes, llenas de la energía residual de la batalla, pero sus ojos buscaban una salida que yo no podía darle.

—Dante, el daño es estructural —comencé, tratando de mantener la voz profesional, aunque mi garganta se cerraba—. No es algo que el reposo o la fisioterapia puedan solucionar esta vez. El fragmento de cartílago que se desprendió está bloqueando la articulación. Si no operamos pronto, podrías perder la movilidad permanente de la pierna, no solo para el baloncesto, sino para llevar una vida normal.

Dante miró hacia el final del pasillo vacío. El silencio duró una eternidad.

—¿Y los Playoffs? La siguiente ronda empieza en cinco días.

—No hay Playoffs para ti, Dante —sentencié, y esta vez dejé que mis lágrimas cayeran—. Si entras a esa cancha una vez más, tu rodilla se destruirá por completo. No te lo digo como tu pareja, te lo digo como el médico que juró protegerte. Has ganado la guerra contra Jordan y Travis. Has limpiado mi nombre y el de mi padre. Ya no tienes nada que demostrar.

—¿Y el equipo? —su voz era un hilo de dolor—. Me necesitan, Valeria. Sterling solo cedió porque ganamos. Si me retiro ahora, Jordan Miller volverá a decir que tenía razón, que soy un activo defectuoso.

—Que diga lo que quiera. Jordan Miller va camino a una celda federal por espionaje médico. Travis está hundido. La gente de Nueva York te vio jugar con el corazón en la mano; nadie va a dudar de ti nunca más. Pero Dante... —le tomé el rostro con ambas manos—, yo te necesito a ti. Necesito al hombre que puede caminar a mi lado por Central Park, no a una leyenda que vive en una cama de hospital por el resto de su vida.

Dante cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que pareció arrastrar todo el peso de su carrera. Por primera vez en meses, vi cómo la armadura del "Rey de Nueva York" se desvanecía para dejar paso al hombre vulnerable que se escondía debajo.

—¿Qué tan grave es la cirugía? —preguntó finalmente.

—Es compleja. Microfracturas y limpieza articular profunda. Significa meses de rehabilitación, esta vez sin atajos, sin infiltraciones y sin la presión de una temporada sobre tus hombros. Significa que, posiblemente, nunca vuelvas a saltar como antes.

Él asintió lentamente, asimilando el fin de una era.

—Si operamos... ¿podré caminar sin dolor? ¿Podré llevar a mi futura esposa al altar algún día, claro si primero aceptas a ser mi novia?

— Qué estás diciendo crees que es un buen momento para bromear, Dante, primero me encargaré personalmente de que recuperes tu vida, aunque el uniforme de los Knicks tenga que colgar en el techo del Garden a partir de mañana.

— Valeria, es en serio. ¿Quieres ser mi novia?

— Cla-claro que si… ¡Si, Dante!

Dante me atrajo hacia él, abrazándome con una fuerza que me cortó la respiración. En ese abrazo, aceptamos que la victoria deportiva había terminado y que empezaba la victoria humana. Habíamos vencido a los villanos, habíamos salvado el honor de la familia Méndez, pero el precio había sido el sacrificio de su carrera profesional.

—Llama a Silas —dijo Dante sobre mi hombro—. Dile que convoque a la gerencia mañana por la mañana. Voy a anunciar mi baja definitiva por lo que queda de temporada. Pero diles que lo haré bajo mis términos: yo elegiré a mi sucesor en el liderazgo del vestuario y el club debe financiar la nueva clínica de rehabilitación que vamos a abrir en Queens.




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