Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 40.

DANTE

El despertador no tuvo que sonar. Me quedé mirando el techo del ático, sintiendo el peso de la rodillera mecánica y el suave calor de la mano de Valeria sobre mi pecho. Anoche, en ese pasillo de hospital, el mundo cambió. Ya no era solo Dante Ricci, el guardia estrella de los Knicks; ahora era el novio de la mujer que me había salvado y un hombre con una rodilla destrozada pero el corazón en paz.

—Es hoy —susurró Valeria, despertando poco a poco. Sus ojos todavía tenían ese rastro de cansancio y orgullo que me hacía sentir invencible.

—Es hoy —repetí—. No voy a entrar a esa cancha a sudar, pero voy a entrar a ganar algo mucho más permanente que un trofeo.

Llegamos a las oficinas de James Sterling en el Garden antes de la rueda de prensa oficial. Sterling me esperaba con una pila de documentos legales y una expresión de derrota controlada. Sabía que yo tenía la sartén por el mango: si yo hablaba de la corrupción administrativa y de cómo Jordan Miller tenía infiltrados en su staff médico, las acciones del club caerían en picado.

—Aquí están los términos de tu retiro por incapacidad, Ricci —dijo Sterling, deslizando un contrato sobre la mesa—. El club cubrirá todos tus gastos médicos de por vida y mantendremos tu salario íntegro hasta el final de la temporada. Solo tienes que firmar este acuerdo de confidencialidad sobre el asunto de Travis y Miller.

Miré el papel y luego miré a Silas, que estaba a mi lado con mi abogado personal. Sonreí con frialdad.

—No voy a firmar eso, James. Al menos, no así. No quiero más dinero para mi cuenta personal. Lo que quiero es un legado real. Quiero que el club firme un fondo de inversión de diez millones de dólares para la creación y mantenimiento de la Clínica Méndez-Ricci en Queens. Será un centro de alto rendimiento para jóvenes sin recursos, dirigido por la doctora Valeria Méndez. Y quiero que Ricardo Méndez sea el portavoz oficial y jefe de comunicaciones del proyecto con un contrato blindado.

El dueño del equipo se quedó lívido. —Eso es una fortuna, Dante. Queens no es nuestro mercado principal y esto es casi una extorsión.

—Pues ahora lo será. Es eso, o mi primera palabra frente a la prensa será "negligencia administrativa". Tú eliges si quieres ser el hombre que financió un centro de esperanza o el que permitió que una mafia corporativa destruyera a su mejor jugador.

Sterling miró a sus abogados, quienes asintieron con resignación. Sabían que el escándalo de espionaje médico de Jordan era una bomba de tiempo. Con un suspiro pesado, garabateó su firma en el nuevo anexo.

—Bien —dijo Sterling—. Pero el anuncio del retiro tiene que sonar heroico. No menciones el daño estructural permanente si puedes evitarlo.

—Diré la verdad, James. La verdad siempre es heroica.

Salí a la sala de prensa del Madison Square Garden apoyado en mis muletas. El silencio fue absoluto hasta que me senté frente al enjambre de micrófonos. Valeria estaba en la primera fila, sentada junto a su padre. Ricardo me miró con una mezcla de respeto y gratitud que casi me hace flaquear.

—Hoy anuncio mi retiro oficial del baloncesto profesional —comencé, y sentí un nudo en la garganta al decir las palabras en voz alta—. No es la forma en que planeé irme, pero es la forma que el honor me ha dictado. He jugado mi último partido defendiendo lo que creo: la lealtad, la familia y la integridad de este deporte. A partir de hoy, mi carrera se traslada de la duela a las calles de Queens, donde junto a la doctora Valeria Méndez, abriremos un camino para los que vienen detrás.

La sesión de preguntas fue eterna, pero me mantuve firme. Al terminar, la ovación de los reporteros —algo que casi nunca ocurre— me acompañó hasta el túnel. Me sentía ligero, como si me hubiera quitado una armadura de mil kilos.

Cuando finalmente estuvimos en el coche de regreso al ático, mi teléfono empezó a vibrar en mi bolsillo. Era un número desconocido, con un código de área que me hizo fruncir el ceño: +1 (907). Alaska.

—¿Dante? —Valeria me miró, notando mi cambio de expresión y palideciendo al instante.

Puse el altavoz. Mi corazón latía con más fuerza que cuando lanzaba un tiro libre bajo presión.

—¿Diga?

—¿Dante? —la voz al otro lado era joven, con un tono de timidez y asombro que me detuvo el aliento—. Soy Camila. Los vi a mi padre y a mi hermana en la televisión... y te vi a ti hoy. ¿Es verdad que ganaron? ¿Es verdad que ya no tenemos que escondernos?

Miré a Valeria. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante al reconocer la voz de su hermana. Se cubrió la boca con la mano, intentando contener un sollozo que nacía desde lo más profundo de su alma.

—Es verdad, pequeña —dije, mi voz quebrándose por la emoción—. El invierno se terminó para siempre. Jordan Miller ya no puede hacernos daño y tu familia está esperándote en casa con los brazos abiertos. Tu hermana... ella ha sido la verdadera campeona aquí, Cami. Ella te trajo de vuelta.

—¿Valeria está ahí? —preguntó Camila, y pude escuchar su llanto contenido desde el otro lado de la línea, ese alivio de quien por fin deja de correr.

—Estoy aquí, Cami —susurró Valeria, tomando el teléfono con manos temblorosas—. Estoy aquí y te juro por mi vida que no voy a dejar que te vayas nunca más. No habrá más distancias. Prepara tus cosas, el avión sale mañana a primera hora. Silas irá a buscarte.




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