Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 43.

DANTE

El regreso a la conciencia fue como emerger lentamente desde el fondo de un océano cálido, denso y oscuro. Al principio, los sonidos llegaban distorsionados, como si el mundo exterior estuviera envuelto en algodón. Pero lo primero que mis sentidos reconocieron con absoluta claridad no fue el dolor, sino un aroma: el perfume de Valeria. Era esa mezcla de cítricos frescos y un ligero rastro de hospital que se había convertido en mi fragancia favorita, el olor que mi cerebro asociaba con la seguridad.

Abrí los ojos con lentitud, luchando contra el peso metálico de la anestesia que todavía intentaba arrastrarme al sueño. La luz de la habitación era suave, filtrada por las persianas que bloqueaban el bullicio de Nueva York. Y allí estaba ella. Valeria estaba sentada al borde de mi cama, con la espalda recta y la mirada fija en el monitor que registraba mis constantes vitales. Su rostro estaba serio, concentrado, pero en cuanto notó mi ligero movimiento, sus facciones se suavizaron en una expresión de alivio tan puro que me cortó el aliento.

—Hola —susurró, inclinándose hacia mí y tomando mi mano entre las suyas—. Bienvenido de vuelta, campeón. No sabes cuánto extrañaba ver esos ojos abiertos.

—¿Ganamos? —logré articular. Mi voz sonaba pastosa, como si tuviera la garganta llena de arena.

Valeria soltó una pequeña risa, una mezcla de alegría y lágrimas contenidas.

—Ganamos por paliza, Dante. La cirugía fue impecable. Tu rodilla está reconstruida, los fragmentos fueron retirados y el tejido está respondiendo mejor de lo que cualquier libro de medicina podría predecir. Y hay más: mientras estabas en el mundo de los sueños, el mundo real hizo justicia. Travis Miller está durmiendo en una celda esta noche. La liga le retiró todo apoyo y la fiscalía le negó la fianza por obstrucción a la justicia y extorsión.

Cerré los ojos un segundo, dejando que la noticia se asentara en mi pecho. Sentí un alivio que fue más efectivo que cualquier analgésico intravenoso. Travis, el hombre que me había tratado como una pieza de maquinaria defectuosa durante años, finalmente había caído. Bajé la vista hacia mi pierna; estaba envuelta en un vendaje grueso y conectada a una máquina de movimiento pasivo que la movía con una cadencia hipnótica. Sentía un calor punzante, el inicio de una rehabilitación que sabía que sería brutal, pero por primera vez en mi carrera, el dolor no era el de una destrucción inminente, sino el de una reconstrucción necesaria.

La puerta de la habitación se abrió con un crujido suave. Por ella entraron Ricardo y Camila. Ver a mi futuro suegro caminando con una dignidad recobrada, sin ese peso de la vergüenza que Jordan intentó imponerle, fue una victoria aparte. Pero fue Camila quien me robó la atención. Traía puesta de nuevo su pesada chaqueta de Alaska y cargaba su mochila al hombro.

—Mírate, Ricci. Ni un quirófano puede quitarte esa cara de póker —dijo Ricardo, acercándose para apretar mi hombro con una calidez que me hizo sentir, por fin, parte de su familia—. Nueva York es un caos afuera. La noticia de tu retiro y la clínica en Queens ha unido a la ciudad. Eres el hombre del momento, y esta vez, nadie puede decir nada en tu contra.

—Gracias, Ricardo. Sin tu voz en la radio y la valentía de tus hijas, yo seguiría siendo un peón de los Miller.

Camila se acercó al otro lado de la cama. Sus ojos, antes nublados por el miedo y la culpa de haber sido manipulada por Jordan, ahora brillaban con una claridad envidiable. Parecía haber crecido años en apenas unos días.

—Vine a despedirme, Dante —dijo ella, inclinándose para darme un beso suave en la mejilla—. Mi vuelo hacia Anchorage sale en menos de dos horas. Silas ya tiene el coche esperando en la puerta de emergencias.

—¿Tan pronto, Cami? —pregunté, sintiendo una punzada de tristeza genuina—. Me gustaría que te quedaras para la inauguración. La clínica también es para sanar lo que les pasó a ustedes.

—Lo veré por televisión, lo prometo. Pero mi lugar está allá, Dante. Entre los pinos, el silencio y el frío que te limpia el alma. He encontrado una paz en Alaska que Nueva York, con todo su brillo, nunca pudo darme. Además... —hizo una pausa y una sonrisa tímida apareció en su rostro— hay alguien allá que me espera. Un chico que no sabe quién es Dante Ricci, que no entiende de promedios de puntos ni de escándalos mediáticos. Solo sabe quién es Camila Méndez, y esa es la versión de mí misma que quiero seguir construyendo.

Valeria se levantó y rodeó a su hermana con un abrazo eterno. Se susurraron cosas al oído que solo dos hermanas que han sobrevivido a un naufragio pueden entender. Eran dos mujeres que Jordan Miller intentó usar como armas una contra la otra y que ahora se despedían como las mejores aliadas.

—Cuídate mucho, Cami. Y no dejes de llamarnos —le pidió Valeria, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano.

Antes de salir, Camila me miró una última vez y me guiñó un ojo con complicidad.

—Cuida mucho a mi hermana, Dante. Ella te dio su carrera, su reputación y su corazón sin dudarlo ni un segundo. Asegúrate de que cada paso que des en esa rehabilitación sea por ella también. No cualquiera tiene a una doctora que se juega la licencia por amor.

—Te lo prometo por lo más sagrado que tengo —respondí con una solemnidad que le hizo sonreír.

Cuando Camila y Ricardo salieron de la habitación, el silencio que quedó no era el vacío incómodo de un hospital, sino una calma plena, casi sagrada. Me quedé a solas con Valeria. Ella ajustó las mantas sobre mis piernas con una precisión casi obsesiva, evitando que mis ojos vieran la vulnerabilidad de la herida fresca. Luego, se sentó de nuevo a mi lado, entrelazando sus dedos con los míos.




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