VALERIA
Tres semanas después de la cirugía, el ático de Dante ya no parecía el refugio minimalista de un soltero de oro, sino una extensión meticulosa de mi consultorio médico. El aroma a cuero caro y fragancias de diseñador había sido desplazado por el olor punzante de las cremas antiinflamatorias y el chirrido metálico de los equipos de fisioterapia. Silas, con su eficiencia habitual, había transformado el gran salón frente al ventanal de Central Park en un gimnasio de rehabilitación de última generación.
Dante estaba sentado en el borde de la camilla, con el torso desnudo y el rostro perlado de un sudor frío que no venía del esfuerzo físico, sino de la lucha contra su propio sistema nervioso. Su mandíbula estaba tan apretada que temía que se fracturara un diente en cualquier momento. Su rodilla, cruzada por una cicatriz que yo misma había cosido con precisión quirúrgica, estaba conectada a unos electrodos de estimulación que enviaban pequeñas descargas para despertar los músculos dormidos tras la operación.
—Uno más, Dante. Solo uno —le pedí, arrodillada frente a él, sosteniendo su tobillo con firmeza—. No pienses en el dolor. Piensa en el impulso. Extiende la pierna hasta que toques mi mano. Solo diez centímetros.
Él soltó un gruñido gutural que era mitad agonía y mitad rabia contenida. Sus cuádriceps temblaban violentamente, una danza errática de fibras musculares que se negaban a obedecer. Era el "Rey de Nueva York", el hombre que podía saltar sobre gigantes y suspenderse en el aire retando a la física, ahora luchando contra la gravedad para mover su pie apenas una fracción. Finalmente, con un último esfuerzo que le hizo cerrar los ojos con fuerza y soltar un aliento entrecortado, su pie rozó mi palma.
—¡Eso es! —exclamé con un entusiasmo que no pude fingir—. ¡Lo lograste! Suficiente por hoy.
Dante se desplomó hacia atrás sobre la camilla, jadeando, con el cabello empapado pegado a la frente y el pecho subiendo y bajando con violencia. Me acerqué para secarle el sudor con una toalla tibia, pero él me apartó la mano con suavidad, girando el rostro hacia la ventana. Sus ojos buscaban una disculpa en el horizonte de la ciudad, pero lo que encontré en ellos fue una vulnerabilidad que me partió el alma.
—Es humillante, Valeria —susurró con una voz que apenas reconocí—. Hace menos de un mes estaba anotando treinta puntos en el Madison Square Garden bajo una presión de locos. Hoy... hoy casi me pongo a llorar por ser capaz de levantar un pie diez centímetros. Siento que el cuerpo de Dante Ricci murió en ese quirófano y lo que queda es este extraño que no sabe cómo moverse.
Me senté a su lado en la camilla, ignorando su resistencia inicial y tomando su mano entre las mías, entrelazando nuestros dedos con fuerza.
—No es humillante, Dante. Es profundamente humano —le dije, obligándolo a mirarme—. Aquellos puntos los anotaste con una rodilla que se estaba cayendo a pedazos, sostenida solo por adrenalina y el veneno de Travis. Lo que estás haciendo ahora requiere diez veces más valor que cualquier tiro de último segundo. Estás reconstruyendo tu propio templo, ladrillo a ladrillo, sin trucos, sin infiltraciones y sin mentiras. Esta victoria es solo tuya.
Él suspiró, cerrando los ojos mientras apretaba mi mano.
—A veces olvido que ya no tengo que demostrarle nada a los Miller. Pero el hábito de pelear contra mi propio cuerpo es difícil de romper. Siento que, si dejo de esforzarme un segundo, Travis ganará la partida a largo plazo. Dime, ¿cómo va el proyecto de Queens? Necesito saber que todo este dolor tiene un propósito más grande que solo verme caminar por el ático.
Me levanté para darle un respiro y busqué la tableta donde guardaba los planos arquitectónicos y los renders en 3D. Sabía que la mención de la clínica era el único combustible capaz de sacarlo de su letargo emocional y de la frustración del retiro.
—Va a una velocidad increíble —comencé, encendiendo la pantalla para mostrarle las imágenes—. Mi padre ya se instaló en lo que será su oficina de comunicaciones. Silas dice que las solicitudes de inscripción para el programa de becas deportivas ya superan las mil quinientas en la primera semana. El edificio de la antigua fábrica textil en Queens está casi remodelado; los techos altos y los ventanales industriales le dan un aire de esperanza que no te imaginas. Mira esto...
Le mostré la imagen de la entrada principal.
—El nombre ya está instalado en la fachada de piedra: Clínica de Rehabilitación y Alto Rendimiento Méndez-Ricci.
Dante miró la pantalla en silencio durante un largo rato. Una sonrisa genuina, la primera que veía en días, comenzó a iluminar su rostro, borrando las líneas de tensión de su frente.
—"Méndez-Ricci". Suena a algo sólido, Valeria. Suena a algo que durará mucho más que mi récord de triples o mis anillos de campeonato. Suena a familia.
—Lo será —afirmé con convicción, sentándome de nuevo a su lado—. Pero hay algo que debes procesar. Silas recibió una llamada hoy de la oficina del Comisionado de la liga. Quieren que seas el invitado de honor en la inauguración de la temporada en el Garden, para que hagas el saque de honor frente a los Bulls. Es en dos meses exactos.
Dante se quedó petrificado, mirando su pierna vendada y la máquina de movimiento pasivo.
—En dos meses... —repitió en un susurro—. ¿Crees que podré caminar hasta el centro de la duela sin muletas, doctora? ¿Sin que la gente vea al "Rey" cojeando como un anciano?