DANTE
El Madison Square Garden tiene un sonido particular cuando está vacío. Es un zumbido eléctrico, un susurro de miles de fantasmas de gloria y derrota que parecen habitar en las vigas del techo. Hoy, cuatro horas antes del inicio oficial de la temporada, yo estaba allí, de pie en el túnel de vestuarios, mirando hacia la duela que una vez fue mi reino.
Ya no llevaba muletas. Mi mano derecha apretaba el pomo de plata de mi bastón de ébano, pero el peso de mi cuerpo descansaba sobre mis propias piernas. A mi lado, Valeria ajustaba los puños de mi chaqueta de diseñador. Se veía espectacular, con esa mezcla de elegancia y autoridad que siempre me hacía sentir que, mientras ella estuviera cerca, nada malo podía ocurrir.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, subiendo la vista hacia mis ojos—. La rodilla está un poco inflamada por el viaje en coche, puedo notarlo en tu forma de apoyarte.
—Es solo la emoción de estar aquí sin tener que infiltrarme para sobrevivir al primer cuarto, doctora —respondí con una sonrisa ladeada—. Se siente extraño estar del otro lado de las líneas.
—No estás del otro lado, Dante. Estás por encima de ellas.
Silas se acercó a nosotros con el rostro más serio de lo habitual. Traía una tableta en la mano y gesticulaba con una urgencia que rompió la calma del momento.
—Dante, Valeria... tenemos un problema. Travis Miller ha filtrado un comunicado desde la prisión hace media hora. Está alegando que los fondos que Sterling destinó para la Clínica Méndez-Ricci son parte de un desvío de capitales ilegal. Está intentando que un juez congele las cuentas de la clínica antes de que podamos abrir las puertas oficialmente la próxima semana.
Sentí que la sangre me hervía. Travis era como un parásito que se negaba a soltar a su anfitrión incluso después de haber sido arrancado.
—¿Tiene alguna base legal para eso? —preguntó Valeria, su voz volviéndose gélida.
—Ninguna real —respondió Silas—. Sterling firmó todo bajo la supervisión de tres bufetes de abogados. El problema no es la legalidad, sino la óptica. Travis quiere que hoy, cuando Dante pise la duela, la gente se pregunte si el dinero de la clínica es "sucio". Quiere empañar el saque de honor.
Miré hacia la duela. Los técnicos estaban terminando de pulir el barniz y el logo de los Knicks brillaba bajo los focos. Travis Miller pensaba que todavía podía controlar la narrativa de mi vida desde una celda de tres por tres. No entendía que el "Rey" que él había manipulado ya no existía.
—Silas, llama a James Sterling —dije, sin apartar la vista del centro de la cancha—. Dile que, si no sale a desmentir esto en los próximos diez minutos, yo mismo lo haré en televisión nacional durante el descanso del partido. Y Valeria... ¿dónde está tu padre?
—Está en la cabina de prensa, preparando la transmisión para la radio de la clínica —respondió ella, captando mi idea de inmediato—. Él tiene los documentos originales de la auditoría que Sterling nos entregó.
—Perfecto. Si Travis quiere jugar sucio una última vez, vamos a darle la transparencia que tanto le aterra.
Pasaron las horas y el Garden comenzó a llenarse. El rugido de la multitud era ensordecedor. Alrededor de veinte mil personas gritaban mi nombre, ajenas al drama legal que se desarrollaba en los despachos tras bambalinas. Sterling, presionado por la amenaza de un escándalo mayor, emitió un comunicado tajante confirmando la absoluta legalidad de los fondos de la clínica. Travis Miller acababa de gastar su última bala y solo había logrado que la directiva de la liga acelerara su expulsión de cualquier vínculo deportivo de por vida.
—Es hora —susurró Valeria, tomándome del brazo.
Las luces del Garden se apagaron. Un foco seguidor iluminó el túnel y el presentador anunció mi nombre con una voz que pareció hacer temblar los cimientos del edificio.
"¡Con nosotros, el hombre que demostró que el honor es más fuerte que cualquier lesión... el Rey de Nueva York, DANTE RICCI!"
Caminé hacia el centro de la cancha. Cada paso era una victoria. No había dolor, solo la firmeza de un hombre que ha recuperado su eje. El público se puso de pie en una ovación que duró minutos. Vi a mis antiguos compañeros en el banco, vi a Silas sonriendo desde la banda, y vi a Ricardo Méndez en la cabina de radio, levantando el pulgar.
Me detuve en el círculo central. Valeria estaba a unos metros, observándome con los ojos llenos de una luz que valía más que cualquier campeonato. El árbitro me entregó el balón. Pesaba lo mismo de siempre, pero su significado era distinto. Ya no era una herramienta de trabajo, era el símbolo de una etapa cerrada con dignidad.
Lancé el balón al aire para el salto inicial. El juego comenzó, pero para mí, la verdadera competencia ya había terminado.
Mientras abandonábamos la duela bajo los aplausos, Silas nos alcanzó de nuevo.
—Travis está acabado. Su abogado acaba de renunciar tras el comunicado de Sterling. Ya no tiene amigos, Dante. Solo le queda la sentencia por espionaje médico.
Al salir del Garden hacia la noche fría de Nueva York, nos detuvimos un momento frente a la entrada principal. Los carteles digitales mostraban mi imagen, pero debajo, en letras grandes, anunciaban la apertura de la Clínica Méndez-Ricci.