DANTE
El sonido de mis propios pasos sobre el asfalto de Central Park era una melodía que, hace apenas unos meses, creía que nunca volvería a escuchar. No era el estruendo de mis zapatillas contra la duela del Garden, sino el ritmo constante, pausado y sólido de alguien que ya no corre para escapar de nadie, sino para encontrarse a sí mismo.
Eran las seis de la mañana. Valeria trotaba a mi lado, manteniendo un ritmo suave, vigilando de reojo la mecánica de mi zancada con esa mezcla de amor y rigor profesional que tanto me fascinaba.
—¿Cómo se siente el impacto, Dante? —preguntó, apenas sin aliento—. Sé sincero. No quiero que el "Rey" intente impresionar a su doctora.
—Se siente... real —respondí, deteniéndome cerca de un banco de madera—. Hay una pequeña presión, un recordatorio de que hubo metal y bisturí ahí dentro, pero no hay ese dolor punzante de cuando Travis me obligaba a jugar. Esta vez, la rodilla me sostiene porque quiere, no porque la estoy forzando.
Valeria se detuvo frente a mí y puso su mano sobre mi frente, apartándome el sudor.
—Tu recuperación es casi un milagro, pero es un milagro trabajado. El lunes haremos la última resonancia de control. Si todo sale como espero, te daré el alta definitiva para actividades de impacto moderado.
—¿Eso significa que podré bailar en nuestra boda sin parecer un roble rígido? —bromeé, rodeando su cintura con mis brazos.
—Significa que tendrás que esforzarte mucho para seguirme el ritmo —rio ella, dándome un beso que sabía a victoria—. Hablando de la boda... Silas dice que los organizadores no dejan de llamar. Quieren exclusivas, quieren patrocinios de marcas de lujo.
—Diles que no —sentencié, mirando el horizonte de los rascacielos que una vez me agobiaron—. Esta boda no es para Nueva York, es para nosotros. Quiero a tu padre, quiero a Silas, y quiero que Camila esté en pantalla desde Alaska si no puede viajar. Nada de flashes, Valeria. Ya tuvimos suficientes focos por una vida.
Regresamos al ático para prepararnos para el día. Mientras me vestía, recibí un mensaje de texto que me sorprendió. James Sterling me citaba en un café discreto cerca de la Quinta Avenida. No era una orden del club, era una petición personal.
Dos horas después, me encontraba sentado frente al dueño de los Knicks. Sterling se veía cansado, como si el escándalo de los Miller le hubiera quitado décadas de vitalidad.
—Dante, gracias por venir —dijo, removiendo su café sin mirarme—. La liga está en un proceso de limpieza profunda. Travis dejó un rastro de fango que todavía estamos intentando limpiar. Los patrocinadores están nerviosos y el equipo ha perdido su identidad.
—Ustedes dejaron que Travis construyera esa identidad sobre mentiras, James —respondí con calma—. No pueden culpar al fango cuando ustedes mismos pusieron el agua.
—Lo sé. Y por eso estoy aquí. No quiero pedirte que vuelvas a jugar, sé que eso es imposible. Pero quiero ofrecerte un puesto en la directiva. Queremos que seas el Director de Ética y Salud del Jugador. Un cargo con poder real para auditar a los cuerpos médicos y supervisar las contrataciones. Nadie mejor que tú para asegurar que lo que te pasó a ti no le pase a nadie más.
Miré a Sterling y, por un momento, vi al hombre que solía intimidarme. Ahora, solo veía a un ejecutivo intentando salvar un barco que se hundía.
—Es una oferta tentadora, James. Pero mi lugar ya no está en las oficinas del Garden. Mi lugar está en Queens, en la Clínica Méndez-Ricci. Allí no solo auditamos, allí sanamos. Sin embargo... —hice una pausa—, podemos colaborar. Si los Knicks quieren enviar a sus jugadores a nuestra clínica para evaluaciones independientes, estaremos encantados de recibirlos. Pero bajo mis términos y bajo la dirección médica de Valeria.
Sterling asintió, reconociendo que el poder se había desplazado. Ya no era el club quien poseía a Dante Ricci; era Dante Ricci quien le ofrecía una mano al club desde su propio imperio.
Al salir del café, me dirigí directamente a Queens. Al llegar a la clínica, me encontré con una escena que me llenó el pecho de orgullo. Ricardo Méndez estaba en su nueva cabina de radio, con los auriculares puestos y esa chispa de pasión en los ojos que Jordan Miller intentó apagar con amenazas.
—”¡y recuerden, amigos deportistas, que el éxito no se mide por cuánto aguantas el dolor, sino por cuánto respetas tu propio cuerpo!" —decía Ricardo al micrófono—. "Aquí en la frecuencia Méndez-Ricci, la verdad es nuestra única estrategia de juego".
Valeria salió de uno de los consultorios, guiando a Mateo, nuestro primer paciente, que ya caminaba sin cojera. Al verme, ella sonrió y se acercó.
—¿Cómo fue con Sterling? —preguntó.
—Me ofreció volver al Garden con un traje y un despacho —respondí, tomándola de la mano—. Le dije que ya tengo el mejor despacho del mundo aquí, contigo.
—Me alegra oír eso —susurró ella—. Porque acabo de recibir un correo de la asociación médica. Han tomado el modelo de gestión de nuestra clínica como un caso de estudio para la nueva normativa de protección al atleta. Lo que construimos aquí, Dante, está cambiando las reglas del juego a nivel nacional.
Esa tarde, nos sentamos en la pequeña oficina de Ricardo a escuchar su primer programa de alcance nacional. La voz de mi suegro resonaba con una claridad moral que ponía la piel de gallina. Durante la pausa publicitaria, nos pusimos en contacto con Camila por videollamada. Ella nos mostró el diseño de las invitaciones de boda que ella misma había dibujado desde Alaska: un par de zapatillas de baloncesto entrelazadas con un estetoscopio, rodeadas de flores de cerezo de Central Park.