Tlaxcalteca de amor.

2 Amor suicida

La gira fue un éxito y el cierre, con Diana llorando sobre el escenario, aumentó todavía más la popularidad de la canción.

Ruben Lancaster, el productor de Diana, organizó una fiesta para celebrarlo. Diana, ataviada con su ahora característico traje, una fusión de la estética del mariachi y la ranchera, sus trenzas y el sombrero, cumplió con la parte más agotadora de cualquier celebración: sonreírle a desconocidos.

La fiesta era una especie de meet & greet. Diana saludó, firmó autógrafos, posó para fotografías y soportó una cantidad considerable de halagos que no habría tolerado ni cinco minutos en circunstancias normales.

Finalmente llegó el momento de tomar un descanso.

De manera descarada, se apoderó de una botella de tequila y se dirigió a un balcón al aire libre. No había paredes, solo unas enredaderas falsas que fungían como muros.

Destapó la botella y comenzó a beber despreocupadamente.

En realidad, le fastidiaba la imagen de la gente que ahogaba sus penas en alcohol mientras escuchaba los ritmos campiranos que la habían catapultado a la fama.

Sonrió. Cada vez perdía una parte de sí misma y era sustituida por el cliché de la pelirroja del norte.

Pasaron varios minutos.

Ruben Lancaster había dispuesto un trío de guardias para evitar que Diana fuera molestada. Media botella de tequila había desaparecido cuando Diana sintió un mareo familiar que hacía tiempo no la visitaba.

Un mareo que disfrutaba en las fiestas de rock, antes de convertirse en la pelirroja del norte.

“Del norte...”

Volvió a sonreír. Oriunda de Azcapotzalco.

“Básicamente sí es el norte… de la CDMX, pero norte al fin y al cabo.”

Se recargó en el barandal. En la calle de abajo, un grupo de jóvenes fumaba. Diana los miró con envidia.

Jóvenes rockeros.

Ruben Lancaster se acercó y, con una mirada reprobatoria, meneó la cabeza. Diana sacó la lengua y restregó su dedo medio por toda ella en un gesto burlón.

Ruben esbozó una sonrisa nerviosa y le extendió el auricular inalámbrico de su teléfono móvil.

Diana permaneció inmóvil, sosteniendo la botella y mirando retadoramente a su productor.

Ruben finalmente habló:

—Es tu hermana...

Diana sabía lo que aquello significaba.

Tomó el auricular a toda prisa, se lo colocó en la oreja y recibió después el móvil de manos de Lancaster. Con la mano hizo un gesto para indicarle a su productor que quería estar a solas.

Lancaster le hizo un gesto de vigilancia.

Diana le mostró el dedo medio mientras sostenía el móvil.

—Habla Diana. Dime.

—Es Miaurizio —respondió la voz en el auricular.

Diana se puso seria de inmediato.

—¿¡Qué pasa con él!?

—Se niega a comer croquetas y solo mira hacia el lugar donde está... ya sabes qué. No ha querido comer desde ayer.

Diana sintió que la vida se le iba.

—¡¿Desde ayer?! ¡Comunícame con él!

A pesar de la distancia, Diana pudo imaginar el gesto de hastío y resignación de su hermana.

Después escuchó su voz, pronunciando con desgano:

—Listo... háblale.

Diana comenzó a suplicar.

—Mi amor, sabes que no es viernes. El salmón solo toca los viernes.

Silencio desde la otra línea.

—Háblame, mi vida... Te he extrañado. No sabes cuánta falta me has hecho. Extraño sentir los pelos de tu pecho, extraño tus ronroneos, pero no me hagas esto, precioso...

Silencio.

—¡MIAURIZIO! ¡CONTESTAME! No te quedes callado. Sí, lo sé, no he estado contigo últimamente, pero sabes que tengo cosas que atender.

Por fin, un leve maullido, cargado de reproche, se dejó escuchar.

La voz de Diana se quebró levemente de emoción.

—Siempre me haces esto. Nunca me contestas rápido. Me haces sufrir, me haces rogarte...

La voz de su hermana sonó a la distancia, baja, burlona y llena de reproche:

—Oh, por Dios... no es posible.

—¡¿Qué?! —respondió Diana, alterada por el alcohol y la emoción—. Me vale madres lo que piensen los demás. No voy a seguir fingiendo que no lo amo. Es hermoso, único, adorable.

Su hermana suspiró.

—Diana... es solo un gato. Esos bichos no corresponden a los sentimientos. Solo miran a los humanos como sus esclavos.

El rostro de Diana se enrojeció.

—¡¿Y qué?! No voy a renunciar a mis sentimientos solo porque él a veces ni siquiera me voltea a ver. Yo estoy plenamente segura de lo que siento.

Los gritos de Diana comenzaron a llamar la atención de la gente en la fiesta.

—Me conformaría con ser su esclava. Al menos así me prestaría atención, aunque sea solo para maltratarme... ¡HÁBLAME, MIAURIZIO!

La voz de su hermana sonó llena de reproche:

—Diana, esto es estúpido. Tengo el auricular extendido hacia Miaurizio y no le importa ni siquiera escucharte.

El gato soltó un maullido.

Diana exclamó:

—¡Lo sabía! A pesar de todo, hay un poco de cariño en ti. Muy pronto, mi vida... La gira ya finalizó. Voy a pasar mi mano por tu pecho peludo...

La fiesta se había interrumpido por completo.

Diana seguía sin notar que se había convertido en el centro de atención.

—Voy a acariciar toda tu espalda durante horas y no me importa que me arañes, que me muerdas...

La gente hizo una mueca de dolor ante las declaraciones de la pelirroja.

—Tú puedes maltratarme. Solo... lleva esas cositas hasta tu boquita. Devóralas... porque si tú mueres, juro… juro que me mato.

Diana se recargó sobre una de las enredaderas, creyendo que era una pared.

La enredadera cedió.

Su cuerpo abandonó el balcón.

Cayó desde el cuarto piso hacia el suelo.

Una lona situada debajo detuvo su impetuosa caída.

Los medios de comunicación estallaron.

Le atribuyeron a Tlaxcalteca de amor haber sumido a Diana en la tristeza hasta llevarla al suicidio.

Como siempre, todo lo que se decía de Diana era producto de la febril imaginación de las masas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.