Todas las formas de perderte

Cap 1 : otra historia que contar

El día que enterraron a Emiliano, descubrí que existen abrazos que no consuelan.

No porque sean falsos.

Todo lo contrario.

Son demasiado sinceros.

La madre de Emiliano me abrazaba con tanta fuerza que podía sentir cómo le temblaba el cuerpo. Llevaba horas llorando y sus ojos estaban completamente hinchados, pero aun así seguía intentando mantenerse en pie frente a todas las personas que se acercaban para darle el pésame.

—No sé qué voy a hacer ahora, Apolonia —susurró contra mi hombro—. No sé qué será de mi vida.

No supe qué responder.

¿Qué podía decirle a una madre que acababa de perder a su hijo?

Así que simplemente la abracé un poco más fuerte.

—Era mi único hijo varón —continuó, con la voz quebrada—. Mi niño…

Sentí un nudo en la garganta.

—Pero no está sola —le dije—. Tiene a sus tres chicas. Ellas la quieren muchísimo.

Se separó ligeramente de mí y me miró.

Por unos segundos intentó sonreír.

—Lo sé —respondió, limpiándose una lágrima—. Y sé que son unas chicas excelentes.

Su voz volvió a quebrarse.

—Mi Emiliano también lo era.

Bajé la mirada.

—Sí.

Eso sí podía decirlo.

Emiliano era excelente.

Era de esas personas que conseguían dejar un vacío demasiado grande cuando se iban.

Y ahora ese vacío estaba allí, frente a nosotros.

En un ataúd.

La madre de Emiliano volvió a abrazarme, pero unos segundos después tuvo que separarse de mí. Otro familiar se acercó. Después otro.

Todos querían decirle lo mismo.

Lo siento.

Sé fuerte.

Estamos contigo.

Me hice a un lado y observé cómo la rodeaban.

Nunca había entendido del todo los funerales.

Todos parecen saber qué hacer.

Abrazar.

Llorar.

Dar el pésame.

Ofrecer ayuda.

Pero nadie te explica qué hacer cuando la persona que quieres está dentro de un ataúd.

Y mucho menos cuando esa persona era el amor de tu vida.

—Apo.

Me giré.

Una de mis amigas estaba detrás de mí.

Tenía los ojos rojos y una expresión extraña, como si llevara varios minutos pensando en acercarse y todavía no supiera qué decir.

—¿Estás bien?

La miré.

Quise decir que sí.

Era lo más fácil.

—Sí.

Ella supo inmediatamente que estaba mintiendo.

Se quedó callada.

Quizá buscaba alguna frase capaz de hacerme sentir un poco mejor.

Y entonces sonrió débilmente.

—Bueno… al menos ahora tienes otra historia que contar.

La miré.

Por un instante no entendí qué había querido decir.

Después lo hice.

No lo dijo con mala intención.

Lo dijo porque conocía mis historias.

Porque sabía que mi vida amorosa parecía tener una facilidad inexplicable para convertirse en anécdota.

Probablemente quería hacerme sonreír.

No pude.

Miré hacia el ataúd de Emiliano.

No.

Aquello no era otra historia.

Era Emiliano.

Era la persona con la que había hablado de nuestro futuro.

La persona a la que todavía quería contarle cosas.

La persona que hacía apenas unos días estaba viva.

Y ahora todos hablaban de él en pasado.

—Sí —respondí finalmente.

Mi voz apenas salió.

—Supongo que sí.

Mi amiga me tomó la mano.

No dije nada más.

Porque, por primera vez, no sabía cómo contar una historia.

Me llamo Apolonia.

Tengo veintidós años.

Y la gente suele decir que tengo historias interesantes que contar.

Sobre todo cuando se trata del amor.

A veces me dicen que debería escribir un libro.

Que mi vida parece sacada de una novela.

Que he tenido más experiencias románticas que muchas personas que me doblan la edad.

Siempre sonrío cuando me lo dicen.

Porque ellos solamente conocen las historias.

No conocen el precio de haberlas vivido.

Mi historia en el amor no ha sido precisamente fructífera.

Aunque supongo que esa es una manera bastante elegante de decirlo.

He amado.

Muchísimo.

He sido amada.

He creído.

He confiado.

He perdonado.

Y también he tenido que aprender a dejar ir.

Más de una vez.

A los veintidós años, debería tener una idea bastante clara de lo que quiero para mi vida.

Yo, en cambio, todavía estoy intentando entender qué hago con todo lo que quedó de la que tenía antes.

Porque si algo he aprendido, es que las personas no siempre llegan a tu vida para quedarse.

Algunas llegan para enseñarte algo.

Otras para romperte.

Y algunas…

Algunas consiguen hacerte creer que, finalmente, has encontrado aquello que estabas buscando.

Emiliano fue una de esas personas.

Pero antes de hablar de él, tengo que hablar de los otros.

De Marcos.

De David.

De Polo.

Porque cada uno dejó algo distinto en mí.

Y si quiero contarles cómo terminé frente al ataúd del hombre que creí que sería el último, tengo que regresar al principio.

A cuando tenía quince años.

A cuando todavía creía que el amor siempre encontraba la manera de quedarse.

A cuando conocí a Marcos.

Y todavía no sabía que aquella sería la primera de muchas despedidas.




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