Tenía quince años cuando conocí a Marcos.
A esa edad, mi vida era bastante cómoda.
No me faltaba nada.
Tenía una casa bonita, podía estudiar tranquilamente, tenía ropa, comida, mis pequeños caprichos y padres que trabajaban muchísimo para asegurarse de que nunca me faltara nada.
Mis padres se querían.
Eso siempre lo tuve claro.
Los veía preocuparse el uno por el otro, hacer planes juntos, llegar cansados del trabajo y aun así encontrar un momento para preguntarse cómo había sido el día.
Se querían de verdad.
Solo que, de alguna manera, yo siempre sentí que quedaba un poco al margen de todo aquello.
No porque no me quisieran.
Sino porque parecían tener demasiado que hacer para darse cuenta de cuánto necesitaba que me quisieran de cerca.
Mi padre trabajaba muchas horas.
Mi madre también.
Y cuando finalmente coincidíamos en casa, casi siempre había algo que discutir.
Mis notas.
Mi manera de vestir.
Las horas a las que regresaba.
Mi habitación.
Mis amistades.
Cualquier cosa podía convertirse en una discusión.
A veces intentaba contarles algo que me había pasado durante el día y terminábamos hablando de otra cosa.
O peor.
Terminábamos discutiendo.
Así que poco a poco dejé de contarles cosas.
No porque no quisiera.
Porque aprendí que era más fácil guardar silencio.
Y creo que eso fue lo que más me acostumbró a sentirme sola.
No estaba sola.
Nunca lo estuve realmente.
Pero había una diferencia enorme entre estar sola y sentirse sola.
Yo conocía muy bien la segunda.
Quizá por eso, cuando conocí a Marcos, algo en él me resultó familiar.
No fue su sonrisa.
Ni su forma de hablar.
Ni siquiera fue el hecho de que me pareciera atractivo.
Fue una conversación.
Una de esas conversaciones que empiezan sin importancia y terminan cambiando algo.
Porque descubrí que él entendía exactamente lo que yo quería decir cuando decía:
—En mi casa todo está bien.
Y, después de una pausa, añadía:
—Pero no sé por qué nunca siento que pueda contarles nada.
Marcos me miró.
No intentó decirme que exageraba.
No me dijo que debía agradecer que mis padres trabajaran tanto.
No me dijo que había gente con problemas peores.
Simplemente respondió:
—A mí me pasa igual.
Y por primera vez pensé:
Ah.
Entonces no soy la única.
Creo que ese fue el verdadero comienzo de nuestra historia.
No cuando me pidió mi número.
No cuando empezó a escribirme.
No cuando me hizo reír.
Fue ahí.
En ese momento pequeño y aparentemente insignificante en el que dos adolescentes descubrieron que tenían algo en común que nadie más parecía entender.
Los dos sabíamos lo que era llegar a casa y sentir que no había nadie con quien realmente quisieras hablar.
Los dos sabíamos lo que era guardar cosas porque explicar cómo te sentías parecía demasiado complicado.
Los dos sabíamos lo que era querer cariño y no saber cómo pedirlo.
Y quizá por eso nos entendimos tan rápido.
Quizá por eso Marcos empezó a convertirse en mi lugar seguro sin que ninguno de los dos se diera cuenta.