Marcos
Tenía quince años cuando conocí a Marcos.
A esa edad, mi vida era bastante cómoda.
No me faltaba nada.
Tenía una casa bonita, podía estudiar tranquilamente, tenía ropa, comida y mis pequeños caprichos. Mis padres trabajaban muchísimo para asegurarse de que nunca me faltara nada.
Mis padres se querían.
Eso siempre lo tuve claro.
Los veía preocuparse el uno por el otro, hacer planes juntos, llegar cansados del trabajo y, aun así, encontrar un momento para preguntarse cómo había sido el día.
Se querían de verdad.
Solo que, de alguna manera, yo siempre sentí que quedaba un poco al margen de todo aquello.
No porque no me quisieran.
Sino porque parecían tener demasiado que hacer para darse cuenta de cuánto necesitaba que me quisieran de cerca.
Mi padre trabajaba muchas horas.
Mi madre también.
Y cuando finalmente coincidíamos en casa, casi siempre había algo que discutir.
Mis notas.
Mi manera de vestir.
Las horas a las que regresaba.
Mi habitación.
Mis amistades.
Cualquier cosa podía convertirse en una discusión.
A veces intentaba contarles algo que me había pasado durante el día y terminábamos hablando de otra cosa.
O peor.
Terminábamos discutiendo.
Así que poco a poco dejé de contarles cosas.
No porque no quisiera.
Porque aprendí que era más fácil guardar silencio.
Y creo que eso fue lo que más me acostumbró a sentirme sola.
No estaba sola.
Nunca lo estuve realmente.
Pero había una diferencia enorme entre estar sola y sentirse sola.
Yo conocía muy bien la segunda.
Quizá por eso, cuando conocí a Marcos, algo en él me resultó familiar.
Pero antes de llegar a él, hay algo que debo contar.
Yo tampoco estaba precisamente en mi mejor momento.
Unas semanas antes había tenido una pequeña decepción amorosa.
Ahora, a mis veintidós años, probablemente me parecería una tontería.
Pero tenía quince.
Y a los quince años, que alguien no corresponda a tus sentimientos puede sentirse como si acabaran de cerrar para siempre la única puerta que existía hacia el amor.
Yo estaba convencida de que no quería saber nada de chicos.
Ni de relaciones.
Ni de sentimientos.
Ni de escuchar a nadie decirme que ya llegaría alguien mejor.
Jade, por supuesto, no me hacía caso.
—No puedes decir que nunca más vas a enamorarte —me dijo una tarde.
—Sí puedo.
—Tienes quince años.
—Precisamente.
Se rio.
Jade siempre se reía cuando yo decía cosas así.
Era una chica espontánea, de esas personas capaces de tomar una decisión en cinco segundos y pensar en las consecuencias durante los siguientes cinco minutos.
Yo era bastante diferente.
Por eso, cuando me llamó aquel sábado, no imaginé que su favor terminaría cambiando mi vida.
—¿Qué pasó? —pregunté al contestar.
—Necesito pedirte un favor.
—No.
—Ni siquiera te he dicho qué es.
—Te conozco.
—Apo…
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué suenas culpable?
Escuché su risa al otro lado.
—Es por un chico.
—No.
—¡Otra vez! ¡Ni siquiera te he dicho qué pasa!
—Precisamente.
—¿Te acuerdas de Marcos?
Fruncí el ceño.
—¿Marcos?
—Sí. El amigo de mi hermano. El que te conté hace unos días.
Entonces recordé vagamente el nombre.
—Ah, sí. ¿Qué pasa con él?
Jade suspiró.
—Tiene el corazón roto.
—Ah…
—Mi hermano me pidió que me quedara con él un rato.
—Bueno.
—Pero no quiero.
Solté una pequeña risa.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Porque yo tampoco quiero escuchar a nadie ahora mismo.
—¿Qué?
—Estoy saturada.
—¿Saturada de qué?
—De consolar gente.
Me quedé callada.
—La última vez que consolé a alguien fuiste tú —continuó.
—Jade…
—Te quiero muchísimo, pero después de escucharte durante horas hablar de tu decepción amorosa, llorar contigo y convencerte de que ese chico no era el último hombre sobre la Tierra…
—Gracias por recordármelo.
—De nada.
—Eres una gran amiga.
—Lo sé.
Me reí a pesar de mí misma.
—Entonces, ¿qué quieres que haga?
—Que me hagas el favor de quedarte con Marcos.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué yo?
—Porque tú ya estás acostumbrada a escuchar desgracias amorosas.
—¡Jade!
—Es broma.
Volví a suspirar.
—Explícame.
—Mi hermano me pidió que me quedara con él porque está pasando por un momento horrible. Marcos tiene diecisiete años y, por lo que me contó, la chica con la que estaba saliendo lo dejó bastante mal.
—¿Y tú qué tienes que ver con eso?
—Soy la que estaba disponible.
—Estabas.
—Exactamente.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo planes.
—¿Qué planes?
—Salir.
—¿Y por qué no cancelas?
—Porque no quiero.
—Ah.
—Además, sinceramente, no tengo ganas de escuchar otra historia de amor que salió mal.
—Entonces me la quieres pasar a mí.
—Exactamente.
—Qué considerada.
—Gracias.
Me reí.
—¿Y qué quieres que haga yo con él?
—Nada especial. Ve a mi casa, espéralo. Ven una película, escuchen música, salgan a caminar… lo que sea.
—Pero ni siquiera lo conozco.
—Por eso mismo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Apo, por favor.
Me quedé mirando el techo.
No tenía nada mejor que hacer.
Y quizá también necesitaba distraerme.
—Está bien.
—¡Sabía que aceptarías!
—Pero si es raro, será culpa tuya.
—Acepto las consecuencias.
—Y si intenta hablarme de su ex durante tres horas, también será culpa tuya.
—Entonces puedes colgarle.
—¿Qué?
—O a él. Lo que prefieras.
Solté una carcajada.