Todas las formas de perderte

Cap 3

Jade estaba sentada sobre mi cama, con las piernas cruzadas y un cojín entre los brazos.

Llevábamos horas hablando de la tarde anterior.

Bueno, técnicamente llevaba horas interrogándome.

—Entonces, ¿cinco horas?

—Sí.

—¿Cinco horas completas?

—Sí, Jade.

Me miró con los ojos muy abiertos.

—No puedo creerlo.

—¿Qué?

—Que hayan pasado cinco horas y tú sigas diciendo que sentiste que fue poco tiempo.

Me encogí de hombros.

—No sé. Es que… se me hizo demasiado rápido.

Jade soltó una carcajada.

—Apolonia, eso no es normal.

—¿Qué no es normal?

—Que alguien te caiga tan bien después de pasar cinco horas hablando con él.

—¿Y qué quieres que haga?

—Nada. Solo estoy sorprendida.

Me quedé mirando el techo.

—Pero tampoco debería ilusionarme.

Jade dejó de sonreír.

—¿Por qué?

—Porque él estaba triste por lo de su ex. Esa fue la razón por la que nos conocimos. Probablemente solo necesitaba distraerse.

—Puede ser.

—¿Ves?

—Pero también puede no serlo.

La miré.

Jade dejó el cojín a un lado y se acercó un poco más.

—Que haya ido a tu casa porque estaba triste no significa que no pueda sentir algo por otra chica.

—No quiero hacerme ilusiones.

—Lo sé.

Por unos segundos no dijo nada.

Después me abrazó.

Me quedé quieta.

Jade no era particularmente cariñosa.

Al menos no de esa manera.

Era de las que te molestaban cuando estabas triste para hacerte reír, no de las que te abrazaban y se quedaban ahí.

Pero aquella vez lo hizo.

—No quiero que vuelvas a pensar que porque un chico no te eligió significa que nadie va a hacerlo —murmuró.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

—Gracias.

—De nada.

Y justo entonces alguien llamó a la puerta.

Jade se separó de mí.

—Yo abro.

—¿Y si es mi mamá?

—Entonces fingiré que estoy estudiando.

—Jade, tú nunca estudias.

—Precisamente. Será sospechoso.

Se levantó riéndose y salió de mi habitación.

Escuché cómo abría la puerta.

Y después:

—¿Qué haces aquí?

Hubo un silencio.

La voz que respondió me resultó familiar.

—¿Jade?

Me incorporé inmediatamente.

No.

No podía ser.

Escuché la risa de Jade.

—Ah… pues yo solo…

Silencio.

—Vine a ver a mi amiga.

Otro silencio.

—Pero ya me iba.

Jade apareció en la puerta de mi habitación con una sonrisa demasiado sospechosa.

Detrás de ella estaba Marcos.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Hola —dijo él.

—Hola.

Jade nos miró a los dos.

Después miró a Marcos.

—Bueno…

—¿Bueno qué? —preguntó él.

—Nada.

Sonrió.

—¿No acabas de decir que te ibas?

—Cambié de opinión.

Jade me lanzó una mirada cómplice.

Yo quería matarla.

—Hola —repitió Marcos cuando llegó hasta mí.

—Hola.

Me miré.

Llevaba ropa completamente normal.

Nada especial.

Mi cabello estaba recogido de cualquier manera.

De pronto me arrepentí de no haberme arreglado un poco.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Quería preguntarte algo.

—¿Qué cosa?

—¿Quieres salir conmigo?

Sentí que mi cara empezaba a calentarse.

—¿Salir?

—Sí.

—¿A dónde?

—Por un helado.

Lo miré.

Después miré a Jade.

Jade ya estaba sonriendo.

—Yo creo que voy a irme.

—Jade…

—¿Qué?

—Nada.

—Diviértanse.

—¡Jade!

Pero ella ya estaba caminando hacia la puerta.

—¡Nos vemos!

Y desapareció antes de que pudiera decirle nada más.

Me quedé sola con Marcos.

—¿Cómo supiste dónde vivo? —pregunté.

—Jade y tú son prácticamente vecinas.

—Eso no responde mi pregunta.

Sonrió.

—Bueno… también te había visto antes.

—¿Antes?

—Sí.

Me quedé mirándolo.

—Cuando iba a visitar a Jaden.

El hermano de Jade.

—¿Me habías visto?

—Varias veces.

Sentí que me ponía todavía más roja.

—¿Y nunca me hablaste?

—No tenía una razón para hacerlo.

—¿Y ahora sí?

Sonrió.

—Ahora sí.

Bajé la mirada.

—Además…

—¿Además qué?

—Siempre pensé que eras muy bonita.

Sentí que mi rostro ardía.

—Ah.

Genial, Apolonia.

Una respuesta brillante.

—¿Ese es todo tu comentario?

—No sé qué se supone que debo decir.

Se rio.

—Puedes decir gracias.

—Gracias.

—De nada.

Y aquella tarde salimos por un helado.

No fue una cita perfecta.

Fue mucho mejor.

Fue sencilla.

Caminamos, hablamos de cosas absurdas, nos reímos de personas que pasaban por la calle y terminamos descubriendo que teníamos más cosas en común de las que habíamos imaginado.

Cuando empezó a hacerse tarde, Marcos se quedó mirándome.

—¿Quieres venir a mi casa?

Lo miré sorprendida.

—¿A tu casa?

—Sí.

Dudé unos segundos.

—Oye…

—¿Sí?

—No va a pasar nada, ¿verdad?

Marcos abrió los ojos, sorprendido.

—¿Qué?

Sentí que quería desaparecer.

—Nada. Olvídalo.

Se rio.

—No te estoy diciendo eso.

—Ya sé.

—Además, ya estuvimos solos en una casa. ¿Recuerdas?

—La casa de Jade.

—Exacto.

Sonreí tímidamente.

—Está bien.

Caminamos durante un rato.

Su casa no estaba precisamente al lado de la de Jade, pero tampoco quedaba demasiado lejos.

Y cuando finalmente llegamos, me quedé parada frente a la entrada.

No sabía qué esperaba.

Pero definitivamente no esperaba aquello.

La casa era enorme.

No enorme como “mis padres tienen una casa bonita”.

Enorme como…

¿Qué clase de familia vive aquí?

Miré a Marcos.

Él simplemente abrió la puerta como si aquello fuera completamente normal.




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