Todas las formas de perderte

Cap 4

Si me preguntaran qué recuerdo de mi relación con Marcos, probablemente no sabría por dónde empezar.

Porque fueron tantas cosas…

Los mensajes de madrugada.

Las llamadas que terminaban cuando alguno de los dos ya no podía mantener los ojos abiertos.

Las caminatas sin rumbo.

Los helados.

Las películas que empezábamos a ver y nunca terminábamos porque terminábamos hablando de cualquier otra cosa.

Sus manos buscando las mías cuando caminábamos.

La manera en la que me miraba cuando creía que yo no estaba prestando atención.

Y esa costumbre que tenía de preguntarme:

—¿Estás bien?

Aunque yo acabara de decirle que sí.

Porque Marcos sabía perfectamente que mi «sí» no siempre significaba sí.

Marcos era el primer amor que cualquier chica habría querido tener.

Y no me refiero solamente a que fuera guapo.

Aunque lo era.

Muchísimo.

Tenía el cabello oscuro, ligeramente desordenado, unos ojos marrones que parecían aclararse bajo el sol y una sonrisa que hacía que sus facciones cambiaran por completo.

Su mandíbula marcada, sus cejas oscuras y aquella expresión entre divertida y segura de sí misma…

Años después, cuando vi por primera vez a Taylor Zakhar Perez, pensé inmediatamente en él.

No eran idénticos.

Pero tenían esa misma clase de belleza que hacía que una persona quisiera mirarlos un segundo más.

Solo que Marcos había sido mi versión de ese tipo de belleza mucho antes de que yo supiera ponerle nombre.

Pero, sinceramente, su físico terminó siendo lo menos importante.

Porque podía haber sido el chico más guapo de la ciudad y no me habría enamorado de él por eso.

Me enamoré porque me hacía sentir vista.

Y eso, para mí, era algo nuevo.

Su familia tenía una vida completamente diferente a la mía.

Su padre era médico.

Su madre, cirujana.

Los dos eran profesionales exitosos y trabajaban muchísimo.

Demasiado.

La mayor parte del tiempo no estaban en casa.

En eso, curiosamente, éramos iguales.

Mis padres también trabajaban prácticamente todo el día.

Los dos eran abogados y habían conseguido construir una vida bastante cómoda para nuestra familia.

Nunca me faltó nada.

Tenía una buena casa.

Podía estudiar.

Podía comprarme cosas.

Tenía todo lo que necesitaba.

Pero había una cosa que el dinero no podía comprarme:

Tiempo.

Tiempo con ellos.

Atención.

Una conversación que no terminara en una discusión.

Marcos entendía eso.

La diferencia era que él ya había aprendido a convivir con la ausencia de sus padres.

A veces incluso parecía encontrarle el lado divertido.

—Mis padres no están —me decía.

—¿Y eso te alegra?

—Tengo la casa para mí.

Yo me reía.

—Eres terrible.

—¿Qué? Es verdad.

Pero otras veces podía verlo.

Esa pequeña tristeza que intentaba esconder.

Porque, aunque hubiera aprendido a vivir sin ellos, eso no significaba que no los quisiera.

Simplemente había aprendido a no esperarlos.

Y creo que por eso nos entendíamos.

Los dos habíamos aprendido demasiado pronto a no pedir ciertas cosas.

Marcos me hacía sentir querida de una manera que nunca había experimentado.

No solamente bonita.

Querida.

Deseada.

Importante.

Me escuchaba.

Me preguntaba por mis días.

Se acordaba de las cosas que yo decía incluso cuando las mencionaba como si no fueran importantes.

Si un día le decía:

—Me gustaría conocer ese lugar algún día.

Podía pasar un mes y, de repente, aparecía con un plan.

—¿Te acuerdas de ese lugar?

—¿Cuál?

—El que dijiste que querías conocer.

Y me llevaba.

No necesitaba grandes gestos.

Aunque también los tenía.

Le gustaba invitarme a comer.

Llevarme a pasear.

Comprar cosas para mí.

Decía que le gustaba verme feliz.

Y yo, ingenua, pensaba que ese tipo de amor no podía terminar.

Que si alguien te cuidaba así, si te miraba así, si te hacía sentir así…

¿cómo podía dejar de quererte?

No sabía que el amor y el destino no siempre juegan del mismo lado.

Una de mis cosas favoritas era ir a su casa.

No porque fuera enorme.

Aunque lo era.

Ni porque su familia tuviera dinero.

Sino porque allí sentía que podíamos olvidarnos del mundo.

A veces nos sentábamos en la sala durante horas.

O subíamos a su habitación.

O simplemente caminábamos por la casa hablando de cualquier cosa.

Aquella casa terminó convirtiéndose en uno de los lugares que más recuerdos guardaría de mi adolescencia.

Cuando ahora paso cerca de ella, no pienso primero en la tristeza.

Pienso en nosotros.

En las tardes.

En nuestras conversaciones.

En sus abrazos.

En sus besos.

En las veces que terminábamos riéndonos por cualquier tontería.

En todas aquellas pequeñas intimidades que, para dos adolescentes enamorados, parecían significarlo todo.

Aquella casa estaba llena de nosotros.

Y durante mucho tiempo me costó aceptar que un lugar pudiera guardar tanto amor y, al mismo tiempo, una despedida.

Creo que el momento en que comprendí que estaba completamente enamorada fue una noche cualquiera.

No había flores.

No había una cena elegante.

No había ninguna canción especial.

Solo estábamos sentados juntos.

Yo hablaba de algo que ya ni siquiera recuerdo.

Y Marcos me estaba mirando.

—¿Qué? —le pregunté.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

Sonrió.

—Es que me gustas mucho.

Me reí.

—Ya lo sé.

—No, no sabes.

—¿Ah, no?

Negó con la cabeza.

—No sabes cuánto.

Y me besó la frente.

Eso fue todo.

Pero esa noche, cuando llegué a casa, me acosté pensando:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.