Después de Marcos, tardé bastante tiempo en volver a sentir que mi vida estaba realmente en orden.
No porque siguiera esperando que regresara.
Ya había aprendido a vivir sin él.
Pero había una parte de mí que se había quedado en aquella despedida.
Aun así, con el tiempo volví a reírme con facilidad, a salir, a disfrutar de mis días y, sobre todo, a pasar tiempo con Jade.
Jade seguía siendo mi mejor amiga.
Y probablemente una de las pocas personas capaces de sacarme una sonrisa incluso cuando yo no tenía ganas de hacerlo.
Unos días antes de que todo aquello ocurriera, estábamos en mi habitación cuando Jade soltó, de repente:
—Tengo una noticia.
La miré.
—¿Te vas a casar?
—¿Qué?
—Tienes cara de venir a decirme algo importante.
Se rio.
—Me voy de vacaciones.
—¿A dónde?
—A Italia.
Abrí los ojos.
—¿Italia?
—Sí. Vacaciones familiares.
—¿Vacaciones familiares?
—Sí. Mis padres, mis hermanos… todos.
—¿Cuánto tiempo?
—Una semana.
La miré con dramatismo.
—¿Una semana entera sin ti?
—Exactamente.
—Voy a aburrirme muchísimo.
—Sobrevivirás.
—No estoy tan segura.
Jade se dejó caer sobre mi cama.
—Además, te voy a traer algo.
—¿Algo?
—Sí. ¿Quieres que te traiga algo de Italia?
Me quedé pensando.
—No sé. Lo que quieras.
—¿Chocolate?
—Mucho chocolate.
—Eso está hecho.
Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró con una sonrisa traviesa.
—Es más, si me cabe en la maleta, te traigo hasta un italiano.
Me eché a reír.
—¿Un italiano?
—Sí.
—¿Y cómo piensas meter a un hombre en tu maleta?
—Si es guapo, encontraré la manera.
—Estás loca.
—Y tú necesitas divertirte un poco.
—Eso sí te lo acepto.
—Entonces queda decidido. Chocolate y un italiano.
—No quiero un italiano.
—Eso dices ahora.
—Jade…
—Cuando vuelva, ya veremos.
Y se fue riéndose.
Yo no tenía la menor idea de que aquella conversación terminaría pareciéndome irónica años después.
Porque Jade no me trajo ningún italiano.
Pero sí terminó siendo responsable, aunque fuera indirectamente, de que yo conociera a alguien.
La semana que Jade estuvo fuera se sintió extrañamente larga.
Mis padres estaban trabajando, como de costumbre.
La casa estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Y yo ya había agotado todas las formas posibles de entretenerme.
Hasta que recordé la pequeña biblioteca que teníamos en casa.
Desde niña me había gustado leer.
Mis padres habían conseguido inculcarme ese hábito desde muy pequeña y, con los años, nuestra biblioteca se había convertido en uno de mis lugares favoritos.
El problema era que ya me había leído prácticamente todos los libros.
Así que aquella mañana tuve una idea.
Voy a hacer algo diferente.
Busqué una biblioteca que tuviera una cafetería.
Quería sentarme con un café, escoger un libro y pasar unas horas leyendo rodeada de desconocidos.
No tenía ningún plan más.
Solo quería salir de casa.
La biblioteca estaba mucho más llena de lo que había imaginado.
Había estudiantes trabajando, personas leyendo, parejas conversando en voz baja y varias mesas ocupadas.
Después de dar unas vueltas, encontré una pequeña mesa para dos.
Perfecto.
Me senté, pedí un café y saqué el libro que había elegido.
El talento de Mr. Ripley.
Había escuchado hablar de él varias veces y llevaba tiempo queriendo leerlo.
Abrí el libro.
Y desaparecí.
Eso era lo maravilloso de leer.
Podía estar rodeada de personas y sentir que estaba completamente sola.
El tiempo dejó de existir.
Hasta que una voz me hizo levantar la mirada.
—Disculpa.
Alcé los ojos.
Y ahí estaba.
Un chico.
Guapísimo.
Tenía el cabello castaño, ligeramente ondulado, unos ojos verdes que destacaban incluso bajo la luz tenue de la biblioteca y una sonrisa que parecía esconder algo.
No sabía qué.
Pero quería descubrirlo.
—¿Sí?
Señaló la silla que tenía frente a mí.
—Está todo lleno. ¿Te molesta si me siento aquí?
Miré alrededor.
No quedaba prácticamente ningún lugar libre.
—No, claro. Puedes sentarte.
—Gracias.
Se sentó.
Yo volví al libro.
O, mejor dicho, intenté hacerlo.
Porque durante los siguientes minutos fui demasiado consciente de que había alguien sentado frente a mí.
Y no cualquier alguien.
Intenté no mirarlo.
No quería que pensara que me había impresionado.
Aunque me había impresionado.
Muchísimo.
Después de unos minutos, escuché su voz.
—Conozco ese libro.
Levanté la mirada.
—¿Sí?
Señaló mi ejemplar.
—Sí. Es bastante sorprendente cómo termina. La historia en general es muy emocionante.
Lo miré con desconfianza.
—¿Me acabas de hacer spoiler?
Se rio.
—No. Te prometo que no.
—Más te vale.
—Aunque ahora tengo curiosidad.
—¿Por qué?
—¿En qué página vas?
Miré el libro.
—En esta.
Se inclinó ligeramente para ver el número.
—Vaya.
—¿Qué?
—Has avanzado bastante.
—Lo empecé hoy.
Me miró sorprendido.
—¿Hoy?
Asentí.
—Siempre me ha gustado leer.
—Eso ya lo veo.
—Cuando un libro me atrapa, puedo terminarlo el mismo día.
—¿En serio?
—Sí.
—Entonces supongo que no debería molestarte demasiado.
—Depende.
—¿De qué?
—De si vas a seguir hablando.
Se rio.
—Entendido.
Volví a mirar el libro.
Pero unos segundos después volvió a hablar.
—A mí también me gustan los romances.
Lo miré.
—¿De verdad?
—Sí.