A la mañana siguiente desperté bastante temprano.
Durante unos segundos me quedé mirando el techo, intentando recordar qué había soñado.
Entonces lo recordé.
La biblioteca.
El libro.
Y él.
David.
Sonreí antes de poder evitarlo.
—Qué tontería —murmuré.
Me levanté de la cama y bajé a preparar el desayuno.
La casa estaba silenciosa.
Mis padres ya se habían ido a trabajar.
Jade seguía en Italia.
Y yo estaba completamente sola.
Mientras desayunaba, pensé en lo ocurrido el día anterior.
Había sido bonito.
Muy bonito.
Pero no quería hacerme demasiadas ilusiones.
La vida era así.
Un día podías conocer a alguien maravilloso y pensar que quizá volverías a verlo.
Y al siguiente, esa persona podía desaparecer de tu vida como si nunca hubiera existido.
Así que decidí no esperar nada.
Si volvía a encontrarme con David, genial.
Y si no…
Bueno.
Había sido una tarde bonita.
Nada más.
Al menos eso me repetía.
Después de desayunar me arreglé y volví a la biblioteca.
No iba esperando encontrarlo.
De hecho, intentaba convencerme de que ni siquiera estaba pensando en él.
La biblioteca estaba tan llena como el día anterior.
Quizá incluso más.
Miré alrededor buscando alguna mesa libre.
Nada.
Ni una.
Suspiré.
Bueno.
Supongo que ese era mi destino.
Me acerqué al mostrador con el libro que había estado leyendo el día anterior.
El encargado lo miró y después me miró a mí.
—Señorita, ¿usted también estuvo ayer?
—Sí.
—¿Leyendo este libro?
Asentí.
—Sí. Pero ayer no lo terminé y quería continuar hoy.
Él tomó el libro.
—Puede llevárselo.
—¿Como préstamo?
—Sí.
Hizo una pequeña pausa.
—Aunque también tenemos la opción de comprarlo.
Lo miré sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. Hace poco incorporamos esa opción.
Miré el libro.
Después al hombre.
—Entonces me lo llevo.
Sonreí.
—La verdad es que me está gustando mucho.
Pagué y salí de la biblioteca con el libro entre las manos.
No había conseguido una mesa.
Pero al menos ahora tenía mi propio ejemplar.
Justo frente a la biblioteca había un pequeño parque.
Había árboles enormes, algunos bancos y una zona donde varios niños jugaban.
Encontré un lugar tranquilo debajo de un árbol.
Me senté.
Abrí mi libro.
Y volví a entrar en la historia.
No había pasado demasiado tiempo cuando escuché una voz.
—¿Me puedo sentar?
Levanté la mirada.
Y casi me reí.
—¿Tú otra vez?
David sonrió.
—¿Qué? ¿No te alegras de verme?
—No sé.
—Yo creo que sí.
—Eres bastante confiado.
—Es el destino, ¿no crees?
Lo miré durante unos segundos.
—Puede ser.
Se sentó a mi lado.
Miró el libro que tenía entre las manos.
—Pensé que ya lo habías terminado ayer.
—No.
Le mostré la portada.
—Me faltaba un poco.
—¿Y por qué lo compraste?
—Porque me está gustando mucho.
—Entonces supongo que valió la pena.
—Sí.
David se quedó mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que estás pensando algo.
Sonrió.
—Estaba pensando que eres bastante diferente a lo que imaginaba.
—¿Y qué imaginabas?
—No sé.
—Eso no responde.
—Pensaba que serías más seria.
—¿Y no lo soy?
—No demasiado.
—Qué decepción.
—No.
Sonrió.
—Me gusta más así.
Sentí que me sonrojaba.
Así que bajé la mirada hacia el libro.
—¿Y tú qué haces aquí?
—Vine a buscarte.
Levanté los ojos.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Quería verte.
No supe qué responder.
Así que fingí concentrarme en mi libro.
David soltó una pequeña risa.
—¿Quieres hacer algo?
—¿Como qué?
—Podemos ir por un helado.
Pensé unos segundos.
—O…
—¿O?
—Podemos ir a jugar maquinitas.
Lo miré.
—¿En serio?
—¿Por qué no?
Sonreí.
—Vale.
Terminamos en una pequeña feria que había cerca.
Había luces por todas partes, puestos de comida, juegos y máquinas.
David parecía disfrutarlo tanto como yo.
Jugamos varias partidas.
Nos reímos cuando ninguno de los dos conseguía ganar.
Y después caminamos entre los puestos.
Hasta que vi algo.
Peluches.
Había una pared entera llena de ellos.
Me quedé mirándolos.
Solo unos segundos.
Pero David se dio cuenta.
—¿Lo quieres?
Aparté inmediatamente la mirada.
—¿Qué?
—Ese.
Señaló uno.
—No.
—Te gusta.
—No.
—Te quedaste mirándolo.
—Solo estaba viendo.
—¿Lo quieres?
—No.
—¿Por qué?
Me crucé de brazos.
—Porque, ¿qué chica de dieciséis años ves comprando peluches?
David me miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Tú.
—¿Qué?
—Tú eres única.
Y antes de que pudiera responder, se acercó al puesto.
—¿Cuánto cuesta ese?
—David…
Él lo compró.
Cuando regresó, me lo extendió.
—Toma.
Lo miré.
Después miré el peluche.
—No tenías que hacerlo.
—Ya lo hice.
Lo recibí lentamente.
—Gracias.
—De nada.
Sonreí.
Y por alguna razón, ese pequeño regalo significó muchísimo más de lo que debería.
No era el peluche.
Era el hecho de que había notado que lo quería.
Incluso cuando yo había intentado ocultarlo.
Cuando comenzó a hacerse tarde, decidimos regresar.
Caminamos juntos durante un rato.
—Gracias por hoy —le dije.
—Gracias a ti.
—Me divertí mucho.
—Yo también.