Todas las formas de perderte

Cap 7

No podía creer que David y yo ya lleváramos tres meses juntos.

Tres meses.

Parecía poco tiempo cuando lo decía en voz alta, pero para mí significaba muchísimo.

Ya conocía a su mamá. Había estado varias veces en su casa, conocía su habitación, sus costumbres y hasta sabía qué cosas conseguían hacerlo perder la paciencia.

Él también conocía a mis padres.

Aunque, siendo sincera, ellos no habían mostrado demasiado entusiasmo cuando se los presenté.

David, en cambio, sí había querido conocerlos.

Y quizá por eso decidí presentárselo.

Con David todo parecía más bonito.

Más sencillo.

Más… rosa.

Incluso Jade se burlaba de mí.

—Estás insoportable.

—¿Por qué?

—Porque estás feliz.

—¿Y eso es malo?

—No. Es raro.

Le lancé un cojín.

Ella se rio.

Pero tenía razón.

Yo estaba feliz.

Muchísimo.

Aunque había algo que nunca le contaba.

A veces, muy en el fondo, pensaba en Marcos.

Me preguntaba cómo estaría en ese otro país.

Si habría encontrado a alguien.

Si alguna vez se acordaría de mí.

Pero nunca le escribí.

Nunca lo llamé.

Porque ahora tenía novio.

Y para mí eso significaba algo.

David era lo único que importaba.

O, al menos, eso quería creer.

Una tarde estaba en casa de David.

Su mamá estaba abajo, en la sala.

Nosotros estábamos en su habitación, hablando de cualquier cosa.

La puerta estaba entreabierta.

David se levantó y la cerró.

Con pestillo.

Lo miré, sintiendo un vuelco juguetón en el estómago.

—¿Por qué la cierras?

—Porque quiero estar contigo sin que mi mamá aparezca cada cinco minutos.

Me reí.

—Eres terrible.

—Lo sé.

Se acercó a mí, acortando el espacio en la cama.

Y nos besamos.

No fue algo nuevo.

A esas alturas ya conocíamos perfectamente aquella sensación.

Pero ese día hubo algo diferente.

Quizá porque nuestra relación había dejado de sentirse como algo nuevo.

Ya existía confianza.

Cariño.

Intimidad.

David era atento. Detallista. Cariñoso.

Y también sabía ser pícaro cuando nos quedábamos a solas.

Sus manos, siempre cálidas, dejaron de conformarse con mis mejillas y empezaron a bajar. Recorrieron mi cuello, haciéndome temblar, hasta colarse por debajo de mi playera. El roce de sus dedos contra mi piel desnuda me cortaba la respiración. Me encantaba cómo me buscaba, la urgencia suave con la que me quitaba la ropa, como si yo fuera lo más valioso del mundo.

Cuando nos entregábamos el uno al otro, todo se volvía extrañamente pacífico.

Hacer el amor con él era perder la noción de dónde terminaba mi cuerpo y dónde empezaba el suyo.

Me gustaba enterrar las manos en su espalda, sentir el ritmo constante de sus movimientos y ese calor intenso que nos envolvía debajo de las sábanas. Él se tomaba su tiempo. Le gustaba mirarme a los ojos, besar mis labios húmedos y susurrarme cosas bonitas al oído mientras me poseía despacio, haciéndome arquear la cadera hacia él.

Ponlo así: nos sentíamos conectados.

Yo sentía que era parte de él.

Cada gemido bajito que se me escapaba, cada caricia atrevida que nos dábamos a escondidas de su mamá, me hacía creer que estábamos unidos por un hilo invisible. Era una sensación de pertenencia que, a mis diecéis años, yo confundía fácilmente con la certeza de que aquello duraría para siempre.

David siempre encontraba alguna manera de hacerme sentir especial.

Y para qué mentir…

me sentía completamente feliz a su lado.

A esa edad creía que eso era suficiente para saber que una persona era la correcta.

Todavía no sabía que puedes amar a alguien profundamente…

y aun así no estar destinada a quedarte con esa persona para siempre.

No imaginaba las vueltas que daría la vida, ni el secreto que David descubriría sobre sí mismo más adelante. En ese entonces, bajo el calor de su habitación, yo solo era una niña de dieciséis años convencida de haber encontrado su lugar en el mundo.




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