Capítulo 8
Lo que creíamos que sería para siempre
Cuando cumplimos seis meses, empecé a pensar que quizá había encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
Estabilidad.
Con David todo se había vuelto cotidiano.
Y, por alguna razón, eso me hacía feliz.
Ya no necesitábamos inventar excusas para vernos. Podíamos pasar una tarde entera juntos sin hacer absolutamente nada y aun así sentir que habíamos aprovechado el día.
A veces estudiábamos juntos.
Bueno…
Yo estudiaba.
David decía que estudiaba.
En realidad, pasaba más tiempo molestándome que leyendo.
—Deja de mirarme —le dije una tarde.
—No te estoy mirando.
—Llevas cinco minutos mirándome.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
—En que cuando te concentras arrugas la nariz.
Levanté la mirada.
—Yo no hago eso.
—Sí haces eso.
—No.
—Sí.
—David.
Se rio.
—Está bien. No lo haces.
—Gracias.
Volví a mi cuaderno.
Y unos segundos después sentí que me besaba la frente.
Sonreí sin levantar la mirada.
Ese tipo de cosas eran las que me hacían quererlo.
No eran grandes declaraciones.
No eran flores todos los días ni promesas imposibles.
Eran pequeños detalles.
David recordaba cómo me gustaba el café.
Sabía qué canciones me ponían de buen humor.
Sabía cuándo estaba triste aunque yo dijera que no me pasaba nada.
Y, sobre todo, me escuchaba.
Creo que después de Marcos, eso era algo que necesitaba.
Sentir que alguien realmente quería conocerme.
Jade también había notado el cambio.
Una tarde estábamos juntas cuando me miró con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien.
—Estás enamorada.
—No.
—Sí.
—No.
—Apolonia, llevas diez minutos sonriendo mientras miras tu teléfono.
Bajé el teléfono.
—Me escribió David.
—Exactamente.
—Eso no significa nada.
—Claro.
Me miró unos segundos.
—¿Eres feliz?
La pregunta me tomó desprevenida.
—Sí.
Y no tuve que pensarlo.
—Mucho.
Jade sonrió.
—Entonces me alegro por ti.
La abracé.
—Gracias.
—Pero si algún día te hace llorar, lo mato.
Me reí.
—No va a pasar.
Lo dije con una seguridad que ahora me resulta casi inocente.
Porque a los dieciséis años uno cree que cuando algo funciona, funcionará para siempre.
No sabía que algunas historias no terminan porque alguien deje de querer.
A veces terminan porque la vida tiene una manera extraña de poner límites incluso donde nosotros no los vemos.
David y yo también discutíamos.
Por supuesto que lo hacíamos.
No éramos una pareja perfecta.
Un día tuvimos una discusión bastante tonta porque él había cancelado una salida que teníamos planeada.
Yo estaba molesta.
Él intentaba explicarme que había surgido algo con su familia.
—Podrías habérmelo dicho antes.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué no lo hiciste?
—Porque pensé que podía solucionarlo y llegar a tiempo.
—Pues no llegaste.
David suspiró.
—Tienes razón.
Eso me desarmó.
—¿Ya?
—¿Ya qué?
—¿No vas a discutir conmigo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque estás enfadada y yo tuve la culpa.
Lo miré.
—Eres desesperante.
—¿Por qué?
—Porque no puedo seguir enfadada contigo si haces eso.
Sonrió.
—Entonces funcionó.
Le lancé un cojín.
Y terminamos riéndonos.
Aquella noche me abrazó antes de irme.
—No quiero que te vayas enfadada conmigo.
—No estoy enfadada.
—¿Segura?
—Segura.
Me besó en la frente.
Y pensé que así debían sentirse las relaciones sanas.
Dos personas que podían equivocarse y aun así encontrar el camino de regreso.
Había, sin embargo, pequeñas cosas que yo no entendía.
Cosas que, en aquel momento, simplemente dejaba pasar.
Una tarde estábamos caminando cuando pasaron unos chicos de nuestra edad.
David los miró.
Solo unos segundos.
Pero los miró.
Yo seguí caminando.
No pensé demasiado en ello.
Otra vez, mientras hablábamos de relaciones anteriores, le pregunté:
—¿Alguna vez estuviste enamorado antes que de mí?
David tardó un poco en responder.
—No de la manera que tú piensas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
Sonrió.
—Que nunca tuve una relación como esta.
Aquella respuesta me tranquilizó.
No tenía razones para desconfiar.
Además, ¿por qué habría de hacerlo?
David me quería.
O al menos eso era lo que yo creía.
Y lo más extraño es que no estaba equivocada.
Me quería.
Solo que todavía no comprendía de qué manera.
Pasaron los meses.
Y cuanto más tiempo pasaba con él, más convencida estaba de que aquello era real.
Una tarde estábamos sentados en un banco, compartiendo un helado.
David me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
—En nosotros.
Sonreí.
—¿Y qué pensabas?
Se quedó callado unos segundos.
Después tomó mi mano.
—Que me gustaría que siguieras en mi vida durante mucho tiempo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Cuánto es mucho?
Sonrió.
—Muchísimo.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
Y cerré los ojos.
Si alguien me hubiera preguntado en ese momento cuánto tiempo iba a estar con David, habría respondido sin dudar:
para siempre.
Porque cuando tienes dieciséis años y alguien te hace sentir querida, escuchada y segura…
¿cómo puedes imaginar que un día descubrirás que existe una parte de esa persona que nunca pudiste conocer?
Yo todavía no lo sabía.
Todavía no sabía que David guardaba un secreto.