Capítulo 9
Lo que vi
Hay cosas que uno descubre poco a poco.
Y hay otras que te caen encima de golpe.
Lo mío con David fue lo segundo.
Todo empezó con un mensaje.
Estábamos juntos en su habitación cuando él dejó el teléfono sobre la cama para ir a buscar algo a la cocina.
No estaba intentando revisar sus conversaciones.
De verdad que no.
Pero la pantalla se encendió.
Y vi un nombre.
Daniel.
No le habría dado importancia.
Hasta que leí la primera línea del mensaje.
Entonces nos vemos el viernes. Como siempre.
Sentí una pequeña incomodidad.
No sabía por qué.
Quizá porque no recordaba que David hubiera mencionado que iba a verse con él.
Tomé el teléfono.
No para revisar todo.
Solo para entender.
Había otro mensaje.
Daniel: ¿A las ocho?
David: Sí. Ven cuando quieras.
Me quedé mirando la pantalla.
No había nada romántico.
Nada que demostrara una infidelidad.
Nada que justificara mis pensamientos.
Así que dejé el teléfono exactamente donde estaba.
Cuando David regresó, actué como si nada hubiera ocurrido.
Pero algo había cambiado.
Yo ya no podía dejar de pensar en aquella conversación.
El viernes llegó.
Y David me había dicho que estaría ocupado.
No me explicó demasiado.
Yo tampoco pregunté.
Pero durante todo el día tuve una sensación horrible.
Una de esas sensaciones que intentas ignorar porque prefieres pensar que eres paranoica antes que aceptar que quizá estás viendo algo que no quieres ver.
A las siete y media estaba frente a su casa.
No le había avisado.
Quería sorprenderlo.
Eso me decía a mí misma.
Quizá simplemente quería verlo.
Quizá quería demostrarle que no estaba molesta.
Quizá…
No sé.
Creo que una parte de mí necesitaba comprobar que no había nada extraño.
Toqué el timbre.
Nadie respondió.
Probé otra vez.
Nada.
La puerta estaba cerrada, pero sabía que David solía dejar una copia de la llave en un lugar específico.
La encontré.
Entré.
La casa estaba demasiado silenciosa.
—¿David?
Nadie respondió.
Subí las escaleras.
Y entonces escuché voces.
Me detuve.
No entendía lo que decían.
Seguí caminando.
Hasta llegar frente a su habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Y entonces lo vi.
David estaba allí.
Con Daniel.
No estaban hablando.
No estaban riéndose.
No estaban simplemente sentados juntos.
Se estaban besando.
Me quedé completamente inmóvil.
Sentí que el mundo se detenía.
No pude respirar.
No pude moverme.
No pude siquiera llorar.
Solo los miraba.
David tenía una mano sobre el rostro de Daniel.
Y en aquel instante entendí todas aquellas pequeñas cosas que había intentado ignorar.
Las miradas.
Las sonrisas.
La manera en que hablaba de él.
Todo.
Todo tenía sentido.
Daniel fue el primero en verme.
Se separó inmediatamente.
David giró la cabeza.
Y cuando me vio…
Su rostro cambió por completo.
—Apolonia…
No respondí.
—Apolonia, espera.
Retrocedí un paso.
—No.
—Déjame explicarte.
Solté una risa.
No porque me hiciera gracia.
Porque no sabía qué otra cosa hacer.
—¿Explicarme qué?
David se acercó.
—No es lo que parece.
Lo miré.
—Te acabo de ver besándolo.
Se quedó callado.
—¿Qué parte no es lo que parece?
No respondió.
Daniel bajó la mirada.
Yo sentía que las lágrimas finalmente comenzaban a caer.
—¿Desde cuándo?
David cerró los ojos.
—No es así.
—¿Desde cuándo, David?
—Apolonia…
—¡¿Desde cuándo?!
Mi voz se quebró.
David dio un paso hacia mí.
—Por favor.
—No me toques.
Se detuvo.
Lo miré durante unos segundos.
Y entonces pregunté lo único que realmente necesitaba saber.
—¿Me querías?
David comenzó a llorar.
—Sí.
—Entonces ¿por qué?
—Porque…
No pudo terminar.
Y ahí entendí que aquello no era una historia sobre una chica que había sido reemplazada por otra persona.
Era algo mucho más complicado.
David no había encontrado a otra chica.
Había encontrado una parte de sí mismo que llevaba demasiado tiempo intentando esconder.
Y yo…
Yo había estado en medio de esa lucha sin siquiera saberlo.
—¿Eres gay?
David levantó lentamente la mirada.
Y después de unos segundos…
Asintió.
Sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.
No porque él fuera gay.
Nunca podría odiarlo por eso.
Me dolía porque durante más de un año había construido una vida junto a alguien que, aunque me quería, nunca podría quererme de la manera en que yo necesitaba.
—Lo siento —susurró.
Me limpié las lágrimas.
—Yo también.
Y me fui.
Sin gritar.
Sin insultarlo.
Sin golpear ninguna puerta.
Simplemente me fui.
Porque algunas veces, cuando alguien te rompe el corazón, no necesitas hacer ruido.
Solo necesitas salir de allí antes de romperte tú también.