David y yo volvimos a hablar unas semanas después.
Me pidió perdón otra vez, con los ojos rojos y la voz temblando.
Me dijo que no quería perderme.
Que quería que siguiéramos siendo amigos.
Yo acepté.
Estaba profundamente dolida, rota por dentro.
Pero acepté porque lo quería y, en el fondo, no quería que él se sintiera peor de lo que ya se sentía. Su propia culpa ya era un castigo suficiente.
Sin embargo, antes de transformarnos en amigos, tuvimos una última noche.
Fue una noche de pasión intensa, desesperada.
Fue una despedida sin palabras.
Una forma de entregarnos lo último que nos quedaba de nuestra antigua vida, sabiendo que al amanecer todo cambiaría para siempre.
Nos besamos como si el tiempo pudiera detenerse.
Pero el tiempo no se detiene.
Después de esa noche, soltamos el pasado y seguimos con nuestras vidas.
Pasé unos cinco o seis meses soltera.
Completamente sola por primera vez en mucho tiempo.
Decidí que ya era hora de dedicarme a mí, de curar mis propias heridas.
Empecé a hacer deporte para cansar al cuerpo y callar a la mente.
Me sumergí en los libros.
Ya era tiempo de elegir una carrera, de construir un futuro que dependiera únicamente de mí.
Después de pensarlo mucho, me decidí por el Secretariado Ejecutivo de Alta Gerencia. Quería enfocarme en la gestión administrativa de primer nivel, un camino exigente que me abriría las puertas a las firmas más importantes del país. Quería ser fuerte, independiente y capaz.
Parecía que mi vida finalmente se estaba acomodando. Estaba bien.
Por supuesto, nada de esto lo hice sola.
Jade, mi mejor amiga, estuvo allí en cada paso del proceso. Me sostuvo cuando no quería levantarme de la cama y celebró cada una de mis pequeñas victorias.
A través de ella, me volví muy cercana a su hermano, Jaden.
Jaden se convirtió rápidamente en un apoyo fundamental, un muy buen amigo que sabía exactamente cómo hacerme reír cuando el día se ponía gris.
Llegó una época hermosa en la que salíamos solamente los tres.
Íbamos al cine, caminábamos por la ciudad, inventábamos planes cualquier día de la semana.
Me divertía muchísimo.
Por primera vez en años, disfruté de verdad mi soltería. Sentía que me estaba recuperando, que el horizonte se aclaraba.
Estaba en paz.
Hasta que conocí a Polo.