Todas las formas de perderte

Cap 11

Jade también había encontrado su propio camino.

Decidió estudiar Acondicionamiento Físico, una carrera que le iba como anillo al dedo por su energía inagotable y esa necesidad que siempre había tenido de motivar a los demás.

Y, como era de esperarse, terminó convirtiéndose en mi entrenadora personal.

Aunque, siendo completamente sincera, creo que también lo hacía porque era una excusa perfecta para pasar más tiempo juntas.

—Tienes que salir de tu zona de confort —me repetía constantemente.

—Mi zona de confort está perfectamente bien donde está.

—Por eso mismo tienes que salir de ella.

Una tarde de martes consiguió arrastrarme a un centro deportivo de alto rendimiento donde estaba realizando algunas de sus prácticas.

El lugar estaba lleno de movimiento.

Se escuchaba el eco de las zapatillas contra el suelo, las voces de los entrenadores, el golpe de algunos balones y, de fondo, la música que sonaba desde los altavoces.

Jade se encontró con uno de sus profesores y me pidió que esperara unos minutos.

—No te vayas.

—¿Adónde quieres que vaya?

—No sé. Tú eres capaz de desaparecer.

—Eso lo aprendí de ti.

Se rio y se fue.

Yo me quedé cerca de la zona de atletismo, observando la pista sin demasiado interés.

Hasta que, de repente, alguien chocó directamente contra mi hombro.

—¡Cuidado!

Perdí el equilibrio.

Pero antes de caer, unos brazos firmes me sujetaron por la cintura.

—Lo siento muchísimo —dijo una voz masculina, ligeramente agitada por el esfuerzo—. Venía distraído.

Levanté la mirada.

Y entonces lo vi.

Tenía unos ojos verdes intensos que parecían todavía más llamativos bajo las luces del gimnasio. El cabello castaño oscuro estaba ligeramente desordenado por el ejercicio y llevaba esa expresión entre segura y divertida que hacía que pareciera que siempre estaba a punto de decir alguna cosa que me haría reír.

Era guapo.

Muchísimo.

Pero no de una manera artificial.

Tenía el cuerpo atlético y definido de alguien que realmente practicaba deporte, no de alguien que simplemente pasaba horas frente a un espejo.

Y había algo en su mirada.

Una seguridad tranquila.

Como si estuviera completamente cómodo en cualquier lugar.

Cuando finalmente me soltó, sentí un extraño calor en la piel.

Hacía meses que un simple contacto no conseguía provocarme algo parecido.

—Estoy bien —dije rápidamente—. No te preocupes.

Me acomodé el bolso, intentando fingir que mi corazón no acababa de acelerarse.

—Menos mal.

Sonrió.

—Soy Polo.

Extendió la mano.

—Apolonia.

—Bonito nombre.

—Gracias.

—Y para compensarte el susto…

Señaló hacia la cafetería del centro deportivo.

—Te invito a un batido.

Lo miré.

—¿Un batido?

—O un café, si prefieres algo menos deportivo.

Sonreí.

—Café.

—Perfecto.

Pero antes de que pudiéramos movernos, escuché una voz detrás de nosotros.

—¡Vaya!

Me giré.

Jade venía caminando hacia nosotros con una sonrisa que conocía demasiado bien.

En cuanto vio a Polo, sus ojos se abrieron un poco.

Y después apareció esa sonrisa.

La sonrisa de Jade alcahueta.

—¡Polo! Veo que ya conociste a mi mejor amiga.

—Sí —respondió él—. Creo que casi la mato.

—¡No exageres!

—Fue un accidente —dije.

Jade me dio un pequeño codazo.

—Claro. Un accidente.

La miré con advertencia.

—Jade…

—¿Qué?

Se giró hacia Polo.

—Bueno, yo justo tengo que revisar unas fichas con mi profesor.

—¿Ahora? —pregunté.

—Sí.

—Pero hace cinco minutos dijiste que…

—Ya me acordé.

—Jade.

—Disfruten el café.

Y antes de que pudiera detenerla, se alejó.

—¡Jade!

Ella solamente levantó una mano y siguió caminando.

Polo soltó una pequeña carcajada.

—Creo que nos abandonó.

—Definitivamente.

—Entonces supongo que tendremos que aprovecharlo.

Caminamos hacia la cafetería.

Mientras avanzábamos, hablamos de cosas completamente normales.

Del centro deportivo.

De Jade.

De lo insoportable que podía llegar a ser.

—No le digas que dije eso —le advertí.

—No pienso hacerlo.

—Bien.

—Aunque probablemente ya lo sabe.

Me reí.

Y fue extraño.

Porque apenas lo conocía.

Sin embargo, hablar con él resultaba fácil.

No sentía que tuviera que esforzarme para mantener una conversación.

Polo simplemente tenía esa facilidad para hacer que las personas se sintieran cómodas.

En cierto momento me miró de reojo.

—Oye.

—¿Qué?

—¿Qué edad tienes?

La pregunta me tomó un poco desprevenida.

—Diecisiete.

Sus cejas se levantaron ligeramente.

—¿Diecisiete?

—Sí.

Sonreí.

—Pero ya voy a cumplir dieciocho dentro de poco.

—Ah…

Se quedó pensando un segundo.

—Entonces todavía eres una niña.

Lo miré con indignación.

—¿Perdón?

Se echó a reír.

—Estoy bromeando.

—Más te vale.

—¿Cuándo cumples dieciocho?

—En unos meses.

—Entonces todavía tengo tiempo para acostumbrarme.

—¿A qué?

—A que eres menor que yo.

Lo miré con curiosidad.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Cuántos años tienes?

Polo sonrió.

—Veintidós.

Hubo un pequeño silencio.

Quizá estaba esperando mi reacción.

—Espero que no te moleste —dijo finalmente.

Negué con la cabeza.

—No me molesta.

—¿Segura?

—Sí.

Sonrió.

—Bien.

Continuamos caminando.

Y en ese momento no pensé demasiado en aquella diferencia de edad.

Diecisiete y veintidós.

Cinco años.

Para mí no parecía importante.

Después de todo, acababa de conocerlo.




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