A partir de esa tarde en la cafetería, los días empezaron a correr con una velocidad y una ligereza que ya casi había olvidado. Las cosas con Polo avanzaron con una naturalidad hermosa, como si el destino se estuviera encargando de curar a toda prisa lo que el pasado había roto. Nos llevamos muy bien desde el primer momento; la química entre los dos era algo innegable que flotaba en el aire cada vez que estábamos cerca, y todo fluía sin el más mínimo esfuerzo. Ya no había silencios incómodos ni miedos ocultos. La felicidad se instaló en nuestras vidas de una forma tan plena y madura que Polo, sin dudarlo ni dar rodeos, me miró una tarde a los ojos y me dijo de frente que quería conocer a mis papás. Quería hacer las cosas bien. Yo acepté encantada, con el corazón dándome un vuelco de alegría, y poco después también tuve la oportunidad de conocer a la familia de él. El encuentro con ambas partes fue maravilloso; nos recibieron con los brazos abiertos, llenando nuestros encuentros de risas, cenas compartidas y una calidez que me hacía sentir que, por fin, estaba en el lugar correcto. Todo era perfecto y feliz.
Polo se convirtió rápidamente en mi apoyo fundamental y en mi mayor admirador. Me apoyaba incondicionalmente en cada paso de mis estudios de Secretariado Ejecutivo de Alta Gerencia. Le fascinaba escucharme hablar sobre mis proyectos de organización, mis planes de liderazgo y cómo me preparaba para el exigente mundo corporativo. Lejos de intimidarse por mis ambiciones, él celebraba mis ganas de comerme el mundo y se encargaba de recordarme, cada vez que el cansancio aparecía, lo lejos que iba a llegar en la vida. Pero además de ser un hombre sumamente atento y protector, Polo era increíblemente cariñoso y de una sensualidad desbordante. Le encantaba demostrarme físicamente lo que sentía y el efecto que yo causaba en él. Nunca buscaba excusas complicadas: siempre encontraba el momento perfecto para robarme un beso lento en medio de la calle, para delinear la curva de mi cintura con la palma de sus manos mientras caminábamos, o para acariciar la línea de mi cuello con suavidad, manteniéndome siempre pegada a su cuerpo, haciéndome sentir deseada en cada segundo.
El momento más especial y esperado llegó finalmente el día en que cumplí los 18 años. Polo decidió aprovechar mi mayoría de edad para dejar claras sus intenciones y dar el siguiente paso definitivo. Me preparó una cena romántica a la luz de las velas, cuidando cada detalle, y mirándome con esos ojos verdes tan intensos que brillaban más que nunca, me pidió formalmente que fuera su novia. Sentir su seguridad y la madurez con la que me ofrecía su corazón hizo que el mundo se detuviera. Por supuesto que le dije que sí, con una sonrisa que no me cabía en el rostro y la certeza de que estaba empezando la mejor etapa de mi vida.
Nuestra celebración, sin embargo, no se quedó solo en palabras y promesas. Esa misma noche, la tensión y el deseo acumulado durante meses ganaron la batalla y fui a quedarme a su casa por primera vez. Fue allí donde tuvimos relaciones por primera vez. La habitación se convirtió en un refugio mágico, envuelto en una penumbra cálida y en un deseo salvaje que quemaba la piel con cada roce. Sus manos exploraron mi cuerpo con una mezcla de adoración y urgencia, derritiendo cualquier pizca de timudez que pudiera quedarme. Nos entregamos el uno al otro sin reservas, devorándonos en una danza perfecta de suspiros y caricias profundas. En un momento de complicidad, mientras recuperábamos el aliento con los cuerpos aún entrelazados entre las sábanas de algodón, Polo se apoyó sobre un codo para mirarme con fijeza. Su mirada verde recorrió mi silueta con una devoción absoluta, me acarició suavemente el contorno del pecho y rompió el silencio con una sonrisa pícara y la voz un poco ronca:
—¿Te puedo decir algo? Tienes los pechos más bonitos que he visto en mi vida. Eres perfecta.
Una risa nerviosa, cargada de una coquetería atrevida, escapó de mis labios ante su confesión. Pero no necesité responderle con palabras. En su lugar, decidí tomar la iniciativa: lo agarré con firmeza del cuello de la camisa, jalándolo hacia mí con una audacia que ni yo misma sabía que tenía, y le devolví el juego provocador al morderle suavemente el labio inferior, saboreando su reacción antes de volver a sumergirnos por completo en la pasión de la noche. Mientras me entregaba a su ritmo y sentía sus manos recorriéndome la espalda, una certeza absoluta cruzó mi mente: claro que había deseado a un hombre antes, claro que conocía la pasión, pero jamás en mi vida había deseado a alguien de la forma tan salvaje, profunda y adictiva en que lo deseaba a él. Todo iba de maravilla, atrapados en un romance perfecto donde la ternura más dulce y el fuego más ardiente encajaban a la perfección.