Todas las formas de perderte

Cap 13

Habían pasado ya dos años desde aquella noche en la que Polo me había pedido que fuera su novia. En ese tiempo, muchas cosas habían cambiado, incluyendo el hecho de que decidí dar el gran paso de dejar la casa de mis padres para mudarme con él. Ya convivíamos en nuestro propio departamento. Sin embargo, la burbuja de perfección perfecta del primer año se había roto por completo. Yo ya no era la misma Apolonia de antes; me había vuelto huraña, silenciosa y distante.

Un martes por la tarde, mientras ordenaba la sala, el timbre sonó de imprevisto. Al abrir la puerta, me quedé helada al ver a Jade. Venía con su ropa deportiva, pero su rostro reflejaba una seriedad que me encogió el corazón. Yo llevaba puestos unos lentes oscuros dentro de la casa y una sudadera de mangas largas, a pesar del clima templado.

Jade entró sin pedir permiso, cerrando la puerta detrás de ella. Se cruzó de brazos y me clavó una mirada llena de dolor y frustración.

—¿Qué pasa contigo, Apolonia ? —soltó de golpe, con la voz quebrada—. ¿Por qué ya no me escribes? Ya no me respondes las llamadas, ni siquiera vas a mi casa a visitarme. Te has desaparecido por completo.

—Discúlpame, de verdad —mentí, desviando la mirada y acomodándome los lentes—. He estado muy ocupada con las clases finales de Alta Gerencia y las tareas del departamento, es solo eso. Todo está bien.

—No, no está bien. No eres la misma chica que yo conozco —dijo Jade, dando un paso hacia mí—. Y vine hoy precisamente porque sé perfectamente que Polo no iba a estar aquí a esta hora. Dime la verdad, ¿qué está pasando?

—Te digo que nada, Jade. Estoy bien —insistí, dando un paso atrás.

—Entonces quítate los lentes.

—No. Tengo los ojos un poco irritados por la luz, es todo.

Jade no esperó más. Con la velocidad y la fuerza que le daba su entrenamiento en acondicionamiento físico, dio un paso al frente y me arranchó los lentes de la cara. El silencio que siguió fue sepulcral. Jade ahogó un grito de horror al ver el enorme moretón morado y verdoso que rodeaba mi ojo izquierdo. Sin darme tiempo a reaccionar, me tomó firmemente de las muñecas y me subió las mangas de la sudadera a la fuerza.

Debajo de la tela, mis brazos eran un mapa de marcas: moretones, moretones y más moretones con la forma de unos dedos marcados a presión.

—¿Qué te pasa? —exclamó Jade, con las lágrimas rodando por sus mejillas y la voz temblando de rabia—. ¿Por qué permites esto, Polonia? ¿Por qué dejas que te trate así?

—¡No es lo que piensas! —exclamé, intentando bajarme las mangas desesperadamente, sintiéndome expuesta y avergonzada.

—¿Tú crees que soy una estúpida? —me gritó Jade, tomándome por los hombros con delicadeza pero con firmeza—. ¡Ya me lo imaginaba! Sabía que tu distanciamiento, que no respondieras y que ya no estuvieras conmigo era por él... ¡Por Dios, Polonia! ¿Por qué permites que te haga esto?

Me derrumbé. Me tapé la cara con las manos y me senté en el sofá, rompiendo a llorar con un llanto contenido que llevaba meses ahogándome el pecho. Jade se sentó a mi lado y me abrazó con fuerza. Tras una larga pausa, logré recuperar el aire y empecé a contarle la verdad, una verdad que necesitaba escupir.

Le expliqué que no siempre había sido así. Durante todo el primer año, Polo había sido el hombre perfecto, pero al entrar al segundo año de relación, las cosas cambiaron drásticamente. El monstruo se había desatado. Y no lo decía para justificarlo, sino para que entendiera la terrible dualidad de su carácter. El problema no era diario; el verdadero peligro aparecía cuando Polo tomaba alcohol. El trago y sus celos enfermizos eran sus dos grandes debilidades, una combinación letal.

Llegó un punto en el que yo ya no podía mirar a ningún hombre en la calle, y a veces ya ni siquiera a una mujer, sin que él perdiera los estribos y me hiciera una escena de celos espantosa al llegar a casa. Al principio, la violencia física era esporádica; podía pegarme una vez y luego pasar cuatro o cinco meses siendo el hombre más tierno y arrepentido del mundo, jurando que jamás se repetiría sin volver a tocarme. Pero últimamente, el ciclo se había acelerado. Los golpes eran cada vez más seguidos.

—¿Y si sabes todo eso, por qué sigues aquí? ¿Por qué lo permites? —me suplicó Jade, rota de dolor por mí.

—¡Es que te juro que nunca he amado a alguien como lo he amado a él! —le respondí, desesperada por hacerle entender mi propio infierno—. Es tan difícil, Jade... porque a pesar de que los golpes ahora son más seguidos, también hay tantas cosas buenas que tiene cuando está sobrio. No sé cómo balancear las dos cosas.

Le confesé a mi amiga la forma en que Polo me hacía sentir cuando estábamos bien. Él siempre me impulsaba en mis estudios; me repetía constantemente que yo era una chica increíblemente inteligente, que era capaz de lograr todo lo que me propusiera en la alta gerencia. Nunca dudaba de mi capacidad. Además, me llenaba de detalles: si yo le regalaba una simple camisa o cualquier detalle, se lo ponía al día siguiente con un orgullo inmenso, presumiéndolo ante todos.

La generosidad económica también era su forma de demostrarme amor y de mantenerme atada a él. Hacía unas semanas, caminando por el centro, vi unos tacones hermosos en un escaparate y comenté: "Ay, no me los quiero comprar, están muy caros". Polo ni lo dudó, me tomó de la mano, me metió a la tienda y me dijo: "No, cómpratelos". Cuando yo le reclamé diciéndole: "Pero tú también necesitas zapatos nuevos, los tuyos ya están desgastados", él me miró con una ternura infinita y me respondió: "No importa, yo puedo usar cualquier cosa. Tú eres lo más importante para mí".

—Él me da todo lo que necesito, me apoya, me dice que valgo oro... pero cuando toma, se transforma —concluí, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano, atrapada en esa jaula de oro donde los halagos y los golpes se mezclaban todos los días.




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