Todas las formas de perderte

Cap 14

Jade pasó horas intentando convencerme de que empacara mis cosas y me fuera con ella esa misma tarde, pero no lo logró. El miedo, la culpa y esa absurda esperanza de que Polo cambiaría me mantuvieron anclada al sofá. Al final, rota de frustración, mi amiga tuvo que irse antes de que él regresara.

La noche trajo consigo la peor de mis pesadillas. Polo no llegó solo con el olor a alcohol pegado a la ropa, sino con una mirada sombría. Había hablado con el vigilante del edificio antes de subir.

—Me dijo el de seguridad que vino una muchacha a buscarte —soltó, arrastrando las palabras mientras cerraba la puerta con seguro—. ¿Era Jade? ¡Contéstame! ¿Le estuviste contando nuestras cosas?

El monstruo se desató con una furia que nunca antes había visto. No hubo tiempo para explicaciones ni súplicas. Me tomó del cabello y me estrelló contra la pared. La golpiza que siguió fue brutal, despiadada; descargó toda su furia y sus celos enfermos sobre mí hasta que el dolor se volvió sordo. Me dejó tirada en el suelo de la sala, sangrando y casi inconsciente, al borde del colapso total.

El impacto de lo que había hecho debió asustar al propio Polo cuando la borrachera se le pasó a medias. A la mañana siguiente, temblando de cobardía y sabiendo que yo no podía ni moverme, llamó a Jade desde su trabajo. "Por favor, ayuda a Polonia. Está muy mal", le dijo antes de colgar.

Jade llegó corriendo, asegurándose de no cruzarse con él. Al verme tirada en la cama, ahogó un llanto y comenzó a limpiar mis heridas con manos temblorosas, aplicándome compresas y desinfectante. El silencio se rompió cuando me miró fijamente a los ojos.

—Tú no te mereces esto, te mereces mucho más —me dijo Jade, con una mezcla de rabia y profunda tristeza—. ¿Dónde está la chica que yo conocía, la que siempre seguía adelante? ¿Tú crees que esa Polonia del pasado estaría feliz si te viera ahora? ¿Si hubiera sabido que tu futuro iba a ser este infierno?

Sus palabras me calaron hasta los huesos. En ese instante, recordé todo lo que siempre había querido hacer con mi vida. Académica y laboralmente seguía siendo una estudiante brillante, la mejor de mi clase en Alta Gerencia; era fuerte hacia el exterior, pero en mi propia casa estaba permitiendo que me destruyeran.

—Aunque no lo creas... le tengo mucho miedo, Jade —le confesé en un susurro, con los labios partidos—. No va a ser hoy, ni va a ser mañana... pero te prometo que voy a escapar de él.

Mi amiga me tomó la mano y asintió, sellando un pacto silencioso.

El tiempo siguió su curso. Pasó un año y unos cuantos meses más en los que tuve que aprender a actuar, a fingir una sumisión que no sentía mientras planeaba mi libertad en absoluto secreto. No iba a ser un impulso; usé cada gramo de estrategia, orden y frialdad que había aprendido en mis estudios de Alta Gerencia para diseñar el escape perfecto. Ahorré cada centavo que pude y planifiqué absolutamente todo para irme lejos, muy lejos, donde Polo jamás pudiera alcanzarme: mi destino final sería Milán, Italia.

El momento llegó. Llamé a mi amiga y le di la señal: "Jade, ya estoy lista. Mañana me voy".

En el plan original, Jade iba a ir a recogerme en su auto, pero a última hora decidí cambiarlo. No podía ser egoísta. "No, mejor no te expongo. Si Polo regresa o se da cuenta antes de tiempo, te pondrías en peligro", le dije, decidida a protegerla. Ella lo entendió y, con el corazón en un puño, nos despedimos a la distancia.

Para lograr salir del departamento, utilicé una mentira muy bien ensayada. Le dije a Polo que mi mamá estaba muy enferma y que necesitaba ir a cuidarla unos días. Él, que a pesar de ser dominante y violento no me prohibía ver a mi familia, se preocupó.

—Bueno, entonces te acompaño hasta su casa. ¿Te vas a quedar allá? —preguntó, buscando las llaves de su auto.

—No, por favor —respondí de inmediato, manteniendo una calma fingida que me costó la vida—. Ve a trabajar tranquilo, yo sola puedo ir en un taxi. Mis papás están muy estresados y prefiero llegar sin hacer ruido.

Él aceptó con la condición de que lo llamara en cuanto llegara y que me mantuviera siempre comunicada. Le aseguré que sí con una sonrisa ensayada. Me dio un beso de despedida en la mejilla y se fue. En cuanto la puerta se cerró y escuché el ascensor bajar, el miedo se transformó en pura adrenalina. Tomé la maleta que tenía oculta, bajé al vestíbulo con el corazón latiéndome en la garganta y subí al primer taxi que pasó.

El conductor me miró por el retrovisor y preguntó:

—¿A dónde la llevo, señorita?

Miré por última vez las calles de la ciudad que me había visto sufrir tanto. Esta vez no había dudas ni improvisaciones. Tenía mis boletos comprados desde hacía semanas.

—Al aeropuerto, por favor —le dije con voz clara y firme.

Pocas horas después, me encontraba a miles de pies de altura en un vuelo directo hacia el continente europeo. Mientras el avión cortaba las nubes, sentí cómo un peso enorme se desprendía de mi pecho. Dejaba atrás el maltrato, el miedo y la jaula de oro. Del otro lado del océano me esperaba Milán, la capital de la moda y los grandes negocios, el lienzo en blanco donde comenzaría mi verdadera nueva vida.




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