Todas las formas de perderte

Cap 15

El choque cultural al pisar Milán fue inmediato, pero no me permití flaquear. El aire frío de Lombardía y la imponente arquitectura gótica me recordaron que ya no estaba en mi jaula de oro. Tras hospedarme en un pequeño hostil provisional y con la adrenalina del viaje disminuyendo, la inercia y una extraña necesidad de arraigo me impulsaron a tomar el teléfono. Tenía que avisar que estaba viva, aunque fuera a la mujer que me dio la vida pero que nunca supo realmente cómo criarme.

Marqué el número de mi madre. Al escuchar su voz al otro lado de la línea, un nudo se me formó en la garganta.

—Mamá... soy yo, Polonia —dije, intentando mantener la firmeza—. Solo te llamo para que lo sepas, quiero decirte que ahorita estoy viviendo en Milán, Italia.

Al principio hubo un silencio denso. Mi madre mostró muchísima sorpresa, un desconcierto genuino que se filtraba por la bocina. Sin embargo, como ella nunca había tenido un rol verdaderamente activo o protector en mi vida, su asombro se disipó con una rapidez pasmosa. Ella ni siquiera se imaginaba todo el infierno por el que yo había pasado estos últimos dos años, ni sospechaba que Polo era un hombre violento que casi me mata. Para ella, yo simplemente había tomado una decisión impulsiva de juventud.

—Bueno... está bien, hija —respondió finalmente, con una ligereza que me dolió pero que ya esperaba—. Ah, ya. Está bien... por favor, cuídate. Cualquier cosa, lo que se te ofrezca... aquí estamos.

Corté la comunicación poco después. Mientras guardaba el teléfono, recordé que mi llegada a Milán no había sido una total locura improvisada. Me faltaba apenas un año para terminar mi carrera, y gracias a mis excelentes calificaciones, una profesora de mi universidad me había tendido la mano. Ella movió sus influencias y me consiguió una beca para concluir mis estudios de Alta Gerencia en una prestigiosa institución milanesa. Además, antes de que abordara el avión, me dio una carta de recomendación y me dijo: "Busca a este hombre en cuanto pises Italia".

Su nombre era Leonardo. Era un alto ejecutivo, socio de una de las firmas de consultoría corporativa más importantes de Milán. Leonardo resultó ser un hombre sumamente bondadoso, correcto y con un matrimonio sólido y estable que inspiraba mucha paz. Al ver mis notas y la recomendación de mi profesora, no dudó en darme una oportunidad: me contrató como su Asistente Ejecutiva Junior. Era el trabajo perfecto para empezar a ejercer mi carrera en las grandes ligas.

Pasaron dos semanas desde mi llegada. Estaba instalada en un pequeño y modesto departamento, intentando adaptarme a la rutina del trabajo y la universidad. Una tarde, mientras revisaba unos apuntes, alguien tocó a la puerta.

El sonido me congeló la sangre. El miedo que le tenía a Polo seguía tan vivo dentro de mí que sentí un vuelco violento en el estómago. El pánico me susurró que él ya me había descubierto, que había cruzado el océano para buscarme y terminar lo que empezó. Temblando, me acerqué a la mirilla de la puerta. Al mirar del otro lado, me quedé sin aliento.

No era Polo. Era nada más y nada menos que Jade.

Abrí la puerta de golpe, con los ojos abiertos de par en par, completamente en shock.

—Jade... ¡¿pero qué haces aquí?! ¿Por qué estás aquí? O sea, ¡what?! —exclamé, sin poder articular una frase coherente.

—Ay, ¿de verdad creíste que iba a dejar que te vinieras sola a Europa? ¡Claro que no! —respondió Jade con una enorme sonrisa, entrando con su maleta.

—Pero tú tienes tu vida allá, tus estudios... ¿Cómo hiciste? —le reclamé, entre la felicidad y la preocupación.

—Oye, recuerda que soy brillante —me presumió, guiñándome un ojo—. Hablé con mis profesores y logré un intercambio. Seguiré unos meses más aquí mi carrera de Acondicionamiento Físico, pero me voy a graduar antes de lo que pensaba. Así que todo está saliendo a pedir de boca para mí. Además, no te preocupes por mis gastos; viviré en la casa de una tía mía que reside aquí en Milán. Quería vivir contigo, pero a la vez siento que necesitas un tiempo para estar sola, para sanar y para recapacitar sobre todo lo que pasó.

Al escuchar sus últimas palabras, no pude evitar sentir un pequeño pinchazo; no me ponía muy contenta que me recordaran mi vulnerabilidad, pero la realidad era que estaba inmensamente feliz de tenerla allí conmigo. En ese instante, todo el peso de la soledad se esfumó. Ya no estaba sola en Italia.

Jade me miró con ternura y suavizó la voz:

—Para serte honesta, yo ya pensaba volver a Italia en el futuro. Desde la vez que viajé con mis papás de vacaciones me quedé enamorada de este país... pero ahora tengo una razón mucho mejor y más importante para estar aquí: tú.

Nos fundimos en un abrazo apretado, un abrazo que olía a hogar, a salvación y a un nuevo comienzo para las dos.




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