Todas las formas de perderte

Cap 16

A mis veinte años, mi vida en Milán estaba cobrando una fuerza que jamás imaginé. Estaba tan feliz y realizada con mi puesto de Asistente Ejecutiva Junior que, en más de una ocasión, la tentación cruzó mi mente: "¿Y si dejo de estudiar y me dedico a esto a tiempo completo?". De verdad disfrutaba el ambiente corporativo, la adrenalina de los negocios y sentirme productiva. Sin embargo, la voz de la sensatez ganaba siempre: "No, mejor sigo estudiando", me repetía a mí misma. Sabía que terminar mi carrera de Alta Gerencia era mi boleto hacia una independencia total y definitiva.

Mi desempeño no pasó desapercibido. Un día, el señor Leonardo me sorprendió con una invitación muy especial: quería que fuera a cenar a su casa para presentarme a su esposa, la señora Lía. Acepté con una mezcla de emoción y nervios. Su hogar era un refugio de paz. Lía resultó ser una mujer encantadora y ambos tenían tres hijos preciosos que aún estaban en la adolescencia; puros varoncitos llenos de energía.

La cena transcurrió entre risas, combinando el español, un poco de italiano y algo de inglés para entendernos mejor. Todo iba de maravilla hasta que, en medio de la plática, me hicieron una pregunta inevitable:

—Y dime, Apolonia, ¿qué fue lo que te hizo venir a Italia tan de repente?

Un frío súbito me recorrió la espalda. Me quedé congelada a mitad de un bocado y la incomodidad se reflejó de inmediato en mi rostro. Leonardo y Lía, con esa sensibilidad tan elegante que los caracterizaba, lo notaron al instante. Sin presionarme, cambiaron de tema con una sutileza increíble, devolviendo la ligereza a la mesa.

Ese gesto de respeto me conmovió tanto que, eventualmente y con el paso del tiempo, la confianza venció al miedo. Semanas después, reunida con ellos, me armé de valor y les conté la verdad absoluta: el infierno de los golpes, los celos enfermos y la forma en que tuve que huir de mi propio país para salvar mi vida. Al terminar de hablar, las lágrimas me traicionaron, pero no encontré juicio en sus ojos. En su lugar, ambos se acercaron y me envolvieron en un abrazo profundo, cálido y protector. En ese momento, sentí que me querían muchísimo, casi como a la hija mujer que nunca tuvieron debido a sus tres varones. Me sentí, por primera vez en años, en familia.

Por otro lado, mi relación con Jade seguía siendo inquebrantable. Ella estaba adaptándose de maravilla a sus meses de intercambio en acondicionamiento físico y su presencia era mi cable a tierra.

Una noche, mientras Jade estaba instalada conmigo en mi departamento, decidimos hacer una videollamada con su familia para acortar la distancia. Al conectar la pantalla, aparecieron sus padres y su hermano Jaden. La plática era alegre, llena de bromas sobre la comida italiana, hasta que los señores se alejaron un momento y Jaden se quedó a solas frente a la cámara. Su rostro se tornó serio.

—Chicas, necesito decirles algo importante —comenzó Jaden, mirándome fijamente a través de la pantalla—. Apolonia... Polo te buscó por muchísimo tiempo. De hecho, por lo que sé, posiblemente te siga buscando hasta el día de hoy.

El estómago se me contrajo al escuchar ese nombre. Jade se acercó más a mí, tomándome de la mano.

—Llegó como un loco al barrio —continuó Jaden con la mandíbula tensa—. Fue a buscarte a todas partes. Tus papás no dijeron absolutamente nada, se mantuvieron firmes. Pero el tipo estaba tan desquiciado que hasta a mí me dio mala espina... Les confieso que tuvimos un altercado horrible y me agarré a golpes con él en la calle. Después de eso, no ha vuelto a pararse por aquí. Solo les pido que, por favor, tengan muchísimo cuidado allá.

Colgamos la llamada poco después. Sentada en el sillón de mi sala en Milán, abracé mis rodillas. El miedo seguía ahí, un eco sordo en mi vientre al saber que el monstruo seguía buscando mi rastro. Pero al mirar a Jade a mi lado, y recordar el apoyo de Leonardo y mi trabajo, me recordé que ya no era la chica indefensa del pasado. Estaba a salvo, estaba soltera, y estaba construyendo un futuro que nadie me volvería a arrebatar.




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