Todas las formas de perderte

Cap 17

Un martes por la mañana, mientras revisaba los correos en mi escritorio, la línea parpadeó. Era un cliente importante que solicitaba con urgencia agendar una junta con mi jefe. Busqué un espacio en la agenda, le confirmé la cita y, de inmediato, el intercomunicador sonó. Era el señor Leonardo pidiéndome que, por favor, le llevara unos contratos que acababan de llegar a su oficina.

Giré sobre mi silla, tomé las carpetas de alta gerencia y caminę hacia su despacho. Al entrar y entregarle los documentos, Leonardo me miró con esa sonrisa paternal y tranquila que siempre lograba transmitir tanta paz.

—Gracias, Apolonia —dijo, firmando los papeles—. Oye, una pregunta... ¿Alguna vez has ido a la Toscana?

—No, señor. Nunca —respondí, un poco sorprendida por el cambio de tema.

—¿Pues por qué no? ¿Por qué no vamos? —me lanzó de golpe, recargándose en su sillón—. Mi esposa, Lía, y los niños estamos pensando ir unos días hacia allá. Ahí vive la prima de mi esposa, Katrina, en una zona hermosa, y yo también quiero ver a la familia después de tanto tiempo. Lía me insistió mucho en que te invitara. Es más, me dijo que podías traer a tu amiguita... ¿cómo se llamaba?

—Jade —completé, con los ojos abiertos por la sorpresa.

—Eso, Jade. Si ella quiere, puede venir también. ¿Qué dices? ¿Contamos con tu presencia?

Sintiéndome sumamente conmovida por la calidez y la generosidad de su familia, no pude negarme.

—Claro que sí, señor Leonardo. De mi parte, estoy más que dispuesta a ir. Muchísimas gracias.

—Perfecto, entonces está hecho —asintió él con entusiasmo.

Esa misma tarde llegué corriendo al departamento para darle la noticia a Jade. Sin embargo, mi amiga me miró con una mueca de auténtica frustración. Lamentablemente, no iba a poder acompañarme. Justo ese fin de semana tenía que certificar un taller intensivo obligatorio de primeros auxilios deportivos y evaluar las pruebas físicas de un grupo de atletas en su universidad; si faltaba, perdería el crédito de sus prácticas de Acondicionamiento Físico. Aun así, fiel a su estilo alegre, me abrazó y me deseó que me divirtiera al máximo por las dos.

El día del viaje llegó. Tomamos el tren de alta velocidad desde la Estación Central de Milán con rumbo al sur. El viaje fue simplemente superdivertido. Aunque el trayecto hacia el corazón de la Toscana tomó un par de horas, a mí se me hizo increíblemente rápido. Nos la pasamos platicando, riendo con las ocurrencias de los tres adolescentes y compartiendo anécdotas de negocios con Leonardo y Lía. Ver el paisaje cambiar a través de la ventanilla, pasando del gris industrial de la ciudad a las colinas verdes repletas de viñedos y cipreses, me dio una extraña sensación de libertad.

Cuando finalmente descendimos y llegamos a la hermosa propiedad familiar, la calidez italiana nos envolvió. Lía me recibió con un fuerte abrazo y, de inmediato, nos guió hacia la entrada principal, donde una mujer elegante y de sonrisa idéntica a la de ella nos esperaba.

—Apolonia, te presento a mi prima, Katrina —dijo Lía con entusiasmo.

Katrina me saludó con un beso en cada mejilla y una amabilidad desbordante. Luego, giró el rostro hacia el interior de la casa y llamó a alguien.

—Mira, ven, te presento a mi hijo.

En ese momento, un chico alto y de porte atlético salió al porche. Era Emiliano. Al mirarlo bien, me quedé sin aliento por un segundo; tenía un parecido físico impresionante con Jude Law en su mejor época. Tenía esa misma elegancia británica innata, unas facciones refinadas, el cabello ligeramente texturizado y unos ojos oscuros profundamente expresivos bajo una mirada que desbordaba carisma. Su sonrisa cálida parecía iluminar todo el espacio.

Desde el primer microsegundo en que nuestras miradas se cruzaron, fue evidente que se quedó completamente encantado conmigo; me miró con una fijeza, una sorpresa y un genuino interés que me cortaron la respiración. Se acercó con una caballerosidad impecable, extendiendo su mano para saludarme con absoluta educación.

Sin embargo, a pesar de lo atractivo y sutil que resultaba su magnetismo, la realidad de mi pasado me golpeó con fuerza. Mientras sostenía su mano y su mirada, ese frío familiar del trauma, ese miedo amargo a Polo que siempre vivía agazapado en mi estómago, volvió a instalarse en mi interior. Mis alarmas se encendieron por puro instinto de supervivencia. Emiliano era el reflejo de la perfección, pero yo seguía siendo una chica con demasiadas heridas, atrapada entre el encanto innegable de su presencia y las altísimas barreras de mi propio temor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.