Todas las formas de perderte

Cap 18

Lo que iba a ser un simple fin de semana se convirtió en una trampa perfecta. El cambio climático y las tormentas implacables provocaron un grave accidente en las vías del tren, dejándome varada aquí. Una semana entera. Siete días atrapada bajo el mismo techo que Emiliano.

Para qué negarlo: me parecía guapísimo. Cada vez que me miraba, sentía un vuelco en el estómago, pero me repetía a mí misma una y otra vez que no iba a pasar nada. Tenía que mantener la compostura. El problema era que Emiliano no desperdiciaba ninguna oportunidad para ponerme a prueba.

La tensión acumulada estalló la tarde en que yo estaba de espaldas y, de repente, sentí su cuerpo pegado al mío. Sus manos se posaron directamente en mi trasero. El aire se me escapó de los pulmones y me quedé helada, en shock. Antes de que pudiera reaccionar o protestar, él se inclinó hacia mi oído.

—Shh, shh... —susurró, callándome con esa voz suave que me derretía.

Acto seguido, me dio un beso corto en los labios. Un roce sutil, pero fulminante. Y hasta ahí nomás quedó la cosa. Me moría de la pena y las mejillas me ardían, pero no podía mentirme a mí misma: me había encantado.

Esa misma noche, me acosté vistiendo solo un polo largo y mi calzón para dormir. Intentaba conciliar el sueño con el ruido de la lluvia, cuando sentí que la cama se hundía a mis espaldas. Alguien acababa de entrar a mi habitación. El pánico me congeló y quise gritar, pero una mano firme y cálida me tapó la boca de inmediato.

—Soy yo, tranquila —escuché su voz en la penumbra.

Al darme cuenta de que era Emiliano, solté un suspiro largo. Mi corazón iba a mil por hora.

—Ay, me asustaste —le reclamé, tratando de regular mi respiración.

—Lo siento —dijo él, acomodándose justo detrás de mí. En la oscuridad, noté que estaba sin camisa, llevando solo sus pantalones de dormir. Su piel caliente contra la mía me erizó el vello—. Es que la verdad no puedo resistir estar lejos de ti si es que sigues en mi casa.

Tragué saliva, sintiendo el peso de sus palabras.

—¿Entonces quieres que me vaya? —le pregunté en un hilo de voz.

—Al contrario... Quisiera que te quedaras aquí para siempre.

Esas palabras desarmaron cualquier defensa que me quedara. Emiliano se acercó más y empezó a besarme la orejita, bajando lentamente por mi cuellito, haciéndome temblar, hasta que sus labios encontraron los míos. Al principio intenté no corresponderle del todo. Apoyé mis manos en su pecho firme, intentando poner una barrera física y mental.

—¿Qué haces? —le pregunté, con la voz entrecortada.

—Algo que los dos queremos —respondió él contra mis labios.

Y tenía razón. Dejé de luchar. Nos seguimos besando, perdiendo el control en una cadena de besos cada vez más intensos. El deseo de Emiliano era evidente, casi palpable. De pronto, sentí su mano colarse por debajo de mi polo largo. Subió hasta mis pechos y empezó a masajearlos con una urgencia que terminó por encendernos a ambos. Nos dejamos llevar por completo, entregándonos a una noche agitada donde el resto del mundo desapareció.

Sin embargo, cuando terminó, él se vistió y se fue a su cuarto.

Al amanecer, me desperté con una sensación horrible en el pecho. Me sentía mal, extraña, con la mente llena de dudas. «¿Cómo hice esto si ni siquiera es mi pareja?», me recriminaba a mí misma mientras miraba el techo. Me sentía un poco utilizada, como si él solo hubiera entrado a quitarse las ganas conmigo y ya.

A media mañana, escuché que los mayores habían salido a pasear y sus hermanas estaban abajo, en la sala y cuidando a los animales. La casa estaba en silencio. De repente, la puerta se abrió y Emiliano entró a mi habitación cargando una bandeja.

—¿Cómo te sientes? Te traje el desayuno —me dijo con una sonrisa.

—Muchas gracias —atiné a decir, cubriéndome un poco con las sábanas, todavía confundida.

Él dejó la bandeja a un lado, se acercó a la cama y me tomó delicadamente del mentón, obligándome a mirarlo.

—Tengo tantas ganas de besarte... pero te dejaré descansar un poco. Ayer fue una noche agitada —susurró con una ternura que no me esperaba.

Me dio un beso suave en la mejilla y se dio la vuelta para salir, dejándome sola con mi desayuno y con el corazón hecho un lío, sin saber qué pensar de lo que acababa de pasar.




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