Todas las formas de perderte

Cap 19

En cuanto me quedé sola en la habitación, tomé el teléfono con las manos temblorosas y marqué el número de mi mejor amiga. Necesitaba desahogarme con urgencia. Al segundo tono, la voz de Jade respondió al otro lado de la línea.

—Jade... me acosté con él —solté sin anestesia, con el corazón en la garganta.

—¿Qué? ¿Te acostaste con él? —el grito de Jade casi me rompe el tímpano—. ¡No lo puedo creer! Eres una traviesa.

—¡Ay! —exclamé, escondiendo el rostro entre mis manos, aunque ella no pudiera verme.

—Ay, pero no te culpo, amiga —continuó Jade, riéndose—. Si dices que se parece a Jude Law, hasta yo me lo como. Es más, yo no hubiera esperado ni un día.

Me reí por su ocurrencia, pero la seriedad regresó a mí rápidamente.

—¿Y piensas tener algo más con él? —me preguntó Jade, cambiando a un tono más curioso—. Ya sabes, ¿una relación? ¿Salir más?

Suspiré profundamente, mirando hacia la ventana.

—No sé, Jade... —le confesé—. No sé. Recuerda que nosotras vivimos en Milán y él vive acá. Realmente no es imposible, pero no sé qué pensará él. Además, tal vez para él fue un simple desquite y ya.

—Bueno, tienes razón, eso no está descartado —admitió mi amiga, tratando de ser realista—. Pero al menos hasta ahorita te ha tratado bonito, ¿no?

Nos despedimos después de unos minutos. Colgué la llamada, sintiendo que me quitaba un peso de encima, aunque las dudas seguían ahí. Me vestí con algo cómodo y tomé un libro para despejar la mente.

Decidí salir a buscar un lugar tranquilo. La casa de su familia era inmensa, súper lujosa y verdaderamente hermosa; después de todo, estábamos en la Toscana, y los paisajes que rodeaban la propiedad eran de ensueño. Me senté en una banca en mitad del inmenso jardín, intentando concentrarme en la lectura, hasta que una sombra se proyectó sobre mis páginas y una voz varonil me sacó de mis pensamientos.

—¿Tienes sed?

Levanté la mirada y me encontré con sus ojos claros. Era Emiliano.

—Te traje un poco de limonada —dijo, ofreciéndome un vaso frío.

—Muchas gracias —respondí, tomando el vaso mientras sentía que las mejillas me volvían a arder por el recuerdo de la madrugada.

Él se sentó a mi lado, muy cerca, y me miró con una fijeza que me erizó la piel.

—Bueno... ¿y ahora qué somos? —preguntó directamente.

Casi me atraganto con el primer sorbo de limonada. Tosí un poco, acomodándome en el asiento para ganar tiempo.

—¿A qué te refieres? —atiné a decir, haciéndome la desentendida.

—Bueno, yo pensé que tú querrías algo más conmigo —respondió él, con una seguridad que me desarmó.

Tragué saliva, mirándolo a los ojos para hablarle con el corazón.

—De que quiero, quiero... pero pues vivimos un poco lejos, ¿no? Milán no está a la vuelta de la esquina.

Emiliano sonrió de medio lado y acortó la distancia entre los dos, tomándome de la mano.

—Eso no es problema. Yo podré visitarte y tú puedes venir aquí cuando quieras. Además, me fascinas, realmente. Y después de lo que pasó anoche, no creo que pueda llegar a olvidarte tan fácilmente.

El corazón me dio un vuelco de felicidad. Quería seguir platicando, quería profundizar en lo que sentíamos, pero por el rabillo del ojo vi que sus hermanas se estaban acercando a lo lejos, caminando por el sendero del jardín.

—¡Ay, mira qué bonitas están las flores de allá! —dije de golpe, señalando hacia cualquier parte y cambiando de tema de manera drástica.

Emiliano soltó una carcajada baja, divirtiéndose notablemente con mi evidente nerviosismo y mi torpe intento de disimulo.

Esa misma noche, toda la familia estaba reunida en el comedor para la cena. El ambiente era alegre, pero el tono de la conversación cambió cuando los mayores comentaron las últimas noticias del clima: supuestamente las tormentas iban a ceder y las vías se liberarían pronto. Solo estaríamos allí dos días más, máximo tres, y luego tendríamos que volver.

Al escuchar eso, una chispa pareció encenderse en Emiliano. Él, que convenientemente había decidido sentarse justo al lado mío, aprovechó el amparo del largo mantel de la mesa. Deslizó su mano por debajo y la posó sobre mi muslo.

Sentí una descarga eléctrica. Emiliano empezó a subir su mano lentamente por mis piernas, acariciándome y tocándome con una audacia que me dejó sin respiración. Intentaba con todas mis fuerzas seguir el hilo de la conversación de los adultos, asentir con la cabeza y comer, pero se me hacía increíblemente difícil disimular el calor que me recorría el cuerpo. Con mucha fuerza de voluntad y apretando los dientes, logré mantener la compostura para que nadie en la mesa sospechara nada, mientras su mano seguía torturándome dulcemente.

La espera valió la pena. Esa noche, el patrón de la madrugada anterior se repitió, pero esta vez con una urgencia acumulada que nos desbordaba a los dos. Emiliano entró a mi habitación en silencio y no hubo necesidad de palabras.

En cuanto cerró la puerta, me tomó entre sus brazos con una fuerza posesiva que me arrancó un suspiro. Nos entregamos el uno al otro en una atmósfera cargada de un deseo salvaje. Sus besos ya no eran tímidos; eran hambrientos, devorando mis labios, mi cuello y bajando por mi pecho mientras me despojaba de la ropa. Sus manos, grandes y cálidas, recorrieron cada centímetro de mi piel, masajeando mis pechos con una pasión que me hacía arquear la espalda y ahogar los gemidos en su hombro. Cada caricia suya era fuego puro. Nos buscamos en la penumbra con una desesperación nacida de saber que nuestros días juntos estaban contados, perdiéndonos en un vaivén de sensaciones intensas, jadeos y una entrega total que dejó nuestras almas y cuerpos completamente encendidos hasta el amanecer.




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