Todas las formas de perderte

Cap 20

Amaneció y, tal como la noche anterior, el lado de mi cama estaba vacío. Emiliano ya se había escabullido a su habitación para evitar levantar sospechas. Me levanté con una energía diferente; el remordimiento de la primera noche se había disipado, dejando en su lugar una dulce expectativa. Me bañé, me cambié con cuidado, me peiné y me arreglé por completo antes de salir a reunirme con los demás.

Al bajar, caminé hacia el ventanal que daba al inmenso jardín y divisé a Emiliano. Estaba de pie junto a su madre, Katrina, conversando animadamente bajo el sol de la mañana. Decidí acercarme para saludarlos.

En cuanto me vio llegar, la cara de Emiliano se iluminó. Se giró hacia mí con una naturalidad que me dejó sin aliento.

—Cariño, justo le estaba contando a mi mamá sobre lo de nosotros —me dijo con una sonrisa cómplice.

Casi me da un vuelco el corazón. El pánico me invadió por un segundo y mi mente empezó a correr a mil por hora: «¿Cómo? ¿Qué exactamente le contó? ¿Le habrá dicho que tuvimos relaciones... o solo que decidimos intentar tener algo?». Intenté tragar saliva y mantener la compostura mientras miraba a Katrina, sintiendo que la cara me ardía de la vergüenza.

—Ah... hola, señora... —atiné a balbucear.

Katrina me miró con una ternura inmensa y me tomó de las manos, interrumpiendo mi nerviosismo.

—No te preocupes, querida. Yo no voy a poner ninguna objeción —me dijo con una voz sumamente dulce—. Solo que, pues, simplemente tengan cuidado. No corran.

En mi mente, un pensamiento travieso me cruzó como un rayo: «¡Si supiera que ayer mismo... si supiera que ya hemos tenido relaciones dos veces!». Por fuera, sin embargo, solo pude sonreír con timidez mientras ella continuaba:

—Les deseo lo mejor de todo corazón.

Conmovida por su calidez, me incliné y abracé con fuerza a mi nueva suegra.

A partir de ese momento, el secreto dejó de existir. En menos de lo que pensamos, toda la casa ya se había enterado de que Emiliano y yo estábamos teniendo algo. Las miradas cómplices y las sonrisas no se hicieron esperar. Más tarde, mientras estábamos en la cocina, Katrina y su prima Lía se acercaron a nosotros con un plan.

—¿Por qué no se van a pasear un rato? No estén aquí encerrados —sugirió Lía—. El clima no está al cien por ciento bien, pero tampoco está tan mal como los días anteriores. Además, ya nos vamos a regresar a Milán pronto, así que aprovechen y vayan, disfruten.

Emiliano no lo dudó ni un segundo. Aceptó la propuesta y se propuso regalarme dos días que supieran a eternidad.

Me subió a su motocicleta y la sensación del viento fresco de la Toscana contra mi rostro, mientras me aferraba fuertemente a su cintura, fue simplemente mágica. Me llevó a recorrer lugares preciosos, colinas verdes salpicadas de cipreses y pueblos de piedra que parecían sacados de una postal.

Hicimos una parada muy especial en el viñedo de un amigo suyo que era enólogo. Allí, entre barricas de roble y copas de vino, compartimos risas e historias. Fue un viaje de descubrimientos mutuos; fuimos desenterrando los gustos y secretos del otro. Descubrí las cosas que le encantaban, lo que no le gustaba para nada, y él se sorprendió gratamente al enterarse de que a mí me fascinaba jugar al fútbol.

—¿Así que te gusta el fútbol? —me preguntó con los ojos brillando de admiración, prometiendo que la próxima vez jugaríamos un partido juntos.

Esos dos últimos días se convirtieron en un oasis inolvidable. Emiliano se encargó de llenar cada hora con detalles, risas, complicidad y besos robados en cada rincón hermoso que encontrábamos. No queríamos pensar en el reloj, ni en las vías del tren reparadas, ni en la distancia que pronto nos separaría. Nos dedicamos por completo el uno al otro, exprimiendo cada segundo de esa libertad, decididos a exiliar por un momento la inevitable palabra que ninguno de los dos quería pronunciar: la despedida.




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