Todas las formas de perderte

Cap 21

Antes de irme de la Toscana, tuve una plática pendiente con Emiliano. Esta vez la tuvimos en su habitación. Como se imaginarán, sí, habíamos terminado de hacer el amor. El ambiente aún estaba impregnado de esa calidez tan nuestra, y en ese espacio de confianza, me atreví a abrirle mi corazón como nunca antes lo había hecho con nadie. Le conté acerca de mi pasado, de las experiencias traumáticas que había tenido y de cómo me habían marcado. También le confesé que, a pesar de que todo entre nosotros estaba yendo muy rápido, quería de todo corazón que las cosas con él sí funcionaran.

Emiliano me escuchó en absoluto silencio, con una mirada llena de comprensión y respeto. Me tomó la mano con suavidad, me besó los dedos y luego depositó un beso tierno en mi frente. Después, tomó mi mano derecha y la puso con firmeza en su pecho, justo encima de su corazón, permitiéndome sentir sus latidos acelerados.

—Apolonia, mírame —me pidió con voz suave pero decidida—. Sé que esto parece ir a mil por hora y entiendo tus miedos. Pero yo no soy como el resto de tu pasado. No estoy aquí por un momento ni para quitarme las ganas. Lo que siento por ti es real. Voy a hacer todo lo posible para que funcione, y la distancia no me importa; tú ya vales cada kilómetro. Vamos al ritmo que tú necesites. Te prometo que voy a cuidarte.

Sus palabras fueron el bálsamo que mi alma necesitaba. Sin embargo, el tiempo no se detuvo e inevitablemente me tuve que volver a Milán.

El momento de la partida llegó y nos reunimos todos para la despedida. Me despedí uno a uno de los miembros de su hermosa familia con abrazos llenos de gratitud. Pero cuando llegó el turno de despedirme de Emiliano, la atmósfera cambió por completo. Toda la familia se nos quedó viendo fijamente, con los ojos abiertos y rostros ansiosos, esperando presenciar un apasionado beso de despedida. A mí, la verdad, me dio muchísima vergüenza tanta atención. En el momento en que Emiliano se acercó con intenciones de besarme en los labios, los nervios me ganaron y rápidamente le giré la cara, dándole solo la mejilla.

Al ver mi reacción, todos los presentes se rieron un poco, aliviando la tensión del momento. Emiliano solo sonrió con picardía. En el fondo, yo no estaba preocupada y él mucho menos; ambos sabíamos perfectamente que nos íbamos a volver a ver muy pronto.

Así fue como volví a Milán, cargando en mi equipaje una nueva e increíble historia que contar. Ya ansiaba ver a Jade para ponerla al tanto de absolutamente todo y, por supuesto, para que ella también me contara cómo había estado su semana sin mí.

El viaje transcurrió sin novedades. El señor Leonard y su mujer, Lía, tuvieron el enorme detalle de llevarme en auto directamente hasta la puerta de mi departamento. Me despedí de ellos muy agradecida y, en cuanto puse un pie dentro de mi hogar, llamé a Jade por teléfono para ver si quería pasar a cenar conmigo. Su respuesta fue un rotundo sí.

Para celebrar el reencuentro, ordenamos una pizza y un par de platos de pasta. Las dos siempre hemos sido de muy buen comer. Lo curioso es que, a pesar de que Jade es acondicionadora física y vive de eso, le encanta comer esa comida grasosa; lógicamente, ella siempre encuentra el balance perfecto para cuidarse bien y mantenerse en forma el resto de la semana.

Nos acomodamos y nos pusimos a platicar de inmediato. Le conté los detalles de mi estancia, pero cuando llegó el turno de Jade, ella me soltó una bomba que me tomó por completo de sorpresa: había conocido a un chico.

—Se llama Alejandro —me dijo con los ojos brillando de una manera que nunca antes le había visto—. Lo conocí en mi trabajo, Apolonia. Es un chico súper tierno y amable.

Jade se soltó a reír y le dio un mordisco a su rebanada de pizza antes de continuar confesándose.

—Créeme que hasta ese momento yo juraba que me gustaban los chicos rudos, de esos que andan en motocicleta y tienen cara de malos. Pero me di cuenta de que pensaba así solo porque no había conocido a un verdadero osito de peluche como lo es Alejandro. ¡Es un amor!

Me dio muchísima alegría verla así de entusiasmada. Jade me prometió que pronto me lo presentaría en persona y agregó que ella también esperaba conocer muy pronto al famoso Emiliano que me había robado el aliento en la Toscana.

Terminamos de cenar entre risas, anécdotas y confidencias, y luego pusimos una película para relajarnos. La despedí en la puerta tarde en la noche. Cuando me quedé sola en la tranquilidad de mi departamento, me acosté en mi cama con una sonrisa en el rostro, pensando en que, por fin, después de tantas tormentas, la vida me volvía a sonreír un poco más.




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