Todas las formas de perderte

Cap 22

Ya regresé a mi vida de estudios y, sobre todo, de trabajo. Las vacaciones forzadas en la Toscana habían quedado atrás y la realidad me recibió de golpe en Milán. Iban a comenzar unos exámenes importantes, así que sabía perfectamente que iba a estar estudiando duro, encerrada entre libros, apuntes y tazas de café.

A pesar de los kilómetros que nos separaban y de nuestras rutinas absorbentes, la distancia no enfrió lo que había nacido entre nosotros. No había día en que Emiliano no me deseara suerte con mis actividades; se mantenía pendiente de cada entrega y de cada desvelada. Por mi parte, yo trataba de estar presente también en su vida, escuchando sus proyectos y sus días en el campo. La tecnología se volvió nuestra mejor aliada. Durante una de nuestras llamadas nocturnas, mientras yo repasaba unos textos, su voz al otro lado de la línea me dio la mejor de las noticias. Me comentó que, posiblemente, dentro de dos semanas podría venir a Milán.

Aquello se convirtió en mi mayor motivación. De paso, yo también terminaba mis exámenes justo para esos días, lo que significaba que podríamos pasar más tiempo juntos sin que yo tuviera que estudiar tanto ni andar con el estrés a cuestas.

Y así fue. Él vino dos semanas después, tal como lo prometió.

Cuando lo vi aparecer, sentí que todo el cansancio acumulado de las noches de estudio desaparecía de inmediato. La pasé súper bien desde el primer minuto. Descubrí una faceta de Emiliano que me terminó de enamorar: era un chico increíblemente comprensivo. Entendía mis momentos, respetaba mis espacios y sabía cómo hacerme sonreír cuando me sentía abrumada.

Tenerlo en mi departamento nos dio la oportunidad de conocernos en la cotidianidad, lejos de la mirada de su familia y de las tormentas de la Toscana. Pasamos horas hablando y descubrimos, para nuestra sorpresa, que nos gustaba exactamente la misma música y las mismas películas. Compartir gustos tan similares hacía que todo fluyera con una naturalidad asombrosa.

Pero nuestro momento favorito no ocurría en el sillón viendo una pantalla. Sucedía de manera espontánea. Nos encantaba bailar solos en la cocina, sin importar la hora, usando el espacio reducido entre la estufa y el refrigerador. Emiliano me tomaba por la cintura, yo me apoyaba en su pecho y nos dejábamos llevar por la melodía, riéndonos de nuestros propios pasos y disfrutando de la maravillosa certeza de que la distancia no había sido un obstáculo, sino el prólogo de algo hermoso.




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